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El proceso de Miguel Daza

La historia de un campesino que enfrentó a guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes para que su pueblo viva del cacao. Desde noviembre, 28 muertos devolvieron a Santa Rosa del Sur a sus peores épocas.

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El lunes 18 de febrero despertó feliz, unas horas antes de que lo fusilaran a un lado de la carretera por la que a diario transitaban sus sueños. El fin de semana había empezado a estudiar Derecho en Bucaramanga y tras las primeras clases descubrió la existencia “de un tal Franz Kafka”.

Llegó a sus manos la fotocopia del relato Abogados, en el que el autor checo escribió: “El tiempo que se te ha acordado es tan corto, que si pierdes un segundo pierdes tu vida entera; porque sólo es tan larga como el tiempo que pierdes. Si has comenzado, pues, un camino, sigue adelante en cualquier circunstancia: sólo puedes ganar; no corres ningún peligro; quizás al fin caigas, pero si al dar los primeros pasos te hubieras arrepentido y bajado la escalera, te habrías despeñado desde el comienzo mismo; y esto no sólo es probable sino seguro. Si no hallas nada detrás de las puertas, hay otros pisos; si no encuentras nada arriba, no importa; continúa subiendo. Mientras no dejes de subir no terminarán los escalones; bajo tus pasos ascendentes, ellos crecen hacia lo alto”.

Cuando leyó estas palabras seguramente sintió su vida resumida en ellas. Quienes lo conocieron sabían de sus inquietudes intelectuales, del don natural que tenía para expresarse y de su vocación social. Como la mayoría de campesinos del sur de Bolívar, desde los 13 años —cuando esa región era la más violenta de Colombia y el Ejército ayudaba a construir cementerios “porque no había dónde sepultar tanto muerto”— Miguel Eugenio Daza Vaca tuvo que abandonar el colegio y rebuscarse la vida haciendo lo único que sabía: sembrar y cultivar. Sin embargo, tuvo que prestar servicio militar, se interesó por la carrera de las armas y sobrevivió a combates en Guaviare y Meta, hasta que un tiro de mortero mató a su mejor amigo.

“COCA ES VIOLENCIA”

Volvió a la labranza. En San Vicente de Chucurí (Santander) aprendió todo sobre el cacao, pero el dinero fácil de los cultivos de coca lo desvió del camino durante cinco años hasta que, otra vez, empezó a ver morir a sus socios en medio de balaceras.

De regreso a Santa Rosa, se casó y ya con esposa y cuatro hijas decidió que no podía levantar una familia en medio de la ilegalidad. No quería saber más de la violencia con la que vio arrasar este pueblo de diez mil habitantes a manos de la guerrilla del  Eln en 1991.

Empezó a promover la siembra de cacao, les explicaba a amigos y vecinos por qué había dejado los cocales, les decía que “la plata de la coca sólo trae malas costumbres y violencia”. Fue elegido presidente de Acción Comunal del corregimiento San Isidro y se convirtió en “el líder al que todos admirábamos y seguíamos”, recuerda su amigo Miguel Vargas. Gestionó puestos de salud, escuelas, carreteras, campeonatos de microfútbol.

Lo escogieron como representante del núcleo de pobladores, una organización campesina que promueve el desarrollo comunitario con el apoyo del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, dirigido por el padre Francisco de Roux. El sacerdote jesuita no olvida el día que Miguel lo invitó al cultivo donde tenía cinco hectáreas sembradas: “desde esa parcela se volvió un técnico; era un hombre muy especial, muy querido por todos, orgulloso de lo que hacía; el encargado de difundir el cambio del cacao por la coca, de liberar a su gente de los grupos armados, hasta que entregó su vida por esa ilusión”. Hace poco les dijo a sus paisanos: “Tuvimos que ver morir a mucha gente, tuvimos que enterrar a muchos amigos, pero estoy convencido de que tenemos derecho a mantener la esperanza en un mejor futuro”.

Sin miedo a los fusiles

“Era frentero y a la vez conciliador”, recuerda uno de los líderes comunales que lo acompañaron en 1999, junto con 250 vecinos más, a exigirles a guerrilleros de las Farc que liberaran a dos ingenieros que iban a asesorar su proyecto productivo. Los siguieron durante horas y se instalaron en cambuches en las estribaciones de la Serranía de San Lucas hasta que los obligaron a liberar a uno a los dos días y al segundo a los 12 días. Fue el momento en que la comunidad comprendió que trabajando unida podía lograr su objetivos y que contaba con un líder que también fue capaz de decirles en la cara a paramilitares y narcotraficantes que deben respetar a la población civil.

En ese ambiente nació la Asociación de Productores de Cacao del Sur de Bolívar (ver recuadro), de la que era gerente y que cuenta con apoyo de la Fundación Panamericana para el Desarrollo (Fupad) y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid).

Sin embargo, a medida que la asociación creció en familias beneficiadas y, sobre todo, en hectáreas cultivadas de cacao (1.200) en las que antes sólo había coca, los grupos ilegales reactivaron su aparato de muerte. Según los moradores, a partir de noviembre del año pasado ha habido 28 asesinatos en la zona por el control del eje coquero.

El último viaje

A pesar de las malas noticias, todos los días, a las seis de la mañana, Miguel reunía a la gente de la asociación y la llenaba de optimismo, le decía que entre más trabajaran más respeto iban a ganar, les repartía el trabajo, agarraba el azadón y ayudaba a desherbar o a fumigar los cultivos.

Sus allegados cuentan que, pensando en el futuro de su familia, el año pasado validó el bachillerato en el Colegio Alfredo Nobel, donde estudiaba los fines de semana. “Este año no cabía de la dicha cuando logró el cupo para estudiar abogacía en Bucaramanga. Soñaba con el día de la graduación para venir a defendernos de quien fuera”. No le importaba empezar la universidad a los 37 años ni las seis horas en carro de ida y vuelta.

En una de esas travesías estaba el lunes cuando el campero rojo en que siempre viajaba fue detenido en un retén montado por veinte hombres armados, presuntos miembros del Bloque Central Águilas Negras, renovados grupos paramilitares que le habrían confirmado a familiares de una de las víctimas que fueron quienes mataron a Miguel Daza, a su conductor John Martínez y a Wílmar Tabares, un hombre que pasaba por el lugar.

El padre De Roux denunció a El Espectador que “los asesinaron de una manera salvaje, tirados boca abajo y destruyéndoles la cabeza, dando un mensaje de intimidación a las puertas de una región en la que estamos tratando de sacar adelante una comunidad de paz, buscando silenciar a las comunidades para que se sometan a la ley de los bárbaros”.

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Pobreza en medio del oro

Ahí terminó el camino ascendente que se labró Miguel, el agricultor que quería aprender de Kafka, “el hombre más pepa de por estos lados”, a quien le parecía increíble que hubiera tantos pobres en una región tan rica, en la que multinacionales, como ahora es el caso de Khedada (filial de Anglo Gold Smith), no cesan de explotar el oro.

Sus discursos fueron imprimidos y repartidos. Los remataba con la frase: “La coca hay que erradicarla del corazón del pueblo”. Mensajes como este fueron escritos por cientos de santarrosanos en las cartulinas con las que marcharon el martes pasado, en silencio, desde donde vivía John Martínez, pasando por el frente de las casas que la gente acostumbra a pintar de color rosa, hasta la iglesia en la que no cupo la gente, donde el padre De Roux dirigió el sepelio.

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El Gobierno envió a una representante del Plan de Acción Social de la Presidencia de la República, el programa que el año pasado lo escogió entre los líderes campesinos de todo el país para que saludara el 11 de marzo al presidente de los Estados Unidos, George Bush, en la Plazoleta de los Novios de la Casa de Nariño (ver foto).

Para entonces, el presidente Álvaro Uribe ya lo conocía porque durante un consejo comunal con líderes de sustitución de cultivos ilícitos lo dejó impactado porque cogió el micrófono, se paró y realizó una exposición detallada sobre cómo debía apoyar el Gobierno a las comunidades que estaban dejando la coca a cambio de programas de desarrollo alternativo.

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Miguel Daza puso en las manos de Bush una gran pepa. El presidente norteamericano, entre sorprendido y asustado, le preguntó a Uribe qué era y conoció el fruto de la cosecha de un antiguo raspachín de coca.

En Santa Rosa creen que durante los últimos meses Miguel se había hecho “demasiado visible” y eso pudo afectar su seguridad. Algunos reclaman mayor protección para los labriegos y para la zona, pero uno de los líderes campesinos pide reserva para su nombre y se apura a decir: “El Gobierno les da seguridad a las multinacionales. Hablar de seguridad para nosotros es una utopía, la vida hay que negociarla con los que mandan aquí, con los que manejan el negocio del narcotráfico”.

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El martes 19 de febrero, la procesión acompañó el ataúd hasta el cementerio. Como le pasó a Kafka, a quien sorprendió la muerte cuando terminaba de escribir la novela El proceso, los amigos de Miguel Daza prometieron terminar su obra por él… y por ellos.

“Nuestro sueño”

“La Asociación de Productores de Cacao del Sur de Bolívar fue constituida el 2 de abril de 2004, en Santa Rosa del Sur. Estamos unidos 192 campesinos que tomamos la decisión de arrancar para siempre de nuestras tierras y de nuestros corazones los cultivos de coca. Contamos con 286 socios y tenemos presencia en tres municipios (Santa Rosa, Simití y San Pablo), ocho corregimientos y 28 veredas, en las que hemos sembrado 1.200 hectáreas de cacao clonado y atendido 550 familias con proyectos productivos. Están capacitadas y asesoradas (por un ingeniero agrónomo, dos técnicos de campo y cuatro auxiliares veredales) desde la siembra hasta la comercialización en Bucaramanga.

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Tenemos un Fondo de Microcrédito Rural con capital de $158 millones y hemos logrado mejorar la calidad de vida de nuestra comunidad”.

Miguel Eugenio Daza Vaca, gerente Aprocasur.

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