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Héctor Abad no mencionó a William Ospina en “El espantoso mundo en que vivimos”, ni Ospina a Abad en “Ciego toda la vida a todo eso”, pero muchos lectores creen que se trata de una controversia entre los dos.
Sería llamativa tal controversia porque Ospina es mucho más que un “intelectual de la indignación y de la queja” y Abad está lejos de ser un “el intelectual satisfecho que ve pasar sobre su cabeza los grandes desastres y se esfuerza porque la humanidad no los mire”. No sabemos si Ospina se sintió aludido y veremos si Abad responde, pero los lectores no están despistados en lo esencial.
William Ospina y Héctor Abad representan, son dos espíritus distintos, y eso explica todo lo demás, para hablar un poco como Ospina. En un oráculo, acosados por una respuesta tajante a si es posible un “hombre nuevo”, uno diría que sí y el otro que no. El espíritu “milenario”, desencantado, tiene conciencia aguda de los límites de la naturaleza humana. El espíritu “joven”, esperanzado, confía en poder producir algo verdadero y original con lo que somos.
Obviamente, no es cuestión de edad de los intelectuales. De hecho, Abad tiene unos años menos que Ospina. En cuanto al orden social, el espíritu joven cree que es moldeable si se sustituye la voluntad de Dios por la voluntad humana en la dirección deseada. El espíritu milenario está convencido de que tal voluntad humana con capacidad “externa” a la sociedad es una ilusión en democracia.
Un ejemplo: William Ospina dice: “La vieja Colombia murió el 9 de abril de 1948: la nueva no ha nacido todavía”. Para un espíritu reformista, que valora el ensayo y error, es increíble la idea de una sociedad que está 66 años en una suerte de limbo despreciable a la espera de su “nuevo nacimiento”, que señalará un intelectual iluminado. Además de ser un abuso del lenguaje, es políticamente inaceptable: ¿entonces 1991 no es nada?
La narrativa nacional que construye Ospina merece una alternativa, así se haga con menos talento literario. Hay padres de familia que creen enseñar historia irrefutable con Pa que se acabe la vaina. La pregunta doble ahora, sin embargo, es: ¿cómo el “pesimista” o escéptico acerca del hombre se vuelve optimista sobre el progreso humano y cómo el creyente y esperanzado en el hombre se vuelve crítico insaciable del progreso humano?
El espíritu “milenario” ha visto de dónde venimos y sopesa los bienes y los males de la civilización alcanzada, sacando un balance positivo. Su optimismo se basa en avances, tortuosos, contingentes a veces, costosos, heroicos, pero avances que logran sedimentarse. El espíritu joven es fundacional, no puede aceptar lo que viene de atrás, quiere lo bueno sin lo malo, pues vibra con el “hombre nuevo” y un mundo idílico. Un romanticismo que se imagina el futuro con una vuelta a la naturaleza y a las “costumbres”.
Estos dos espíritus son necesarios, lo mismo que su fastidio mutuo. El problema es que cuando los espíritus fundacionales se toman el poder, y juegan a ser Dios, las cosas se ponen feas y peligrosas.