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Es fundamental que las autoridades del país, especialmente los alcaldes con ayuda de las colectividades de ciudades intermedias, impulsen lo más pronto posible una campaña de educación y convivencia entre automovilistas, motos y peatones.
Las ciudades pequeñas, que antes eran relajadas y provincianas, se han transformado de forma apresurada en urbes ruidosas llenas de máquinas de transportarse. Como no estábamos preparados ni siquiera para el crecimiento de los servicios básicos, el aumento del parque automotor, especialmente de motocicletas, agarró por sorpresa a las que fueron aldeas hace poco. Otro más de los atropellos del progreso improvisado.
Es comprensible que, a pesar de valerse de las rodillas del conductor como parachoques, la motocicleta se haya convertido en un medio de transporte popular: es económica, fácil de parquear y suficientemente rápida. Además, aumenta la sensación de poder entre las piernas en hombres y mujeres, como una evocación inconsciente de los desaparecidos vaqueros de a caballo que debe despertar nostalgias en los campesinos recién urbanizados. Ahora nos es común la figura del macho montado sobre la rubia estampada en el sillín y la ilusión de que cualquier espacio entre dos máquinas más grandes, es su vía, por la que puede escabullirse y burlar el denso tráfico. Singapur, Caracas, Hanoi, Mumbai y Bogotá son ejemplos extremos de la supremacía de la moto. Pero también en poblados grandes como Buga o capitales pequeñas como Sincelejo, estas bestias de uso particular o colectivo han hecho su caótica aparición en medio del tráfico improvisado, ante una carencia de medios masivos de transporte público.
Las ciudades pequeñas y medianas todavía están a tiempo de emprender campañas educativas al respecto. Bucaramanga, Neiva, Leticia o Barranquilla, abocadas a un crecimiento exponencial, conservan algo del sentido de pertenencia que haría menos difícil la labor educativa. La inversión en educación ciudadana pensando primero en los hombres que en las máquinas es más beneficiosa que las megainversiones en concreto armado.
El Código de Tránsito, que en lugar de exigir una pedagogía exhaustiva pasa directo a prohibir en el papel, no funciona por razones evidentes: la primera, porque las regulaciones no son viables. Hacer circular a los motociclistas a un metro de distancia de la acera, por el carril derecho, el de los buses, los obliga a fumárselos sin filtro, los tienta a pasar por la derecha cuando el pasajero del bus desciende desprevenido la escalera y los somete a los desvaríos de la guerra del centavo.
Y la segunda, porque nadie conoce de verdad el manojo de leyes que abundan, cambian y se amañan. La solución real, como lo demostró el alcalde Mockus en los años dorados de Bogotá, es la educación ciudadana masiva. Podría añadirse la regulación y construcción de andenes adecuados, ciclorrutas con facilidades seguras de parqueo y, desde luego, un sistema de transporte masivo organizado.