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¿Televisión humana?

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La opereta en la que se convirtió el proceso de destitución y restitución del alcalde Petro va a dejar profundos y nocivos efectos en eso que llaman la institucionalidad. La política se llevó por delante el derecho y cualquier decisión estará construida sobre arenas movedizas. Mientras tanto, Bogotá se desintegra en lo físico, en lo humano.

En este estado de cosas, se pierde la sindéresis y el extremismo embriaga a todos los actores.

Bajo la actual administración, Canal Capital ha tenido la virtud de ofrecer una alternativa de televisión que, no obstante la molestia de unos cuantos, nos hace ver cuán diversa y compleja es la realidad de esta ciudad. Por eso resulta tan lamentable que en la defensa del alcalde, ese canal haya sometido la información a la arenga y a la propaganda. Como siguiendo la receta de un manual de agitación de masas, en los días mas álgidos de la disputa se inventaron un tienanmen bogotano, ignorando a la mayoría atomizada que no eligió a Petro y opina que él es un pésimo gobernante.

La televisión pública en estas latitudes es una quimera. Inspirada en la edad de oro de la BBC y de otros canales públicos de televisión, como la RAI y la Deutsche Welle o el PBS de los Estados Unidos. Muy pocos países subdesarrollados logran construir una televisión pública que no acabe sometida al capricho y a los intereses del gobernante.

Frente al desconcierto que causa el hecho de que un canal, que debería servir al interés público, se hubiera convertido en el perifoneo de la causa del alcalde, no puede hacerse mucho. En primer lugar, el ambiente está demasiado caldeado como para que los omnipotentes informadores acepten que se equivocaron. En segundo lugar, la entidad a la que le correspondería decir algo, no tiene el criterio ni la fortaleza institucional que se esperaría, así fuera para establecer un límite pedagógico al abuso del derecho a informar. Nuestra Autoridad Nacional de Televisión cada vez se reduce más a ser el simple administrador de una alcabala. Su abultada chequera se utiliza para repartir pródigamente recursos para una televisión pública que ya poco se deja ver.

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