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El domingo, en su columna “Una música ambigua”, Héctor Abad Faciolince discurrió acerca de la sutil pero nítida diferencia entre ‘ver’ y ‘mirar’, y entre ‘oír’ y ‘escuchar’.
Reproduzco este párrafo: “Con el verbo ‘oír’ nos referimos al sentido del oído: oí un grito, un disparo, un trueno. Si quiero saber si mi voz se percibe al otro lado de la línea, digo: ‘¿me oye?’ (…) Una cosa es oír música ambiental, o de fondo, como la que ponen en los supermercados, y otra cosa entrar en una sala de conciertos a escuchar (con toda la concentración de los sentidos y de los sentimientos) la hondura de un cuarteto de cuerdas”.
Habla luego de que los cuartetos de Shostakovich transmiten mensajes políticos. Y tanto. Y no sólo sus cuartetos. A partir de un momento determinado Shostakovich se convierte en Pimenn, el monje cronista de Boris Godunov, y su música puede entenderse (entendre, en francés, también significa escuchar) como un comentario a la sangrienta historia del estalinismo.
Claro está que Shostakovich debió padecer todos los miedos, pero hay algo que su música demuestra de una manera que alegra el corazón: nunca lo padeció delante del papel pautado. Basta recordar lo que escribió sobre el estreno de su novena sinfonía, en noviembre del 45, cuando esperaban de él un himno a la victoria sobre el nazismo y él les ofreció de entrada un allegro que parecía la melodía de un gamín tocando la armónica por las calles: “Stalin se enfureció. Estaba profundamente dolido porque en mi sinfonía no había ni coro ni solistas. Ni tampoco apoteosis, ni siquiera una miserable dedicatoria. Era sólo y nada más que mi música, que Stalin no comprendía muy bien, y cuyo contenido era dudoso”. Y tanto. Pienso, pues, que convendría escuchar con mucha paciencia y atención la que compuso en esos años de su más profundo miedo. A mi juicio, musicalmente supo disimularlo bastante bien.
Hay algo curioso que me hace seguir reflexionando sobre el tema del oír y el escuchar, y es que —según recuerdo de mi infancia católica a machamartillo— los mandamientos de la Santa Madre Iglesia son cinco, y el primero que nos inculcaron fue “oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar”. Entonces, una de dos: o los teólogos que lo formularon desconocían la diferencia entre oír y escuchar, o bien conociéndola estimaron que lo único que en verdad cuenta es que los fieles acudan a la iglesia por lo menos unas sesenta veces al año, y al menos media hora cada vez.
El resto en realidad no les importaba, sólo el adjetivo “entera” y el dictatorial “todos”. Y a la sustantiva misa, como quien oye llover.