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Los que nacen en el campo parecen tener una especie de relación inquebrantable con la montaña, con la naturaleza que parece no acoger a todos, y que solo a quienes conviven en ella les otorga los secretos y misterios para sobrevivir en medio de los peregrinajes y las aventuras.
Miguel Induráin creció en el campo, en una familia de agricultores. Al igual que los escarabajos colombianos que hoy por hoy nos ubican como una potencia del ciclismo, al español nacido en Villava, lo que lo acercó al pedal y a las bielas fue vivir lejos de la ciudad, en un área rural donde la bicicleta era el medio de transporte que acortaba las distancias y también las angustias.
Siempre le gustaron los deportes, pero el ciclismo fue su afición y su gloria. La bicicleta no solo era la extensión de su cuerpo y el símbolo de su cotidianeidad, también fue su diversión y su sentido. En 1975 ganó su primera carrera. Fue en Elizondo, una de las localidades de Navarra. Al año siguiente ya hacía parte del Club Ciclista Villavés. Esa fue su segunda cuna. A los 17 años ya hacía parte de la categoría juvenil.
El Club Ciclista Villavés fue el barco que lo llevó a buen puerto. Pepe Barruso, que era el director de la escuadra, lo acercó al ciclismo profesional por medio del equipo navarro Reynolds. José Echávarri y Eusebio Unzué, este último actual director del Movistar Team, prestaron atención a las habilidades de Induráin. Estuvo entre 1981 y 1984 en el ciclismo amateur. Su primer año fue un largo otoño, en el segundo volvió la primavera. Fueron 19 victorias en el deporte aficionado. Un número que ya anticipaba la leyenda que escribiría.
Su primera victoria como profesional fue justamente en la contrarreloj del Tour de L’avenir de 1984. Al año siguiente debutó en la Vuelta a España con cuatro etapas como líder de la carrera. Su perfil hizo pensar que sería un especialista para los embalajes y para las clásicas del ciclismo, pero dos años de nuevos, y nuevamente en el Tour de L’avenir, el español ganó otra crono resistiendo esta vez en la montaña. Por su biotipo los médicos de la Universidad de Ferrara le entregaron a los directores del equipo un estudio donde se demostró que Induráin tenía el potencial para ir por algo más que las etapas planas. Era un deportista integral. Capaz de adaptarse a todos los terrenos y rivales. Una especie de ciclista que poco se ve en el actualidad.
Finalmente el español se sometió a un entrenamiento mucho más riguroso y a una dieta que lo permitiera adelgazar para obtener un mayor rendimiento en la montaña. Ya en varias oportunidades había intentado finalizar un Tour de Francia. Solamente terminar la carrera más importante del ciclismo supone un logro importante en la carrera de un ciclista. A sus 22 años logró terminar su primer tour.
Hay un momento de inmensa oscuridad antes del amanecer. En 1988 Induráin tuvo varios problemas físicos que le impidieron seguir mejorando su desempeño. Varias derrotas y recaídas frenaron la añoranza de una promesa del ciclismo español. El vértigo y la duda producen tedio, pero del tedio y la incomodidad surge entonces la obligación de buscar la salida. Así fue que el navarro logró disipar los cuestionamientos y los temores ganando la Volta a Cataluña al finalizar el año. Un sacudón que le devolvió la confianza y la convicción. Al empezar la década de los noventas ya había recuperado su nivel. Victorias en la París-Niza susurraron lo que se vendría en el próximo lustro en Francia.
Entre 1991 y 1995 el maillot amarillo del Tour de Francia le perteneció. Entre 1992 y 1993 también se adueñó de la Maglia Rosa del Giro de Italia. Fue una primavera de cinco años. Fue una época de prosperidad y hegemonía. Un nuevo rey de España conquistaba Europa. El primer manifiesto de esos cinco años se presentó en la etapa 12 del Tour de Francia 1991. Pedro Delgado era el jefe de filas del Banesto, mismo equipo de Induráin. Fueron cinco puertos de montaña: Pourtalet, Aubisque, Tourmalte, Aspin y Val Louron. En el descenso del Tourmalet se escapó del grupo principal. Junto a él estuvieron Greg Lemond, Laurent Fignon, Claudio Chiapucci y Luc Leblanc. Lo cierto es que fue por poco tiempo. Un sprint de más de 2.000 metros dejó sin opciones a los demás. Nadie se esperaba el ataque del joven navarro que días después ganaría su primer Tour de Francia. La revelación de un mito había empezado.
Uno de los recuerdos anclados a la memoria del ciclismo y a la historia del Tour de Francia fue la contrarreloj de Périgueux-Bergerac en el 94. Induráin siempre ha dicho que prefiere el calor. En invierno nunca entrena. Y quizá por eso no sufrió en la jornada de aquel 11 de julio. El termómetro marcaba 40 grados de temperatura. El español logró un promedio de 50 km/h en los 64 kilómetros de recorrido. El rival que más cerca estaba era Toni Rominger, y ese día le sacó 2:00 minutos. Esa crono, más el Récor de la hora que obtuvo el 2 de septiembre del mismo año en el velódromo de Burdeos al completar 53,4 kilómetros en 60 minutos son gestas que se alzan como los mismos Pirineos o los mismos Alpes en medio de la leyenda y el rótulo de “pentacampeón” del Tour de Francia.