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Un amigo chileno me pregunta qué me parece el nuevo premio cervantes (sí, con minúsculas), y le contesto que ni fu ni fa porque para mí es una farsa y no le concedo la más mínima atención.
Y digo que es una farsa porque lo rigen la ley del embudo y la del más fuerte, también conocida como ley de la sartén por el mango. Que benefician a los españoles, quienes lo reciben una vez cada dos años, cuando de acuerdo a la densidad del gremio literario debería ser una vez cada cinco. O seis.
Hagamos números, para que se vea claro en qué consiste la farsa. Desde 1976 hasta acá, el premio se ha concedido 39 veces en total, de las cuales en 20 ocasiones a autores españoles distribuidos así: 8x Castilla, 5x Andalucía, 2x Galicia, 2x Cantabria, 2x Cataluña, 1x Asturias. O sea, ningún valenciano (y ya se les murió Tomás Segovia), ningún aragonés (ídem Ramón J. Sender), ningún vasco (ídem Blas de Otero), ningún navarro, ningún mallorquín, ningún canario, ningún murciano, ningún extremeño. Ni con sus compatriotas saben comportarse de manera equitativa.
Frente a ellos, 19 latinoamericanos, de los cuales cinco son mexicanos, cuatro argentinos, tres cubanos, tres chilenos, un uruguayo, un paraguayo, un peruano y un colombiano, Álvaro Mutis. Es decir, ni un solo centroamericano, ni un solo venezolano, ni un solo ecuatoriano, ni un solo boliviano, ni un solo caribe no cubano, ¡¡ni un solo estadounidense hispanoescribiente, a pesar de lo mucho que se pavonean en España con que su idioma es el segundo más hablado en los USA!! Y para más inri, por si todo ello fuera poco, en 1979 el inconcebible traspiés de otorgárselo a Borges ¡¡ex aequo con un poeta español, por muy Gerardo Diego que fuese!!
Y la lista de latinoamericanos muertos sin recibirlo es de lujo: Juan Rulfo, Juan García Ponce y Juan José Arreola en México, Augusto Monterroso en Guatemala, José Coronel Urtecho y Pablo Antonio Cuadra en Nicaragua, Manuel Mejía Vallejo y Germán Espinosa en Colombia, Juan Sánchez Peláez y Eugenio Montejo en Venezuela, Jorge Eielson y Antonio Cisneros en el Perú, José Donoso en Chile, Julio Cortázar, Juan José Saer y Roberto Fontanarrosa en Argentina, Mario Benedetti en el Uruguay, y suma y sigue.
En resumen, pues, yo al menos lo tengo bastante claro. Los autores latinoamericanos deberían negarse a recibir ese premio a partir del 2015, que les vuelve a “tocar” la limosna, hasta que no se deroguen las leyes del embudo y del más fuerte (es decir, la del sartén por el mango). Esa sería la única manera de que el premio cervantes (sí, con minúsculas) adquiriese la importancia que ahora sólo tiene para los españoles, y porque ellos se la quieren dar. Aunque no todos, como demuestra esta columna.