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Nuevamente me referiré al desastroso mandato del alcalde Petro, y lo haré hasta que este señor respete la Constitución y la ley que juró cumplir.
Independientemente de lo que pase con las tutelas y con las maniobras dilatorias del alcalde y sus obstinados seguidores, lo cierto es que Bogotá no aguanta un mal alcalde más. Entre Moreno y Petro acabaron con la ciudad, la retrocedieron 30 años por lo menos, y a pesar de eso creen que las cosas están marchando divinamente. Petro es un pésimo administrador, ineficiente, improvisador, perezoso y poco preparado para afrontar los temas de Bogotá. De todas las promesas que hizo muy pocas se han cumplido. Eso lo vuelve, además de todo, un político más, mentiroso y tracalero.
Se equivocaron en materia grave los 700.000 ciudadanos que votaron por Petro y los otros tantos que no lo hicieron por alguno de los otros candidatos de las últimas elecciones en Bogotá. Por supuesto que algunos seguidores de Petro dirán que esa es la democracia y que debo respetar las decisiones democráticas. Por supuesto que lo hago, como debería hacerlo Petro con las decisiones de la Procuraduría y de los jueces cuando éstas le sean desfavorables.
No soy antipetrista porque sea un oligarca de extrema derecha; lo soy porque el alcalde Petro me parece malísimo, porque creo que no ha hecho nada, porque me parece mal administrador, porque está acabando con la ciudad. En igual sentido critiqué en su momento a Samuel Moreno y a otros alcaldes. Pese a los insultos que recibiré por cuenta de los defensores de Petro, creo que interpreto también a miles de bogotanos que están absolutamente desesperados con Petro y su carreta barata y demagógica, lo cual no sería grave si hiciera cosas beneficiosas para la ciudad y sus mamados y sufridos habitantes.
Por supuesto que una columna de opinión no cambia muchas cosas, y sería necio pensar que uno tiene influencia. Pero más necio sería no decir lo que uno piensa sobre las cosas que lo afectan, no por vanidad, sino porque afectan a miles de ciudadanos que no tienen cómo ser escuchados por quienes los gobiernan.
El alcalde Petro, por supuesto, no oye sino a los áulicos que lo rodean y todos aquellos que lo criticamos somos estigmatizados, lo que viniendo del atornillado alcalde es más bien un elogio. Ojalá Petro entendiera que su afán por quedarse en la silla del Palacio Liévano le está haciendo mucho daño a la ciudad, más del que él se puede imaginar. En fin, qué desgracia para Bogotá y sus ciudadanos que tenemos que padecer esto. En lo que respecta a los seguidores de Petro, les aconsejo que se ahorren sus insultos, pues la verdad no me importan ni me afectan. Ahora bien, si lo que quieren es lavarse sus frustraciones, háganlo entre ustedes que para eso tienen sus propias oficinas de insultos en Twitter y aun su “propio” e indebidamente usado canal de televisión: Canal Capital.
Notícula: Pacheco: qué gran ciudadano, qué gran ser humano, qué gran hombre.