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Artes y violencia en Colombia

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Nuestra realidad nunca es aburrida y siempre es difícil de explicar.

La gente a menudo se pregunta por qué en Colombia hay pocos actos de rechazo a la violencia. En verdad, es sorprendente que no haya más reacciones públicas de protesta. En España, por ejemplo, cuando el grupo terrorista Eta asesinaba a un civil, la gente se tomaba las calles en marchas de miles y hasta millones de personas rechazando el crimen. Algunos creen que esto no sucede más en Colombia debido a la indiferencia del pueblo o a su resignación, tras tantos años de conflicto. Quizás la razón es otra. Si aquí respondiéramos en masa para denunciar cada muerte violenta que ocurre en el territorio nacional, tendríamos que salir a las calles entre 70 y 80 veces cada día. Colombia ha tenido la tasa de homicidio más elevada del mundo. Durante las últimas décadas, casi 30.000 personas han muerto violentamente cada año. Para colocar las cosas en perspectiva, la nación europea que más ha padecido el flagelo del secuestro, después de la II Guerra Mundial, ha sido Italia, y muchos recuerdan el secuestro del ex primer ministro Aldo Moro, raptado por las Brigadas Rojas en 1978, y luego asesinado y abandonado en el baúl de un carro. No obstante, después de la década de los cincuenta, Italia ha sufrido alrededor de 800 plagios en total. Colombia, en cambio, padece dos o tres veces esa cantidad cada año. Si se suman los habitantes de Austria, Bélgica, Costa Rica, Nueva Zelanda, Suecia y Suiza, eso equivale a la población de Colombia, pero mientras que en esas naciones ocurren unos 1.150 homicidios en total al año, en Colombia padecemos más de 20.000. Uno de los peores conflictos que sacudieron al continente europeo, luego de la II Guerra Mundial, fue la sangrienta contienda en Irlanda del Norte. Sin embargo, durante ese período difícil de 36 años llamado The Troubles, murieron 3.500 personas, o sea, casi la décima parte de las muertes violentas que ocurren en Colombia cada año. Y no sólo eso. Aquí han ocurrido atrocidades como cuatro candidatos presidenciales asesinados en una sola elección, o un partido político completo, la Unión Patriótica, eliminado a bala.

Aun así, lo más asombroso de Colombia es su vitalidad, y nada la refleja más que la proliferación de las artes. Para nosotros, pintar, esculpir, escribir, bailar o cantar no son meras formas de diversión. Las artes en general, a pesar de sus diferencias, comparten un rasgo esencial: suelen celebrar el valor de la vida y reflejan el milagro efímero de la existencia. Por eso no es casual que las artes irrumpan en lugares atormentados por conflictos sociales: tierras expuestas al hambre, a la pobreza, a la injusticia y a la violencia. Rusia en el siglo XIX. Los EE.UU. durante la Generación Perdida. España antes de la Guerra Civil. América Latina a lo largo del siglo XX. La música creada por descendientes de esclavos. Estos son ejemplos de una actividad artística efervescente, casi desesperada, hecha por quienes tienen mucho que perder, y su manera de combatir la adversidad es afirmando su voluntad de persistir. ¿Cómo? Creando. Como si, paralelo a la barbarie y al sufrimiento, estos artistas ofrecieran su talento para mostrar lo bueno de la condición humana. Prueba y evidencia de la perseverancia de la vida. Y eso es admirable.

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