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Lo que comenzó como una manifestación de estudiantes en varios estados de Venezuela en contra de la inseguridad, ha dado pie a demostraciones más amplias a favor y en contra del chavismo, en donde el oficialismo, sectores de la oposición y algunos actores externos parecen estar pescando en río revuelto.
Con tasas alarmantes de homicidios, delitos callejeros y secuestros, devaluación del bolívar y 56% de inflación, escasez de productos básicos de consumo, niveles escandalosos de corrupción, polarización política aguda y milicias armadas prestas a defender la revolución, el contexto nacional ofrece un caldo de cultivo complejo y potencialmente explosivo.
Aunque las elecciones municipales de diciembre de 2013 dieron al chavismo un holgado triunfo y pusieron en pausa los cuestionamientos sobre la idoneidad de Nicolás Maduro para suceder a Chávez, los hechos de violencia producidos alrededor de las protestas ponen en entredicho su capacidad para gobernar. La reacción habitual del mandatario venezolano ha sido invocar una “mentalidad de asedio” mediante la denuncia de una (nueva) intentona golpista apoyada por Estados Unidos, país que probablemente financia actividades de la oposición pero que también lleva varios intentos frustrados de diálogo con Maduro.
Las actividades de las milicias, que ascienden a unos 120.000 miembros, complican aún más los intentos de mantener el orden público, ya que, pese a ser chavistas, no son del todo controladas por el Gobierno ni los militares. El hecho de que el plan de pacificación anunciado por Maduro en días pasados pretende desarmarlas y desmovilizarlas, junto con sus críticas públicas al posible rol de los llamados colectivos en actos violentos, puede ser indicativo de preocupación oficial sobre el tema.
Por su parte, las últimas elecciones sembraron divisiones en el interior de la oposición en cuanto a la estrategia a seguir en adelante. El apretón de manos entre Henrique Capriles y Maduro tras el asesinato de la exreina de belleza Mónica Spear provocó la ira de algunos líderes opositores al considerarlo un gesto indebido de acercamiento y reconocimiento del actual gobierno. En contraposición a ello, Leopoldo López y María Corina Machado lideran #LaSalida, que busca remover a Maduro del poder, supuestamente por medios constitucionales. Pese a desincentivar el uso de la violencia, la volatilidad de la situación la hace previsible, si no inevitable. De seguir aumentando las manifestaciones y la desestabilización, es dable que “la salida” no sea la que busca este sector de la oposición sino el aumento del poder de la facción militar de la desunida coalición chavista, liderada por Diosdado Cabello. Tal fue la amenaza de Maduro al hablar de la radicalización de la revolución.
En el contexto descrito, el gobierno de Colombia hace bien en no avivar el fuego, como algunos en el país han reclamado. No sólo es impropio entrometerse en los asuntos internos de otra nación, sino que la “diplomacia del micrófono” mostró tener consecuencias nefastas para las relaciones bilaterales, que son fundamentales y que no se limitan al apoyo de Venezuela en la mesa de diálogo con las Farc en La Habana. Peor aún, una postura distinta a la prudencia le hace juego al hoy candidato al Senado, Álvaro Uribe, quien ha criticado el “silencio cómplice con la dictadura de Venezuela” como pura estrategia electoral.