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Mucho antes de jugar 800 partidos como profesional, Carlos Bacca vivió su infancia entre el sol ardiente de Puerto Colombia y las polvorientas canchas del Atlántico. Soñaba con el balón y llegar a vestir la camiseta del Junior. Hijo de Eloísa y Gilberto, el pequeño pasaba sus tardes en la cancha Santander, jugando con la camiseta del Tiburón y construyendo sus castillos en el aire: el anhelo de ser futbolista. El problema es que la pasión no bastaba: a los 18 años, frustrado por la falta de oportunidades, estuvo a punto de abandonar el fútbol. Se ganaba la vida cobrando pasajes en un bus intermunicipal, mientras su ilusión parecía desvanecerse. Entonces llegó la llamada: Junior hacía pruebas y Carlos no lo dudó. Se presentó, brilló y en su primer torneo anotó 48 goles.
El debut de Bacca con Junior, después de un breve periplo por la B y también por Venezuela, fue una mezcla de incredulidad y redención. Fue en un partido contra Pasto. En las tribunas sus padres vivieron cada instante con el corazón en un puño. “La gente decía: ‘¿Quién es ese Bacca? Ese no es la solución’”, recordó Gilberto Bacca en una entrevista con este diario. Pero el destino, que alguna vez le negó oportunidades, ahora le sonreía. Entró en el segundo tiempo y con dos goles calló a los incrédulos. Desde ahí, el camino fue en ascenso, desde Barranquilla hasta Europa, de la duda a la gloria.
Esta semana, con 800 partidos oficiales en su carrera, alcanzó un hito reservado a muy pocos. Sus cifras confirman su grandeza. Es el cuarto máximo goleador colombiano de la historia, con 341 goles y un promedio de 0,43 por partido. En Junior, su casa, lleva 129 anotaciones. Es el equipo en el que más venció la red, seguido de los 49 que marcó en Sevilla y los 34 en AC Milan. Ese es su top-3. En Colombia, solo tres lo superan: Falcao García, Dayro Moreno y Víctor Hugo Aristizábal.
Bacca, a sus 38 años, sigue siendo protagonista en la carrera de los grandes artilleros colombianos. Falcao, con la 9 en Millonarios, y Dayro, con la cinta de capitán en Once Caldas, comparten con él el privilegio de ser líderes en sus clubes. “Amo lo que hago. 800 son muchísimos partidos, pero como amo esto, me levanto con la ilusión del primer día. El día que pierda esa motivación, tendré que dar un paso al costado”, confesó Bacca hace poco. Su mentalidad sigue intacta, su instinto goleador no ha perdido filo.
El día que cumplió 800 partidos, ni él mismo lo tenía presente. “El día antes del partido me di cuenta. Alfredo, el fotógrafo del club, me comentó que tenía una foto preparada y todo. Me llené de alegría y felicidad. Mi primer partido profesional fue en la Primera B con Barranquilla, en el Atanasio Girardot. Jugamos contra Bello, fue preliminar de Nacional-Santa Fe. Ganamos 2-1 y logré meter un gol”. Desde aquel día, todo fue sumar batallas, goles y recuerdos imborrables.
Nadie, ni siquiera él, habría apostado que aquel niño de Puerto Colombia llegaría a Europa; jugaría en Milán, con uno de los equipos más grandes de la historia; sería héroe en Sevilla y bien recordado en Villarreal; jugaría en Brujas, tras ser ídolo en el Junior de su alma. Que cuando un día pensó en tirar la toalla, pues creía que no podría jugar ni un partido, terminaría jugando 800. ¿Podrán ser 1.000? Solo Bacca lo sabe, el Tiburón de las 800 batallas.
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