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Hechos pequeños y colosales

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Es interesante, y casi aterrador, comprobar el alcance y el efecto que pueden tener, en el curso de la humanidad, una serie de hechos simples y casuales.

Me refiero a sucesos accidentales y fortuitos, aleatorios y fruto del azar, que alteran la realidad de manera inesperada y a menudo irreversible. Esa es, con frecuencia, la frágil y alarmante condición que determina el destino de las personas. Y también el de las naciones.

Un humilde vendedor de frutas y verduras llamado Mohamed Bouazizi se niega a pagar un soborno y, desesperado por la pobreza y el maltrato de la policía, frustrado ante la imposibilidad de presentar una queja o un reclamo a las autoridades, se prende fuego y muere en una plaza de Túnez. Ese acto enciende una mecha de protestas y desata una revolución en los países árabes que alcanza a derrocar dictaduras.

Su caso no es el único. Otro similar, y también de efectos trascendentales, fue el de una señora modesta de piel morena ocurrido en la ciudad de Montgomery, Alabama, el 1° de diciembre de 1955. Como todos los días, luego de una extenuante jornada de trabajo, la mujer se dirigió a su casa. En la avenida Cleveland esperó el transporte público y, al cabo de unos minutos, se subió al autobús número 2857. En ese entonces la ley establecía que los negros tenían que cederles su puesto a los blancos para que éstos se pudieran acomodar en las sillas disponibles, y por eso en esa ocasión, debido a que no había más lugares vacantes para un grupo de personas blancas que se acababan de subir frente al teatro Empire, el conductor James F. Blake les ordenó a esta mujer y a otros tres que se movieran de sus puestos para brindarles sus sillas a los blancos. La señora siempre había obedecido las reglas y la normas, pero cuando sus compañeros se levantaron sin protestar, retrocediendo hacia la parte de atrás del bus, ella no se movió de su puesto. ¿Por qué no lo hizo? Quizá sintió, a sus 42 años, sobrevenir la primera fatiga de la madurez y estaba más cansada que de costumbre. Tal vez le dolía la espalda o los pies. O a lo mejor sintió, por primera vez en su vida, la copa de su tolerancia y resignación rebosar, hastiada del maltrato y de la humillación que el racismo de su tiempo imponía a diario, junto con la necesidad de defender su dignidad y su integridad, el deseo elemental de ser tratada como una ciudadana común y corriente, y no un ser inferior y de segunda categoría. O quizás en ese instante creyó reconocer al mismo conductor que, insólita coincidencia, la había obligado a bajarse del autobús, quince años antes, durante una noche de lluvias torrenciales. O simplemente no le dio la gana. El hecho es que la mujer no se levantó de su puesto. El conductor la trató de obligar. Es la ley, vociferó. Pero ella no se inmutó. El conductor amenazó con llamar a la policía. Aun así la mujer no se movió de su silla. Por fin la policía llegó y se la llevó a la fuerza y la encerró en la cárcel. Su nombre era Rosa Parks, y su pequeño y espontáneo acto de terquedad, desafío y heroísmo, resultado de una impredecible cadena de coincidencias y hechos casuales (estar allí a esa hora, subirse en ese bus), terminó por atizar el Movimiento por los Derechos Civiles en los Estados Unidos. Y sus repercusiones transformaron el mundo para siempre.

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