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Uruguay

Juan David Ochoa
27 de diciembre de 2013 – 06:00 p. m.

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Cuando la puja del modernismo volvía en estampida a desmembrar los paradigmas del prejuicio sobre una Europa que resguarda entre líneas los residuos de la discriminación, y el debate simple y básico del reconocimiento a los excluidos concluía en un aval timorato y casi vergonzante…

Cuando el dilema de la droga parecía despejarse después de un largo tiempo de dubitación, y la inclusión de la comunidad LGBTI en el código civil empezaba a ser real después de siglos de persecución,  en Suramérica, un país de 3 millones de habitantes, el más introvertido y silente del cono sur, sin pavoneo ni escándalo, sin dilaciones ni negativas estrambóticas, aprobó la inclusión, legalizó la marihuana, el matrimonio igualitario, y reveló las nuevas rutas de la tolerancia que sus países aledaños deberán recorrer con su lastre de dogmas hasta que el futuro y su presión los despierte de la prehistoria.

La revista The Economist elige por primera vez el país del año, y el elegido es Uruguay. Sorpresas no hubo. Desde el mismo año del posicionamiento de Mujica las cosas parecían anómalas, pero admirables; su sensatez y su franqueza rompían con las predisposiciones y los protocolos, alarmaba a los estultos tradicionales de politiquería y a la iglesia, siempre presente y hambrienta ante los plenipotenciarios. Uruguay parecía tener otra mirada del mundo y de los métodos para enfrentarlo. Lo que nadie creía posible era que esas soluciones podían ser inversas a las adoptadas en el continente y que fueran aplicadas en intervalos mínimos de tiempo.

El Parlamento, impulsado por los argumentos de Mujica, fue eficaz y certero en todo el margen de las discusiones. Frente al debate sobre la  legalización de la marihuana fue objetivo y simple; el único método eficaz para combatir el tráfico y el peligro de salubridad era el control estatal sobre el mismo. Era entregarle al gobierno el poder y el mando que acaparaban las mafias, y el resultado tendría que ser el esperado: la disminución de las bases económicas del crimen organizado y una decente calidad de salud a través de una supervisión oficial. Parece simple y básica la opción, parece obvia y común, por eso es inverosímil la actitud de los gobiernos que siguen aún concibiendo la beligerancia contra un fenómeno curtido en la violencia, por eso es extraño que intenten todos apostarle retóricamente a la paz sin entender la coyuntura y las bases de la guerra. Mujica lo responde sin la pirotecnia de la demagogia: «Estamos convencidos de que esta es una guerra desigual, que cada vez se gasta más plata. Solamente los presos por este asunto nos están costando encima de 30 millones de dólares (…) Nosotros tenemos más muertos por el narcotráfico que muertos por drogadicción. 80 muertos el año pasado por ajustes de cuentas, y tres o cuatro muertos por sobredosis de droga. Entonces, ¿qué es peor, la droga o el narcotráfico?.

Frente al reconocimiento del matrimonio igualitario los argumentos son tan básicos y simples como los expuestos. Por eso sigue siendo extraño que la iglesia, la institución que se jacta de propulsar el amor sobre los hombres, se niegue a aceptar la regla más superficial de la tolerancia.

No se equivoca The Economist en su elección. Uruguay, país laico en papel y en acción, abierto y disponible a decisiones drásticas y humanas,  avanza sin rodeos al cenit del progreso.

@juandavidochoa1

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