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Desde las tablas y las butacas

14 de noviembre de 2022 – 12:00 a. m.

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El teatro interpreta y transforma la realidad dentro de una obra donde el drama humano no se detiene en ningún momento. En Colombia, la cultura de violencia que cercena nuestra sociedad se ha convertido en una fuente de creación para la dramaturgia contemporánea. Desde la creación del teatro La Candelaria, en 1966, bajo la dirección del maestro Santiago García, hasta las obras más recientes, el teatro se pasea como perro por su casa por los recovecos de la sociedad, montando en escena sus propias crisis y conflictos.

Pareciera ser que, en nuestro país, al teatro le queda como si fuesen sus propios zapatos la definición de tragedia que hace mucho tiempo dio Aristóteles: “Una mímesis, una copia, un espejo acusatorio de nuestra realidad”. Sin embargo, es eso, pero es mucho más que eso. Si el teatro se quedara en la mera representación de los acontecimientos que se desarrollan en el pedazo de tierra que compartimos, carecería de su talente artístico, de su fuerza para mantener latiendo el corazón de la vida, y pasaría a ser ese compañero azaroso que todos hemos tenido, que acusa y juzga sin proponer soluciones a los numerosos problemas que señala con su dedo.

Brecht decía que no habría nada mejor para el teatro que encontrar un público como el que asiste a los partidos de fútbol, en la medida en que el espectador paga su boleta sabiendo justo lo que va a pasar, pero sin saber el cómo, y en el cómo están las respuestas. Esta es la gran pregunta: ¿cómo poetizar el horror que han sufrido las víctimas? ¿Cómo hacer una obra de arte del espanto de una madre que busca a su hijo desaparecido? ¿Cómo hacerlo sin revictimizar? ¿Cómo hacerlo sin hacer una inflación de nuestra propia catástrofe como lo hacen a diario los medios de comunicación, que por más deplorable que sea la noticia ya no causa nada?

En Colombia se nos volvió costumbre almorzar mientras en la televisión desfilan las noticias de nuestra hecatombe cotidiana. Pero el teatro es el lugar propicio para contar de otro modo lo que nos han contado y nos siguen contando. La tensión del drama que sucede en escena no solo es bella, sino también profunda. El teatro trabaja sobre lo no dicho o sobre lo que queda aún por decir. Que hubo millones de desplazados en medio del conflicto lo sabemos tanto que se nos olvidó, como alguna vez se nos han olvidado las respuestas del examen después de haber estudiado toda la noche. El teatro cuestiona e indaga los hechos y desde las tablas y las butacas se pregunta: ¿qué hay en la condición humana que hace que existan los desastres de la guerra?

Es por eso que quienes nos dedicamos a este arte esperamos que con la llegada de Patricia Ariza al Ministerio de Cultura se mejoren las condiciones para hacer teatro, ya que si se hace buen teatro se formará un público crítico y reflexivo, y esto será ganancia para la construcción de paz y la reparación simbólica a las víctimas, con la esperanza de encontrar en el teatro la pasión del público deportivo que propone Brecht. Pero esto solo se logrará si hay inversión en él, al igual que hay financiación para los eventos deportivos o para la guerra. Sería un aporte gigante para la sociedad que se empiece a hablar de un excombatiente como Sebastián, de la obra El Monte Calvo, de Jairo Aníbal Niño, con el mismo dolor que todavía se habla sobre el gol que le robaron a Yepes.

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