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Los Juegos de Sochi son los juegos del invierno del Hemisferio Norte. Esto se debe a que los Olímpicos de Invierno no son, ni han sido jamás, universales.
Tampoco podrían serlo, porque los deportes que forman parte de ellos no se pueden practicar en todas partes, ni en todas las épocas del año. Se han celebrado durante el invierno del Norte, sin tener en cuenta jamás el del Sur. Lo que los hace más o menos universales es la televisión.
Desde que se llamaban “Juegos Nórdicos”, Nordiska Spel, que se celebraron siete veces en Suecia y una en Noruega, los que pasarían luego a ser Olímpicos de Invierno congregaron atletas que competían en deportes desconocidos en el mundo que no pasa ninguna época del año cubierto de nieve. Nada que ver con los juegos de la antigüedad clásica, cuyos atletas por ésta época del año migraban hacia el sur, lo más que pudieran, para escapar a las furias del frío.
Viktor Balck, un militar sueco, promotor de los deportes en su país, y quien fuera miembro original del Comité Olímpico Internacional, propuso que Estocolmo fuera la sede de las primeras olimpíadas de la era moderna. Naturalmente su propuesta perdió frente a la idea de que los juegos se realizaran en Atenas. Tal vez entonces concibió la idea de aliarse con la Oficina de Turismo de Suecia para convocar a quienes quisieran acudir a unos juegos destinados a competir en deportes típicos de los países nórdicos. Allí comenzó la tradición que hoy se renueva en Sochi, después de que, pasada ya la pesadilla de la Primera Guerra Mundial que acabó con los Juegos Nórdicos, se concibiera la idea de los Olímpicos de Invierno.
Lo reducido de los países participantes, lo mismo que lo limitado de los deportes que reúnen las condiciones para formar parte de ellos, marcaron a los Juegos de Invierno para siempre como una categoría particular dentro del mundo deportivo y también dentro del movimiento olímpico. De manera que hoy, y a pesar de que muy poco a poco nuevos países toman parte en las competencias y nuevos deportes se integran al conjunto original, los Olímpicos de Invierno siguen siendo de alguna manera excluyentes.
Sin perjuicio de la importancia deportiva y de la maravilla del espectáculo, que se difunde ahora en todo el mundo gracias a la magia de la televisión, y de los intereses comerciales ligados a ella, el evento de Sochi adquiere dimensiones mundiales pero no deja de llevar la marca leve de la dominación nórdica del planeta, y de su forma de ver el mundo. Con un ítem adicional que es el de la convergencia de viejas potencias políticas y culturales, que ahora concurren a los juegos complacidas a encontrarse con sus antiguas oponentes, porque todas se encuentran en el Hemisferio Norte. Tal es el caso de Rusia y China.
El hecho es que el Trópico nada tiene que ver allí, así de vez en cuando uno que otro atleta participe, como algo verdaderamente exótico, en uno u otro deporte. Y algo más relevante aún, como que el Sur, donde también hay invierno, con países como Argentina, Chile, Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda, no juegue un papel importante en el asunto, como lo demuestra el hecho simple de que jamás unos juegos de invierno han tenido lugar en el otro Hemisferio. Propuesta que difícilmente se abriría paso, en cuanto el invierno del Sur corresponde al verano del Norte.
No se sabe si algún día a alguien se le ocurriera proponer la organización de unos Juegos Olímpicos Tropicales, con protagonismo de los países que configuran la cintura del planeta. Claro que los nórdicos se podrían inscribir, para no quitarle al evento el ánimo universal que debe llevar el olimpismo. Pero los del Norte no se deben preocupar, porque el Trópico demorará todavía en conseguir tanto poder como para imponer sus intereses y sus aficiones. Y también para dominar el espectro del negocio de la televisión.