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Muerte escabrosa la de este de 46 años, dotado con el ímpetu para desplegar los pliegues y repliegues del cuerpo y el espíritu humano, pero poseído a la vez por la adicción a la heroína, que encontró el final en su casa del Greenwich Village, el domingo pasado.
Se lo produjo el uso de cinco de las 70 bolsas de la llamada As de corazones que había comprado en la calle con US$1.200 sacados en seis operaciones de cajero automático. Además de otros medicamentos. Y lo encontraron solo, muerto, con la jeringa aún en la vena, porque un alguien fortuito notó que él no había recogido a sus tres niñas, la mayor de 10 años, hijas de su familia hecha con una diseñadora de moda.
El talentoso Philip Seymour Hoffman, quien será entre otras muchas cosas para la posteridad el Truman Capote que habla en susurros y ríe por la esquina de la boca y cuyo listado de deslumbrantes trasformaciones bien amerita un curso cinematográfico, este mismo ser había pasado por Alcohólicos Anónimos recién salido de su carrera de actuación en la Universidad de Nueva York y estuvo sin recaídas hasta el año pasado, cuando en mayo entró en un centro de rehabilitación por su ya declarada adicción a la heroína y con la sobredosis ocurrida seis semanas antes de su muerte, como un aviso de lo que vendría, advirtió inútilmente que si no paraba se iba a morir. Fue lo que ocurrió.
Sería lánguido acudir a Roberto Luis Stevenson y su Dr. Jekyll y Mr. Hyde para abarcar la tragedia de un hombre con estas dimensiones y abrumado por su exploración de lo humano. Es la desazón que deja un personaje que al arte le había entregado profundidades si se quiere mayores a las de Marlon Brando. Seymour Hoffman venía de una familia culta, mamá abogada con desempeño en derechos civiles y papá ejecutivo de Xerox, que se divorcian luego de tener cuatro hijos, de los cuales este actor de teatro y cine, director de obras, habitual de salas de Off Broadway, es el memorable actor de papeles secundarios en los que buscó desplegar su capacidad de caracterización y donde las oscuridades y las sordideces humanas le planteaban el desafío que él ilustraba con sus más íntimos pliegues.
Esta muerte tan distante en apariencia tuvo la fuerza para remover la ambigüedad que por malformación tiene el tema que más queremos evitar, el de la muerte misma. No imaginé nunca esa mañana de domingo que estaba a menos de 24 horas de vivir un roce propio con la muerte de alguien a quien conocí de cerca toda su vida pero que sería bien opuesta a la de aquel. Si la del actor fue oscura e impotente, la de ella, mujer de 91 años vividos a fondo, quien disfrutó de sensibilidad y tranquilidad a la vez, fue un suave deslizamiento. Un final donde no hay más empeoramientos, donde cesa el cansancio de luchar por sobrevivir, al poder cortar con los dispositivos para paliar las deficiencias y ceder a una entrega sin gestos, sin aspavientos, sin sobresaltos; es la vida agotándose con calma, así tal cual como se vivió, y es el comienzo de un sueño para siempre. Una siesta final. Esta era probablemente la que buscaba con imperiosa necesidad el actor, pero por contraste, el límite de esta mujer, que lo esperó hasta el cabo de su vida, en una vida de la que yo hice parte hasta en su propio fin.
Beatriz, se llamaba ella. Philip, él, dos caras de la inevitable muerte.