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El engaño de la dignidad

Santiago Gamboa
07 de febrero de 2014 – 10:47 p. m.

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Uno de los ataques más frecuentes por estos días al proceso de paz, y que, cómo no, hemos oído a través del honorable representante del uribismo, pero que seguramente fue gestado en las altas esferas intelectuales de su grupo, es la siguiente afirmación: “Queremos la paz, ¡pero con dignidad!”, una frase muy sonora y que, al ser casi un eslogan, podría incluso usarse para estampar camisetas o hacer afiches y pendones publicitarios.

Pero al mirar la frasecilla de cerca y con la misma gravedad que ellos proponen, salta a la vista que es una contradictio in terminis. ¿Por qué? En primer lugar, porque son palabras que, en ese contexto preciso, pertenecen a mundos conceptuales muy diferentes y a menudo contrarios: la paz a la que se refiere la frase es una realidad objetiva, externa al individuo —la paz en Colombia—, mientras que la dignidad de la que habla responde a la pura subjetividad: ¿cuál dignidad es la que debería prevalecer? ¿La mía o la de mi enemigo? ¿La de Uribe y Oscariván o la de Pedro y Martica? ¿O la de las futuras víctimas de este conflicto que ellos quieren prolongar en el tiempo? ¿Cuál dignidad, Oscariván?

El problema de la dignidad es que todo el mundo tiene una, y por lo tanto responde a historias individuales y a umbrales de aceptación o tolerancia muy diversos, y por eso, con demasiada frecuencia y al ser esgrimida en contienda política, es más bien la máscara o la pudibunda metamorfosis de otras palabras que tienen bastante menos prestigio y aceptación, tales como venganza, odio, resentimiento. En el contexto colombiano, y del modo en que lo proponen, es como aspirar a la paz de los sepulcros, pues la historia demuestra que el uso de la dignidad en política ha llevado casi siempre a los peores crímenes, y en algún caso a la destrucción de una nación entera (Alemania, 1945). Dirán que aquí la dignidad es el cumplimiento de la justicia, pero es que en una negociación es precisamente a ese nivel —y hasta donde la propia legislación lo permita— donde se deben hacer sacrificios, en aras de una retribución que en todos los ámbitos de la vida resulta ser inmensamente mayor.

No entender esto tan elemental es, sencillamente, no querer entenderlo. O no tener interés en entenderlo. Si al día siguiente de recibir el premio Nobel de la Paz en Oslo, junto a Isaac Rabín, Yasser Arafat se hubiera paseado por una calle de Tel Aviv, lo habrían arrestado y juzgado por terrorismo, probablemente a cinco cadenas perpetuas. A Rabín lo mató un israelí radical, seguramente en nombre de la dignidad suya o de su pueblo, vaya uno a saber. La justicia nacional se hace flexible por un propósito mayor, y luego la internacional —como ocurrió con la antigua Yugoslavia— se encargará de llevar a tribunales a quienes hayan cometido delitos de lesa humanidad, que no prescriben ni son negociables.

Por todo esto es que la dignidad, como consigna, suele estar en boca de quienes aman las soluciones militaristas y detestan los acuerdos. Y tal vez por eso olvidan, voluntariamente olvidan, que la paz es un bien tan supremo e inconmensurable, un patrimonio tan grande que contiene y abarca —él sí— toda la inmensa dignidad a la que puede aspirar una sociedad.

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