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Humea la indignación y chisporrotea la opinión que constata cómo una religión y una iglesia explota a sus devotos económica y políticamente a la vez.
La pastora del rebaño afirma impávida que no puede predicar quien tiene defectos físicos y también les indica por quién votar y a qué cuenta consignar aportes para garantizar dádivas divinas.
Inconcebible servilismo guía a millones aquí. Y no es el síntoma Piraquive el único; también el efecto MIRA, cuña del mismo palo, que lleva a una irracional estigmatización del licor, así haya habido hechos escabrosos del uso desmedido. Y por otra parte, la cantaleta de todo el que en televisión concursa en payasadas y las ofrece al Señor, gane o pierda, mirando a lo alto; son el sartal de cultos que germina en manadas de incultos.
No bastó el Sagrado Corazón, nos invadieron los devotos de Jehová, de los últimos días, de Jesús internacional, de las reapariciones, cruzadas, pentecostales, bíblicos: sectas y subsectas, tantas como ni siquiera han alcanzado a ser en Colombia las del Partido Comunista con sus subdivisiones o las del movimiento teatral, que se reproduce por partenogénesis.
Colombia es un caldo de cultivo crédulo, nada crítico, obediente, donde políticos ávidos y recalcitrantes saben que es ideal para reinar y que esto disuade a nuevas figuras públicas que se opongan al tinglado religioso-político que vive de los dividendos de la feligresía y de los aportes internacionales que lo mantienen lubricado.
Es oprobioso el opio del pueblo repartido al por mayor y al detal. Y no es la única religión de culto apremiante. Hay otras religiones de segundo piso, de tercer nivel y cuarta generación, tan paralizantes, envolventes e imperceptibles y con una cauda no política pero sí entregada y creciente.
Las redes sociales y la publicidad revisten un culto con efecto en el consumo, de devoción intensiva, cifrada en el instante, servida por medios con los que se da fe del minuto a minuto en que se vive de cara a los otros y se testifica una vida plena, sea real o ficticia, pero en todo caso pública y reconocida por los demás y en la que todos muestran su vida nada propia, prestada de los otros y dibujada como avatar, como evento, como transformación y encarnación, que aparece vistosa, memorable, envidiable.
Esta religión personal y mediática es usada por el consumo para generalizar los objetos asociables a la felicidad más pedestre. Reemplaza cielos lejanos y poco alcanzables, y es abrazada por mayorías que fabrican su estatua en vida y trazan su perfil ideal.
Religiones de todo tipo cunden porque resulta inadmisible una realidad incierta que discrimina, sin paliarla con algún paraíso cocinado en una iglesia o pintado con medios a la mano. Cuerpo y espíritu se ponen al servicio de credos y crédulos como combustible para mantenerlos en acción. Para vivir sin desistir.
Tal vez aparte están algunos parcos que cultivan sus reservas, abominan de la línea tirada por pastores e ídolos hechos a la medida. Son los que acuden a otra dimensión no religiosa, pero sí devota y rigurosa. Es la ciencia con apasionados y generosos cultivadores que buscan misterios, alcanzan lo desconocido e iluminan nuevos campos de conocimiento para poseerlos.
A este género de devotos pertenece Wade Davis, quien a propósito, desde mañana estará en Colombia. Él cuenta de manera magistral los insondables caminos abiertos por su curiosidad inagotable. Y con él un mundo real y mágico se abre.