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La decadencia de los partidos

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Hay un consenso en el sentido de que los partidos políticos en casi todos los países democráticos están en decadencia.

Para una muestra, basta leer las páginas editoriales de El Tiempo del viernes pasado, en donde tres columnistas, como si se hubiesen puesto de acuerdo, trataron el tema de la decadencia de los partidos en Colombia. Unida a esta crisis está la del Congreso de la República, que es también la crisis de la ley como fuente primordial del derecho. Crecientemente, el derecho emana de la jurisprudencia de los magistrados de las cortes, de las interpretaciones de la Carta Magna que hacen los jueces constitucionales y de varias cortes internacionales, en virtud de tratados y convenciones que ha firmado el país, y no sólo de la ley.

Así, no debe extrañar la creciente politización de las cortes y la concomitante despolitización, o decadencia, del Congreso y de los partidos políticos. Pero yo creo que el problema es más de fondo. Cuando los partidos eran fuertes, en Colombia y en otras partes, lo eran en virtud de que expresaban ideas y convicciones sobre cómo debería ser la sociedad. Tenían ideas claras y diferenciadas sobre el bien común. En el pasado, a los partidos Liberal y Conservador, en Colombia, los separaron los temas religiosos y, por divergencias en el grado de la intervención divina en los asuntos terrenales, discutieron, combatieron y se fueron muchas veces a la guerra. Por supuesto, el mundo es ahora muy distinto a lo que fue en el siglo XIX y, quizá, hasta los años cuarenta y cincuenta. En particular, el tiempo libre de la gente, de los adultos y de los jóvenes no estaba tan lleno de alternativas, como lo está hoy en día.

Apenas existía la radio, no había televisión, ni la internet, ni la televisión por cable y tantas cosas más que tenemos hoy. Como argumenta en un sugestivo libro Giovanni Sartori, vivimos la época del Homo videns, un ser humano que, al solo ver pantallas de diversos terminales, está situado en una infinita sucesión de presentes y está perdiendo su capacidad simbólica, precisamente la que le permite reflexionar y viajar imaginariamente al pasado y al futuro. Aunque nos deberían unir, los medios de comunicación y las redes sociales están realmente aislando a unos seres de otros, incluyendo a los miembros de la familia. Y concomitante con este proceso de separación e individualización, como lo ha planteado el profesor de Harvard Michael Sandel, la política está desprestigiada porque, en su mayor parte, está vacía de todo contenido moral y espiritual. La autonomía y la libertad de escoger han tomado un valor casi hegemónico entre todos los principios, en tanto se proclama la neutralidad del Estado en la gran mayoría de temas morales y espirituales. Así, la renovación de la política y de los partidos pasa por la capacidad que tengamos de reflexionar y de debatir juntos y razonadamente sobre el bien común y no dejarles estos asuntos al mercado o a la tecnocracia jurídica y económica. De esta forma, la renovación de los partidos y la deliberación pública no deben ser excluyentes, sino procesos que se necesitan mutuamente. Una y otra pueden hacer que la política se torne también en un vehículo para honrar a las personas que mejor deliberan sobre el bien común y que sobresalen por sus virtudes cívicas.

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