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Colombia, de la anormalidad a la normalidad

Aldo Civico
17 de diciembre de 2013 – 06:00 p. m.

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El presidente Santos ha reiterado varias veces que Colombia se está acercando cada vez más a ser un país normal, un país en paz. Sus palabras expresan una realidad y una esperanza, pero pueden ser una ilusión, si el país no supera algunas anomalías.

Para poder ser un país normal, Colombia tiene que resolver la anomalía de tener un procurador que con un golpe de bolígrafo hace limpieza de funcionarios elegidos por voto popular e impone sanciones desproporcionadas. El caso de Petro fue el último y quizás el más llamativo junto a los de Piedad Córdoba y Alonso Salazar. Pero en los últimos 10 años hubo otras 790 destituciones de funcionarios elegidos democráticamente. No resolver esta anomalía es frustrar la soberanía de los ciudadanos.

Para poder ser un país normal, Colombia tiene que resolver la anomalía de una justicia que todavía tolera la impunidad. Un ejemplo es el proceso que involucra al policía responsable de la muerte del joven grafitero Diego Felipe Becerra. Durante el último año hubo ocho aplazamientos de audiencia porque el abogado del policía que mató a quemarropa al joven nunca se presentó, sin padecer consecuencia disciplinaria alguna. Esa es una justicia fuerte con los débiles y débil con los fuertes.

Para poder ser un país normal, Colombia tiene que resolver la anomalía de ser uno de los países con peor educación en el mundo, y, junto a Honduras, de ser uno de los países con los índices más altos de desigualdad, a pesar de los buenos índices macroeconómicos. Y el listado de anomalías podría seguir, incluyendo la violencia contra sindicalistas, líderes de restitución de tierras, etc.

Para resolver estas anomalías no es suficiente indignarse. Ni los discursos populistas transforman al país. Colombia está a las puertas de la paz, pero el riesgo es que se quede en el umbral, sin dar el paso definitivo. La indignación tiene que transformarse en proyecto y opción política.

Para dar este paso, Colombia necesita liderazgo. La muerte de Mandela nos recordó que líderes sabios son esenciales para construir un país del cual todos quieren ser parte. Ese liderazgo no coincide con el caudillismo sino con la capacidad de romper patrones, de no dejarse amarrar por el pasado, de imaginar y crear un futuro distinto.

Con pocas excepciones, no encuentro este liderazgo entre los líderes visibles que el país tiene hoy. Pero sí encuentro este potencial en las mujeres y jóvenes que a diario, en condiciones complejas y difíciles, hacen un trabajo eficaz y comprometido con sus comunidades. Lo veo en jóvenes empresarios abiertos a la innovación, en jóvenes funcionarios públicos entregados con sinceridad a construir un país normal y en paz, y en líderes de la sociedad civil y empresarios sociales que piensan y actúan con planteamientos nuevos. Es un liderazgo que es en gran parte invisible, pero que existe y actúa. Si Colombia es capaz de dar visibilidad, espacio y protagonismo a estos liderazgos, un país normal y en paz no va a ser una ilusión, sino una esperanza que será realidad.

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