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El ‘embuchao’ de Benito Benítez

Toda Barranquilla conoce la historia de la madre y el hijo que engañaron a este reconocido personaje de la política.

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Pasarían 11 años para que Benito Benítez —concejal durante tres períodos de Remolinos, Magdalena— se diera cuenta de que su único hijo, a quien inicialmente no aceptó, no era ni suyo ni de la mujer que decía ser la madre. Pero en 1987, teniendo enfrente al pequeño tan parecido a él, morenito y de cabello lacio, sólo pensó en pedirle perdón a Dios por haberle dado la espalda tres años y ocho meses al pequeño. “Dios mío, este carajo es hijo mío. Perdóname”.

La historia de “el ‘embuchao’ de Benito”, como conocen este caso en Barranquilla, empezó el 28 de mayo de 1970 en una parranda con música en vivo de Alejo Durán, “el primer rey del Festival de la Leyenda Vallenata”. Esa noche coincidieron Benito Benítez y Altamira Mercado: él, un casanova de 27 años que tenía varias novias al mismo tiempo. Ella, una cartagenera de 19 años, recién llegada a Barranquilla, estudiante de ciencias sociales en la Universidad del Atlántico; una morena alta, de ojos negros, cabello lacio y largo, muy largo, y siempre suelto.

Él la invitó a bailar. Ella aceptó. Así se fue toda la noche y así se fueron siete años más, entre bailes y visitas esporádicas porque a Benito Benítez no le gustan las relaciones ni serias ni constantes; además, debía repartir su tiempo entre Altamira y Eva, una viuda que alivió el luto en sus brazos.

Después de siete años, la relación con Altamira murió. Sólo se volverían a ver luego de cinco años, en el 82. Ella lo llamó, se vieron en el Hotel Canadiense, y allí estuvieron toda la noche y esperaron despiertos el amanecer, entregados al sexo sin compromiso. Otra vez ella volvió a desaparecer, pero sólo por dos meses, porque después de ese tiempo volvería a Barranquilla con la noticia. “Estuve donde el médico porque no me venía la regla y me dijo que estaba encinta”, le contó la mujer a Benito. “¿Y qué piensas de eso?”, le preguntó el presunto padre, asustado, torpe, porque no estaba en sus planes recibir esa llamada.

Bastaron esas cinco palabras para que la mujer se enfureciera —o le hiciera creer su furia— y se regara en una retahíla que sólo terminaría con el silencio sin fin de Benito. “Definitivamente usted es todavía un niño, yo no esperaba esa respuesta, voy a tener el bebé sobre la cabeza suya y la de su familia. No necesito de usted porque soy profesional y puedo criar sola a mi hijo”. La respuesta de Benito fue más silencio. Entonces ambos colgaron y no volvieron a saber el uno del otro. Esta vez por nueve meses.

“Nunca me buscó —contó Benito—. Nadie la vio encinta ni aquí ni en Cartagena”. Cuando se volvió a saber de ella, ya tenía un niño que exhibía, de Cartagena a Barranquilla y de Barranquilla a Cartagena, como el hijo no reconocido de Benito Benítez.

Hasta un día en que la hermana de Altamira llamó a la hermana de Benito Benítez y le dijo: “Dígale al ‘cuña’ que pongo a su disposición un niño que alumbró mi hermana”. Durante casi cuatro años Benítez recibió llamadas y comentarios y reclamos porque el hijo andaba por toda la Costa sin papá. Y una vez un pariente suyo hasta lo regañó porque el pequeño no tenía ni para la cuna. Entonces él le envío 40 mil pesos para aliviar el peso de su conciencia.

“Era tanta la presión del uno y del otro diciendo que el pelao se parecía mucho a mí, que un día decidí ir a Cartagena a conocerlo”, contó Benito. Era 1987. Lo reconoció en una notaría: Humberto Efraín Benítez Mercado sería el nuevo nombre del niño. Esos mismos apellidos llevaría durante 14 años, porque después de ese tiempo Benito Benítez empezaría a sospechar que el ‘pelao’ no era hijo suyo.

Las sospechas llegaron un día en el que el padre y el hijo fueron a la Registraduría a sacar la tarjeta de identidad del ya adolescente, y les respondieron que con ese nombre había tres registros civiles: uno donde aparecía como hijo de madre soltera, otro como hijo legítimo del matrimonio Benítez Mercado y otro como hijo reconocido a los tres años de edad. Los tres registros despertaron la desconfianza de Benito Benítez, quien se dedicó a investigar la procedencia del supuesto hijo.

Así, descubrió que la mujer no aparecía en los registros de la clínica de maternidad Rafael Calvo Castaño, donde aseguraba haber tenido al niño en procedimiento de cesárea. También falsificó la partida del bautizo, celebrado supuestamente en la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria de Cartagena. En ese proceso de desmentir la novela creada por Altamira Mercado, Benito lleva más 10 años. El último capítulo de la historia, lo protagonizó cuando, por sugerencia de su abogado Antonio José Cancino, se sometió a un examen médico y descubrió que era estéril.

La madre no acepta hacerse un examen de ADN, “porque dice que eso puede traumatizar al hijo —quien tiene ahora 25 años—, pero en la realidad quién sabe qué más estará escondiendo”, aseguró Benito. Ahora la supuesta madre está en serios líos penales y enfrenta una demanda por fraude procesal que está en etapa de juicio. En un juzgado de familia de Cartagena, cursa otra demanda de impugnación de la paternidad del supuesto hijo. En Barranquilla continúan a la espera del final del “el ‘embuchao’ de Benito”.

Una historia que nació hace 38 años en una parranda de Alejo Durán, donde una morena alta y flaca aceptó la invitación de un hombre a bailar y, quizá en ese mismo momento decidió que aquél sería el padre de su hijo por encima de la ley, por encima de la naturaleza.

 

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