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Lentejas

Andrés Hoyos
11 de febrero de 2014 – 11:02 p. m.

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Vapulear a los políticos se ha convertido en un deporte.

Yo mismo escribía en Twitter algo así como: “Mi vida es un libro abierto, dice el político, anote los cheques en la página 14”. Las citas ponzoñosas sobre la impudicia del gremio son abundantes y divertidas: “El político de verdad no le teme a la oscuridad; le teme a la claridad”, dice Millôr Fernandes, y Henry Mencken, uno de los más feroces enemigos de la casta, agrega: “Si los electores de un político fueran caníbales, les prometería misioneros para cenar”. Los políticos profesionales de varias toldas son así, dirá usted, y las excepciones son eso, minorías acorraladas.

Se acercan, sin embargo, las fechas electorales y la misma vocecita interna de siempre me comenta: “sí, claro, los políticos se han ganado su desprestigio a cinismo limpio, pero, un momentico, en una democracia, aunque sea precaria como la nuestra, ¿no dependen ellos del pueblo que los elige?”. Muy cierto, señor cirirí, Samuel Moreno, para no ir tan lejos, sacó cerca de un millón de votos en Bogotá. Luego esos mismos ciudadanos dieron en rasgarse las vestiduras ante las uñas largas del alcalde olvidando por quién habían votado la víspera.

Hablemos mal, entonces, de los votantes y de la opinión pública que todo el rato está pidiendo la cuadratura del círculo. Se oyen crujir dientes sobre la corrupción, la violencia y el narcotráfico, pero cuando uno le dice a un alma buena que si se legalizan las drogas no habría narcotráfico y, por lo tanto, habría mucho menos dinero sucio y mucha menos corrupción, esta alma buena exclama escandalizada: ¡ah no, eso sí que no, usted lo que quiere es que envenenen a mis hijos! Pues hay noticias para ese ciudadano bien pensante que desea y no desea el cambio: la mala política depende de usted, puede ser cambiada por usted y es en últimas culpa suya.

Porque los políticos, más que lo que da la tierrita, son un producto del sistema electoral. De tarde en tarde aparece un gran líder capaz de llevar a la opinión pública a buen puerto por un camino que ésta no quiere recorrer. En eso, entre otras, consiste la grandeza política. Pienso en Lincoln, en Franklin D. Roosevelt, en Churchill, y si me presionan, hasta en Deng Xiaoping. Ya en Colombia cabría citar al sacrificado Luis Carlos Galán. No fui galanista en vida y no me voy a convertir a la causa 30 años después, pero sí hay que decir que él fue el último que se le midió a tratar de enderezar un partido político colombiano, el Liberal, mayoritario en ese momento. ¿Ha habido un intento tan siquiera análogo o cercano en ambición en esas toldas desde 1989? No, estimado lector, no me conteste. Los enemigos de Galán siguen enquistados y felices en el liberalismo y el pobre partido sigue más perdido que el hijo de Lindbergh.

Me dirán también que es fácil ser un francotirador pues el espacio para escribir una columna no lo asignan por voto mayoritario. Y, en efecto, Catalina de Rusia le decía a Diderot en una carta: “ustedes los filósofos tienen suerte. Escriben sobre papel y el papel es paciente. Yo, infortunada emperatriz, escribo sobre la piel susceptible de seres humanos”. No le hace, si los intelectuales callaran, el cuerpo político terminaría de pudrirse.

Regresando a tierra por un instante, el próximo 9 de marzo averigüe bien por quién va a votar. No sea su candidato otro Samuelito sonrisal como el que hundió a Bogotá en el oprobio. Cuidado, no es bueno comer tantas lentejas.

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