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En la reunión de la Celac finalizada la semana anterior en Cuba, los gobiernos de Latinoamérica y el Caribe reafirmaron su compromiso en la lucha regional contra la pobreza.
Se trata de una decisión audaz, ejemplo de la virtud moral que Salvador Allende llamó “una consistencia difícil” en los setenta. Y difícil es, dados los tiempos que corren. Para nadie es un secreto que las condiciones que hicieron posible una década de políticas cuyo resultado, si hemos de creer a la Cepal, ha sido la notable reducción en los niveles de pobreza de la región, parecen exhaustas.
En efecto, la desaceleración de las políticas de intervención monetaria en los Estados Unidos, el reverso de los flujos de inversión de regreso a Europa y Norteamérica, y el hecho de que al parecer bien poco o nada aprendieron las instituciones y mercados financieros internacionales de la última crisis (bien lejos de terminar), ya han tenido impacto en el continente.
Argentina sufre, mientras el kirchnerismo lucha contra su propia incapacidad para reconectarse con la realidad y con su electorado. En Brasil y Colombia, las protestas de finales del año pasado, que bien pueden repetirse durante la Copa Mundial en el caso del primero, revelan una voluntad popular de profundizar la lucha contra la desigualdad en la dirección de un sistema de bienestar ampliado, acompañado de la no mercantilización de los derechos sociales.
Algo similar sucede en Chile posmovimiento estudiantil y hasta en la Venezuela dividida políticamente pero aún impulsada por la voluntad popular que creó a Chávez y mantiene a Maduro en el poder. En Ecuador, Correa asegura su posición tras los logros reconocidos hasta por los medios del liberalismo colombo-manchesteriano y la renovada voluntad de los ecuatorianos, al tiempo que enfrenta decisiones difíciles y las legítimas críticas del movimiento amerindio y antiguos aliados menos dispuestos a hacer concesiones al extractivismo. Hasta Cuba aprieta el acelerador de las reformas.
Es como si la primera “ola rosada”, el corrimiento hacia la centro-izquierda en la región, estuviese llegando a su fin. Pero lejos de agotarse, ya parece avistarse una segunda ola. La primera se orientó en el sentido de los programas de transferencia condicional de dinero y otras medidas similares contra la pobreza, cuyo éxito nadie discute, pero que la evidencia revela muy limitada en principio y en la práctica. La segunda fase experimental tendría que reconocer las limitaciones inherentes a tales mecanismos y optar por una ampliación del sistema de bienestar. Esta, acompañada de inversión progresiva en salud y educación, cuando menos, y de la no mercantilización (en algunos casos, como el de la educación en Chile, descomodificación) de los derechos sociales fundamentales.