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Trataré de ser breve y conciso, y me baso en mi trayectoria como asiduo lector de El Espectador desde mi adolescencia en los años setenta. Ahora resido en el exterior y en los últimos años no he podido considerar normal un día domingo sin la lectura de la edición digital. Por supuesto, soy lector diario de la edición digital, pero, como le digo, domingo sin El Espectador no es domingo.
En mi trabajo en una compañía de computadoras muchos de mis colegas de origen filipino con apellidos castellanos se interesan en la recuperación de su perdido lenguaje. Al verme lector asiduo de El Espectador, muchos se han interesado en su lectura. Ellos en general gustan mucho de la edición digital y hacen muchas preguntas en referencia al diario, al país y a la ciudad, pero algo que nunca he podido responderles es los “Comentarios de los Lectores”.
Me hacía una colega filipina la pregunta de por qué El Espectador permite comentarios tan groseros, vulgares y agresivos, que constituyen más del 95%.
Les dejo esa pregunta y les pido la respuesta, y además me pregunto si no hay un interés comercial en que estos “foristas” escriban ya que así aumentan el número de clics en la edición digital.
Mi otra pregunta es más hipotética, y antes que respuesta espero reflexión de la redacción al respecto.
¿Los directores de otrora del El Espectador hubiesen permitido este tipo de comentarios? ¿Tal vez ellos hubiesen liderado una campaña por el bien del lector y por el bien del respeto y de la validez de la crítica?
Tal vez ellos eran unos gigantes en un país de cafres y ahora sólo quedamos los cafres.
Manuel Roberto Pérez Troncoso. Canadá.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.