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Desiderata y el basuco

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La supración personal es una visión perfumada del mundo que les ofrece a sus clientes una felicidad exprés y los exhorta a abrazar la tolerancia y a cuidarse del perfeccionismo.

 Sus dogmas angulares rezan desideratamente: “El mundo marcha como debe ser y tu paz nace de creerlo, de aceptarte y de aceptar a los demás… Todo en la vida tiene un sentido… Tu misión es estar en paz con Dios, contigo mismo y con el universo”.

Sus gurúes deberían advertirnos que no leamos periódicos, esos terroristas que se empeñan en magnificar problemillas (guerras, hambrunas, catástrofes, corrupción…), y que nos residenciemos en islas desiertas, que es la mejor manera de sobrellevar al prójimo.

Hay una paradoja curiosa: estos felices creen que el mundo es perfecto pero detestan el “perfeccionismo”, causa primera de todas las neurosis, dicen. Es una idea tentadora, pero la verdad es que a los desdichados nos encanta la perfección. En especial, nos gusta que los cirujanos y los odontólogos sean perfeccionistas. También nos gustan la perfección del Concierto de Aranjuez, de los ensayos de Paul Valéry y de los movimientos de Joaquín Cortés; también admiramos la precisión de los sastres y de los cocineros, y nos maravilla el orden del diamante, la rosa y el colibrí, de los colores del crepúsculo y del rostro de Keira Nightly.

Detallitos molestos para un desdichado, el sarro entre los dientes del tenedor, digamos, al feliz lo tiene sin cuidado, supongo.

Aceptar a los demás como son, prueba el grado de santidad que alcanzan los felices (¿será por esto que beato en latín significa feliz?). El desdichado, aceptémoslo, jamás alcanza esos nirvanas. Por fortuna, las leyes son benévolas con los “neuróticos”: así, cuando nos quejamos por el volumen del equipo del vecino, la policía lo reconviene en lugar de regañarnos por “intolerantes” o de imponernos un taller de “aceptología”.

Hay algunas inconsistencias en la fórmula de la felicidad. Lo de aceptarse uno mismo, por ejemplo, atenta contra… ¡la superación personal! Entonces qué, beatos: ¿me acepto o me supero?

Entenderse con Jehová es difícil. También es difícil que Él nos entienda. Con frecuencia se neurotiza y borra una ciudad del mapa o dispara pestes: sequías, inundaciones, virus, vejez, sunamis, banqueros, senadores, pastores, epeeses…

La superación personal es un caldo de babas, una negación del espíritu crítico y del debate, una cosmología cerrada. Culebrero dixit. La vida es así, pequeño, y punto. Di todos los días yo-puedo-yo-puedo (el universo marcha como debiera), sé positivo (el universo marcha como Chopra y Coelho ordenan), PNLetízate y la luz y la energía del universo realizarán todos tus deseos. ¡Ni siquiera tienes que levantarte de la cama!

No se puede negar que son audaces estos evangelistas: El secreto, por ejemplo, ¡combina mantras, física cuántica y fotos de Ferraris pegadas en la nevera! Yo-puedo-yo-puedo-yo-puedo…

La superación es una suerte de basuco, una droga oriental que aletarga a sus clientes. Allá funciona porque para ellos el mundo es una proyección mental. Acá no porque muchos pensamos que hay cosas fuera de nuestra cabeza, que existe una realidad. Este es el fundamento de la ciencia. Por eso, a lo último que acudiríamos sería a un pastor. La gracia de la fe nos ha sido negada.

La teoría de la superación no nos invita a mejorar al mundo sino a convencernos de que así está perfecto. Si a pesar de todo le observas algún errorcillo, no te preocupes, ¡no seas perfeccionista!

Dos preguntas finales: ¿cómo hacen los felices para ser tolerantes y fundamentalistas a la vez? Si son tan felices ¿por qué tienen que vivir pregonándolo en las redes sociales?

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