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Balance 2013

Eduardo Sarmiento
21 de diciembre de 2013 – 06:05 p. m.

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Los resultados de 2013 fueron inferiores a las previsiones oficiales divulgadas al principio del año. El producto nacional creció menos que el año anterior y muy por debajo de las metas del plan de desarrollo. En la actualidad, el descenso de la inflación y los modestos ajustes salariales revelan serias presiones contractivas.

Hasta mediados del año anterior, la economía evolucionaba dentro de una burbuja de revaluación y disparo del crédito para sostener un proceso en que la inversión crecía más que el producto y éste que los ingresos laborales. Como advertí en varias ocasiones, el proceso no era sostenible. En efecto, el cambio de las condiciones externas y las acciones para detener la revaluación y moderar el crédito desinflaron la burbuja, provocando la caída de la actividad productiva y, en mayor grado, de la industria.

La inestabilidad se refleja en la composición sectorial. La minería, que ha sido la principal fuente de expansión, revela síntomas de agotamiento. En este año el desempeño fue inferior al del año anterior y en el próximo será peor La mayoría de las actividades industriales llevan más de un año en recesión, la agricultura se mantiene en pie con cuantiosos subsidios presupuestales y en ambos sectores las exportaciones se extinguen asediadas por los precios internacionales. La inversión en infraestructura tiene un impacto sobre el producto por una sola vez y genera poco empleo; su efecto sobre los costos y la productividad se da en períodos largos. Así las cosas, el liderazgo de la economía corre por cuenta de sectores como el café y las obras civiles, que se caracterizan por los crecimientos esporádicos y la escasa capacidad de arrastre. La productividad ponderada del trabajo y el capital crece cerca de cero; la modesta elevación de los ingresos se explica por el abaratamiento de las importaciones y se queda en su mayor parte en el capital.

El aspecto más crítico es el social. La pobreza ha venido descendiendo, pero la posición relativa de los pobres no mejora. Los ingresos de los grupos laborales, medidos por el aumento de los salarios más el incremento del empleo, crecen a la mitad del producto nacional, ajustado por la capacidad de compra. No obstante los estímulos fiscales para la formalización y el primer empleo, los índices de informalidad se mantienen en niveles de más de 60%. Para completar, no se ha avanzado en una normatividad que racionalice los derechos de la salud y la educación. Los abusos y los retiros de las EPS dejaron al sector sin medios para suministrarle el servicio especializado a toda la población. Los recursos asignados a la educación no garantizan la calidad de la primaria y secundaria, ni la cobertura de la educación superior.

El origen de los trastornos de la economía se encuentra en el sector externo. El libre mercado por conducto de la inversión extranjera y las consecuentes revaluaciones, el desmonte arancelario y los TLC crearon un marco perverso de estímulos. Los ingresos laborales crecen por debajo de su contribución a la producción, a tiempo que la mayoría de los precios industriales y agrícolas superan los internacionales. El balance es insatisfactorio. La economía opera con una deficiencia de demanda efectiva, ocasionada por la represión salarial y el bloqueo de la industria y la agricultura, que interfiere con la producción y el empleo formal y deteriora la distribución del ingreso.

Los esfuerzos de las autoridades económicas se orientan a subsidiar los sectores afectados por los más variados procedimientos, como cupos de importaciones, alza de aranceles, salvaguardias a los TLC y apropiaciones presupuestales para cubrir parte de los costos. Si bien estas actitudes significan el reconocimiento del fracaso de la apertura comercial, no constituyen soluciones de fondo. No se vislumbra una voluntad para modificar el régimen cambiario, conformar una estructura arancelaria que concilie el mercado interno y el externo y renegociar los TLC.

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