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Las decisiones animadas por la venganza y tomadas en ejercicio de un poder sin control, son señales claras de negación de la democracia. Quien las toma produce daño inmediato a sus víctimas, pero corre el riesgo de abrir, o aumentar, la cuenta de las causas de su propia desgracia.
Los dictadores suelen con frecuencia dar muestras de su poder con la toma de decisiones que desbordan no solo las reglas ordinarias, que para ellos son lo de menos, sino que contrarían principios de justicia y equidad, cuya omisión es precisamente lo que permite caracterizarlos como tiranos. Entrados en la carrera de la arbitrariedad, pronto quedan atrapados en su propio juego, hasta que completan el cupo suficiente de enemigos que harán todo esfuerzo por derrocarlos. Si siguen vivos, claro está.
Kim Jong Un, presidente hereditario de Corea del Norte, decidió deshacerse de su propio tío, Chang Song Taek, de manera fulminante. Se las arregló para condenarlo a muerte cuanto antes, haciéndolo a un lado y demostrando, de paso, que puede tomar las decisiones más duras. De manera que todo el mundo quede advertido de sus posibilidades de acción, y de retaliación, en ejercicio del poder, así como de la contundencia con la que puede obrar.
El “formato” de la operación, al sacar a la víctima por la fuerza de una reunión del Politburó, para hacer lo más ostensible que se pudiera su caída en desgracia, reeditó por primera vez en muchos años los modales políticos de la época fundacional del Estado de los Kim y seguramente tuvo por objeto no solamente la humillación del sancionado sino la advertencia general del poder que está dispuesto a ejercer el impetuoso gobernante, lleno de las inseguridades y el fanatismo de quien se estrena, y se embriaga fácilmente, en el ejercicio del poder.
Como suele suceder en estos casos, las razones alegadas por Jong Un para decretar la muerte de su propio tío no podían ser más vagas y peregrinas. Típico ejemplo de cuando se quiere perjudicar a alguien y se acomodan las consideraciones para presentar en público, con cualquier pretexto, las conclusiones a las que de antemano se quería llegar.
Si bien en la lista aparecieron la corrupción, el mal manejo financiero y un estilo de vida calificado como “capitalista decadente”, insulto que puede ser cierto, la razón de fondo de la purga no podía ser otra que el peso creciente del personaje, o la amenaza implícita del avance de Chang hacia el mando. Algo que para un gobernante que se encontró el poder en la cuna seguramente constituía la peor de las desazones.
Por ahora resulta difícil establecer las proporciones del mal que al presidente le estaba causando su aparente competidor. Pero también será difícil establecer de inmediato el efecto que su descabezamiento pueda traer para el jefe, porque no obstante la brutalidad de las admoniciones, la decisión que tomó va marcando puntos en su contra. Después de todo el tío Chang no andaba solo, y la banda de sus amigos, aunque sumida en el miedo, no olvidará el incidente y trabajará, tal vez con paciencia oriental, en el ejercicio de la retaliación.
En el seno de regímenes marcados por la autocracia, y en medio del culto temeroso al supuesto gran señor, son muchos los que conocen intimidades del régimen. Y esta será siempre una fuente de debilidad para el tirano, que al mismo tiempo puede ser la simiente de su destrucción. Ese es apenas uno de los riesgos del ejercicio de la venganza, y de una justicia acomodaticia, desde el poder.