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India disonante

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Como estudiosa de las relaciones internacionales he leído bastante sobre el ascenso de India como potencia media y su incidencia creciente en el quehacer económico y político mundial.

Sin embargo, sentir (y padecer) el país como visitante ha puesto en suspenso mucho de lo que creía saber. Disonancia cognitiva es, tal vez, la forma más apropiada de describir el choque entre el conocimiento intelectual de India a distancia y la inmersión directa en ella. Pese a ser retratado por la academia y los medios como poder “emergente” tiene un incómodo sabor a caos y pobreza.

Todavía no logro quitar del cerebro el ruido repetitivo e irritante de los pitos, cuyo uso en las vías es generalizado y compulsivo, ni la imagen de calles sin andenes en donde los peatones deben pelear su derecho de tránsito entre camiones, carros, rickshaw (vehículos de dos ruedas con o sin motor), bicicletas, vacas y otros animales. Más duro aún, el número vertiginoso de pobres y la miseria en la que viven es inimaginable hasta cuando se vea. Peor en las ciudades grandes, en donde cohabita con niveles extremos de riqueza. También, la carencia de servicios públicos básicos como agua, alcantarillado, electricidad e infraestructura es insólita. Por ejemplo, la mitad de los indios no tiene baño en su lugar de residencia.

En otros indicadores de desigualdad social, tales como salud, educación, alfabetismo (especialmente entre niñas y mujeres) y nutrición, India está tan solo marginalmente mejor que África Subsahariana. Según Jean Drèze y Amartya Sen, en su libro An Uncertain Glory. India and its Contradictions (2013), el hecho de que el crecimiento económico ha sido acompañado de aumentos en la desigualdad apunta a uno de los mayores fracasos de la democracia en ese país.

El debate público sobre la suerte de los pobres ha aumentado en años recientes, junto con la adopción de políticas para resarcir algunas de sus expresiones más crueles, como por ejemplo, la discriminación contra miembros de la casta dalit, la más baja de la jerarquía hindú, compuesta por alrededor de 100 millones de intocables. No obstante, la insensibilidad ante la suerte de este sector “desechable” de la población india es chocante, sobre todo cuando las vacas, que son sagradas para los hindúes, parecen mejor cuidadas y alimentadas por la comunidad.

Aunque la palabra “casta” no encuadra dentro del imaginario de una India moderna y democrática, sigue siendo un componente integral de la cotidianidad hindú, especialmente en el campo, en donde reside la mayoría de la población. Si bien varias décadas de crecimiento han permitido cambiar el orden social mediante la creación de una amplia clase media y oportunidades de movilidad social, perduran rezagos importantes de las antiguas e inmutables jerarquías. Pese a que la constitución garantiza la igualdad de todo ciudadano indio, el sistema de castas condiciona la vida de la gente de múltiples formas. Al tiempo que el empleo sigue obedeciendo en muchos casos a las funciones predeterminadas para cada casta, el matrimonio entre castas es poco común y la vida política del país se mueve en gran medida en función de esta categoría identitaria.
Sensaciones encontradas de fascinación y animadversión, y amor y odio, son las que provoca la India disonante que acabo de conocer, un país que pese a incontables encantos, no ha estado a la altura política ni espiritualmente de su desgarradora problemática social.
 

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