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La polarización que se vive es imperativa y dramática. Escoja usted entre Petro y el procurador. Y si ninguno le gusta, la corriente de todos modos lo arrastra hacia alguno de los dos extremos. Que extremos son.
En una columna anterior, que tuvo una rara apertura a comentarios, vi de curioso cómo alguno tilda a Lorenzo de derechista y otro lo llama comunista, a secas. Un tercero lo elogia, pero dice que no se deja criticar, siendo crítico. Su santa madre no fue mencionada, y es una suerte, ni aprendió vulgaridades insospechadas.
Los comentarios de los foristas de la red no tienen límites en acrimonia, insultan y terminan con peleas rastreras entre ellos mismos. Finalmente constituyen un diccionario de vocablos gruesos, algunos desconocidos por ingenuos como Lorenzo.
La vejez es una de las cosas que le enrostran. Esta época es de desprecio por la edad; mientras fue joven, la opinión que importaba era la de los mayores; a lo que se hizo mayor, los que dictan la opinión son los jóvenes o quienes creen que lo son y que nunca dejarán de serlo.
Winston Churchill —y es un mero énfasis en la edad— comenzó su gran figuración a los sesenta y uno; Conrad Adenauer gobernó la Alemania del milagro, en los casi noventa, con Erhard, quien tampoco era un muchacho. El papa Roncalli no se les murió a sus electores a los ochenta y revolcó la Iglesia, para bien. El actual pontífice deslumbra al mundo en sus brillantes setenta y siete, bíblicos.
“Senatus Populusque Romanus” (“El Senado y el Pueblo de Roma”) fue emblema de orgullo para rubricar la máxima autoridad del imperio romano, entendiéndose por Senado una asamblea de personas mayores, como que el término viene de “senex”, viejo. Es memorable el ensayo ciceroniano sobre la senectud, entonces envidiable y meta de quienes progresaban en edad, pero también en sabiduría.
No es, pues, por vejez, por lo que no se toma fácilmente partido y la opinión escrita se llena de salvedades. Hay vacilación, por supuesto. El procurador está en lo suyo, pero excedido. Dicen que obró conforme a derecho, pero estaría bien lo de “ejercer vigilancia” sobre funcionarios elegidos, pero no hasta desvincularlos. Con todo, esto último lo permite la misma Constitución y el llamado Código Disciplinario Único. Vaya.
Petro, el alcalde, es un rebelde reinsertado. Y es difícil que un revolucionario se someta al sistema que combatió con riesgo de su vida y jugándose la de muchos inocentes, y más si ese sistema se desborda. Ahora, “el amenazado” hace crujir también la pax cubana. No sería raro que el alcalde desvinculado terminara viajando a Cuba, pues hoy nadie se va para el monte, sino para esa isla de la fantasía. Ahí tenemos, pues, al procurador en un extremo y al alcalde destituido en el otro. Escoja usted o mejor, quédese en la mitad.