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Respuesta a un embajador

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En carta a este periódico, el embajador del Ecuador me acusa de “confundir”, en una columna de hace 15 días, lo ocurrido con el caso Bonil.

Mi columna se llamaba “El caricaturista contra el rey”; el hecho de que el señor embajador comience su carta equivocándose con el título me hace dudar de la atención con que leyó el resto de mis argumentos. Pero pasémoslo por alto: lo grave, aunque no me sorprenda, es la cara de palo con que el embajador justifica los ataques a la libertad de prensa que tienen lugar en su país. Dice el embajador que a Bonil se le aplicó un “procedimiento administrativo”, que en él “pudo presentar su defensa”, que el medio de comunicación fue castigado con una “multa proporcional y manejable” y que estos procedimientos han sido establecidos en Ecuador por “mandato ciudadano”.

Nunca dejará de fascinarme ese talento que tienen ciertos regímenes, así como sus voceros, para aliar el eufemismo leguleyo con el cinismo rampante. Al caricaturista ofensor se le permitió defenderse y al medio que lo publica se le multó de manera proporcional y manejable: ¿de qué se quejan? Es todo un elaborado ejercicio de ceguera: el embajador finge ignorar las consecuencias de esas leyes represivas; finge ignorar que los columnistas y caricaturistas se están censurando a sí mismos para no meterse en líos; finge ignorar que, aun si no lo hacen, reciben la presión directa o indirecta de directores asustados por la amenaza de la multa. O acaso, se me ocurre en un momento de extrema lucidez, el gobierno de Ecuador lo sabe: sabe que los columnistas y caricaturistas se censuran a sí mismos, y sabe que sus medios, amenazados por la multa, los presionan para que lo hagan. Claro, eso es. No sé cómo no se me había ocurrido antes. Debe ser por lo bien que Correa camufla sus intenciones.

Ahora bien: si el embajador quiere defender todo eso, está en su derecho. Pero le pediré, por una mínima coherencia, que defienda también las maneras de tirano barato que usa su jefe contra el caricaturista. Le pediré que defienda los apelativos con que Correa insulta y denigra a Bonil; le pediré que defienda ese vocabulario de matón de barrio. Le pediré que defienda a Correa cuando llama a Bonil “sinvergüenza, ignorante, odiador, cobarde disfrazado de caricaturista”. (Es más: ya puestos, le pediré que defienda también el uso por parte de Correa de palabras que no existen). Le pediré, en fin, que defienda a Correa cuando, en un arranque que sólo puede ser consecuencia del desespero, la locura transitoria o la simpleza intelectual, le lanza a Bonil este reto de adolescente: “Si es valiente, póngase de candidato. No saca ni un voto”. Las palabras son síntoma perfecto de la distorsión en que vive Correa: en su mundo enloquecido por el poder —y por la infinita lambonería de sus aduladores—, presentarse a unas elecciones es valiente, y no sacar ni un voto es, hemos de suponer, cobarde.

Menos mal que la ley mordaza se estableció por mandato ciudadano. Eso, como todos saben, es garantía de transparencia, legitimidad y democracia en la tradición latinoamericana. Gracias por esa información, señor embajador: mis amigos ecuatorianos (columnistas, caricaturistas, escritores, periodistas) quedan más tranquilos.

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