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Capítulo 13: “Así desenterramos a Roberto”
A finales de la primera década del 2000, el secuestro en Colombia había dado un vuelco total, la tendencia a la baja era importante. Mientras que para los años 2001 a 2003 se presentaban más de tres mil plagios en un año, para 2009 la cifra descendió aproximadamente a ochenta secuestrados en el mismo periodo. Rara vez se producía un plagio en las ciudades importantes y los grupos delictivos al servicio de las Farc fueron desmantelados y estaban en prisión. Una de las bandas delictivas tristemente célebres fue la de «Los Calvos», integrada por bandidos y por expolicías, quienes llevaron muchos secuestrados a los frentes de las Farc que azotaron el departamento de Cundinamarca y la capital del país. No podíamos permitir que resurgieran estas bandas y, mucho menos, después de que desde 2003, mediante la Operación Libertad, las fuerzas militares venían consolidando la paz en el territorio y habían logrado dar de baja a cabecillas de importancia como alias “Marco Aurelio Buendía”, “Giovanny”, “Manguera”, “JJ” y “Rumba”, entre otros, desplazando casi de manera total la guerrilla de las Farc que se movía por la cordillera Oriental, cerca de Bogotá.
Esta opinión no era compartida por algunas ONG y organizaciones que agrupaban causas antisecuestro. No lo aceptaban, ya que, aún presentaban cifras cercanas a los veinticuatro mil secuestrados de quienes todavía no se establecía su paradero y supuestamente aún no recobraban su libertad. El debate sobre las cifras de víctimas de secuestro nunca se concluyó. Al no estar consolidadas en un solo ente, se presentaban multiplicidad de errores en la calidad de los datos. Los denunciantes aparecían como secuestrados; se contabilizaron casos repetidos o extorsiones que, erróneamente, fueron incluidas como secuestros. La confiabilidad de las cifras fue afectada, además, por incluir como denuncias por secuestro las familiares en los casos en que alguno de los padres se llevaba a su hijo sin autorización del otro progenitor, así como también cuando algún adolescente se iba de su hogar por voluntad propia, incluso de paseo el fin de semana a veraneaderos de tradición, pero su regreso no se informaba, y así seguían engrosando el alto número de plagios. El ‘Programa para la defensa de la libertad personal’, creado en 1996, que después vino a llamarse Fondelibertad, tenía como fin apoyar con recursos a las entidades que participaban en esa labor antisecuestro y que entre sus funciones estaba consolidar y depurar el número de casos de secuestrados. Nunca logró este cometido.
Un capítulo sobre el análisis de estas cifras bien valdría la pena, sin embargo, son muchos los documentos que se han escrito sobre este tema sin llegar a una posición unificada. (Secuestro de diputados del Valle, consecuencia de omisiones de la Policía: Consejo de Estado)
Entrando ya en esta narración, en diciembre de 2008, en un barrio de nivel medio de Bogotá, se produjo el secuestro de un joven de aproximadamente veintiocho años, hijo de un campesino residente en sector rural de un municipio cundinamarqués cercano a Girardot, quien no tenía un mayor capital económico; hecho extraño y poco publicitado. Las opciones de vida y libertad para el plagiado no estaban claras. Desde el primer momento el caso fue manejado con un bajo perfil, por la familia y por los investigadores. El Gaula de la Policía Nacional de Bogotá asumió la investigación, que poco avanzaba. Era época decembrina y eso afectaba la dinámica propia de los despachos estatales.
Como ya he mencionado, la oficina antisecuestro del DAS estaba ubicada en el barrio La Soledad de Bogotá, en un edificio pequeño de cuatro niveles, sin avisos ni fachadas llamativas; era muy discreta y presentaba poco movimiento. Inicialmente los residentes del sector no veían con buenos ojos nuestra presencia allí, ya que podía generar un riesgo, sin embargo, al poco tiempo ya hacíamos parte de la comunidad y éramos bastante apreciados. Hasta allá acudió un compañero detective que no pertenecía al grupo antisecuestro, a quien llamaremos Avilez. Lo atendí y me manifestó que tenía conocimiento de que un comerciante joven había sido secuestrado en Bogotá por una célula urbana subversiva y por cuya libertad estaban pidiendo mil quinientos millones de pesos. En realidad, la información inicial aportada por el compañero resultaba insuficiente. Buscamos en nuestros registros sin hallar ninguna mención del hecho ni denuncias en Fiscalía. Avilez me manifestó que este caso lo había planteado ocho días atrás a otros miembros del Gaula, pero no le dieron importancia debido a la complejidad de la situación pues se desconocía por completo la suerte del secuestrado. A pesar de estar ya en fin de año no era posible interrumpir la investigación, tal como escribió alguien en el árbol de Navidad: «En esta Navidad seguimos trabajando para que los secuestrados regresen a sus hogares»… ¡Y eso tenía que aplicarse!
Le pedí a un detective antisecuestro que manejara el caso y coordinara, en todo momento, con el agente Avilez de Paloquemao. A los pocos días me comunicaron de un informante que ratificaba el secuestro y había entregado dos números celulares a través de los cuales estaba manejándose la negociación. Yo no tuve contacto directo con la fuente, siempre era a través de Avilez. De todas maneras, lo instruí para buscar algún acuerdo económico con el informante sobre un apoyo si se obtenían resultados positivos. Como siempre, las instrucciones debían ser claras y precisas, tenía que conseguirnos información sobre la ubicación de alguno de los secuestradores, autoría o incluso la ubicación del secuestrado.
Con los números celulares aportados, a través de colaboradores que manteníamos en las empresas de telefonía celular, conseguimos los listados de comunicaciones, así como los datos de quienes figuraban como titulares de las líneas. Aquí era muy poco lo que teníamos para trabajar en relación con los datos biográficos de los supuestos usuarios. Si los empleaban en actividades ilegales tan graves como un secuestro, no iban a utilizar información verdadera. Sin embargo, con las listas de llamadas se efectuaban cruces y análisis, por medio de un aplicativo denominado Penk Link, que permitía deducir con cuáles celulares se comunicaba más, en qué horarios, el sector donde pernoctaban las personas que los portaban y cuáles celdas o torres de comunicación utilizaban al momento de las llamadas. Determinamos que uno de los celulares correspondía al padre de la víctima; la señal tenía origen en Agua de Dios, Cundinamarca, donde él residía; muy pocas veces subía a Bogotá. Para impulsar la investigación se ordenó que dos detectives viajaran hasta el pueblo para ubicar a la familia de la víctima. Allí lograron hablar con el padre y corroboraron que no era la persona acaudalada que pensaban los secuestradores, y lo poco que podía llegar a ofrecer por la libertad de su hijo era el dinero que le dieran por unas veinte vacas de su propiedad. Cada día nos convencíamos más de que la inteligencia de los bandidos para escoger la víctima había fallado… y esto era un error. Se le ofreció toda la colaboración al señor, quien confirmó la identidad del joven plagiado. Su nombre era Roberto, era el mayor de sus tres hijos y tiempo atrás viajó a Bogotá para buscar mejorar sus ingresos. Indicó haber recibido llamadas extorsivas de unos sujetos que decían ser de un grupo de brigadas rojas; pedían mil quinientos millones de pesos por la libertad de su hijo, cifra que nunca podría pagar. A partir de ahí se organizaron horarios para recibir las llamadas de los plagiarios; orientamos al padre para que pidiera hablar con su hijo, como una prueba de supervivencia. (La versión de las Farc sobre el secuestro)
Entramos a analizar la otra línea celular que nos había aportado la fuente humana. De ahí se sacaron nuevos números telefónicos. Las comunicaciones eran pocas; el celular se movía en los barrios de Bosa, Patio Bonito y sector de Kennedy, sobre la avenida Primero de Mayo. Ocasionalmente en el equipo celular utilizaban otra sim card, eso lo determinamos técnicamente y este error podía marcar la caída de los secuestradores.
Era necesario interceptar los celulares para poder avanzar. Los detectives asignados solicitaron a la Fiscalía la interceptación de las llamadas que se produjeran en tres celulares, con el fin de obtener mayores datos sobre los autores. Al escuchar las comunicaciones se estableció que eran integrantes del ELN, Frente de Guerra Oriental, que seguía indicaciones del sujeto alias “Pablito”. En las conversaciones hablaban de compra de víveres y medicinas además de la atención de tres guerrilleros heridos, recuperándose en algún lugar de la capital. Nunca se referían al secuestro y por esto presumíamos que estaban haciendo esta «vuelta» para obtener recursos propios. Los secuestradores no habían demostrado mayor capacidad, pero se veían como un grupo disciplinado, de bajo perfil, que buscaba financiación sin llamar la atención.
Las comunicaciones extorsivas continuaron y cada vez que se esperaba una nueva llamada un detective viajaba hasta el pueblo para encontrarse con el padre de la víctima con el fin de orientarlo sobre la forma de negociar, de tal manera que nos permitiera ganar tiempo y encauzar mejor la indagación. No obstante, en las charlas sostenidas aún se negaban a pasar al secuestrado al teléfono y pidieron que en la próxima comunicación tuvieran unas preguntas para que el plagiado las respondiera y así demostrar que estaba bien y que eran ellos quienes lo tenían cautivo. Siempre argumentaron ser integrantes de un grupo de brigadas rojas, pero no decían cuál grupo subversivo de mayor nivel los patrocinaba. Sobre estas brigadas no teníamos mucha información en los archivos de inteligencia.
El tiempo iba pasando y por eso pedimos a la fuente involucrarse más con el grupo secuestrador, para que aportara datos complementarios. El informante aceptó trabajar para nosotros y en el momento en el que lograra obtener algún resultado recibiría una recompensa. Como siempre, le entregamos algún dinero para recargar con minutos su celular y para invitar al bandido a quien conocía a tomar alguna cerveza para sacarle más información. Inicialmente solo nos aportó datos y fragmentos de conversaciones informales que sostenía con uno de los sujetos que integraba el grupo de secuestradores, encargado de la logística para mantenerlos aprovisionados de los elementos requeridos. Esta función paulatinamente se la fueron dejando a la fuente, quien pasó a hacerles los mandados; su amigo fue encargado de labores más afines al secuestro.
Teníamos avances que, aunque positivos, no conducían de manera clara al paradero del secuestrado. Pasaron las festividades del 24 y el 31 de diciembre sin que el plagiado recobrara su libertad. En enero de 2009 teníamos que resolver el caso. (Así fue el secuestro de los tres contratistas estadounidenses, según las Farc)
La investigación continuó entre lo que escuchábamos en líneas interceptadas, los rastreos a las comunicaciones extorsivas y lo que manifestaba la fuente humana. Al triangular las comunicaciones celulares, continuaban marcando una ubicación cercana a la avenida Ciudad de Cali, sector Patio Bonito. Similar información aportaba el informante, quien indicaba que su amigo secuestrador le ponía citas en el barrio Kennedy, Ciudad Roma y en un almacén de cadena del sector. En los encuentros le traía una lista de encargos para que le comprara, le daba dinero y le decía dónde entregarlos. Varios de estos encuentros fueron cubiertos por agentes del Gaula, sin actuar en contra del intermediario secuestrador, ya que no estábamos seguros de si conocía el lugar de cautiverio.
Los encuentros de la fuente con el contacto se mantenían; en algunas ocasiones él iba hasta una tienda, en un sitio cercano a la avenida Ciudad de Cali, para hablar con el amigo y entregarle los encargos que le hacían. Luego el informante lo acompañaba hasta una esquina donde lo dejaba y… después se perdía. Ya teníamos un indicio del lugar donde se encontraba el contacto y por esto alquilamos un apartamento en una casa de familia, que casualmente estaban arrendando. Era un segundo piso, con vista a la calle y desde allí montamos vigilancia las veinticuatro horas del día. Los costos los asumíamos con la partida de gastos reservados que mensualmente el DAS nos entregaba para los pagos misionales que se presentaran.
Al apartamento arrendado mandamos a dos mujeres y a un hombre, quienes se hacían pasar como una pareja y su cuñada, que recientemente habían llegado a trabajar a la ciudad. El trasteo que se ingresó fue muy poco, dos colchones que nos facilitó el ejército, dos camas metálicas y otros elementos menores. Tenían equipos de comunicación, equipos de rastreo celular y también cámaras para filmar. En esa calle había varios establecimientos comerciales y vivía mucha gente. Correspondía a un estrato dos, dedicado a una economía mixta de locales comerciales, empleados y comercio informal. Los locales abiertos al público eran una procesadora de plásticos, algunas tiendas de víveres y bebidas, cafeterías y una bodega donde funcionaba una carpintería. Sobre esta carpintería se concentró la vigilancia, ya que la fuente indicó que le parecía que el amigo secuestrador ingresaba allí, pero no sabía si a mandar hacer algún tipo de trabajo o si tenía amigos o conocidos en el lugar y que él no lo seguiría más porque si lo detectaba corría riesgo su vida.
Los métodos para establecer el sitio preciso donde podían estar los secuestradores eran diversos. Utilizando diferentes fachadas se llegó hasta la carpintería para efectuar una revisión de las instalaciones eléctricas. Para ello adecuamos una camioneta de platón, le colocamos avisos imantados; pedimos al DAS un técnico electricista para que nos acompañara y efectuar esa visita; así se hizo. Tres detectives, entre ellos el eléctrico, recorrieron gran parte de la bodega y fueron atendidos por un señor de aproximadamente sesenta años, quien manifestó llamarse Santiago. Esta visita no detectó nada anormal. Las vigilancias y fachadas montadas nos reportaban muy pocos movimientos, ingreso de madera, cargue de muebles, todo como una empresa muy normal. Era una carpintería bien montada. Mandamos a otros compañeros a hacer cotizaciones de muebles y les permitieron el ingreso casi que total a la bodega para que escogieran la madera y el estilo de trabajo que querían hacer, así que resultaba difícil tener plena certeza de que ahí estuviera el secuestrado.

Mientras tanto, la familia tenía listas las preguntas para al secuestrado; eran sencillas y no mucha gente conocía las respuestas. Guardaban relación con el nombre de una mascota que tuvieron en la finca, durante mucho tiempo; otra, sobre la placa de una motocicleta que utilizaron, tiempo atrás, para hacer las vueltas al pueblo y una última sobre la forma como cariñosamente le decían al abuelo. Al recibir la llamada extorsiva, el padre del plagiado les pidió tiempo para conseguir algo de dinero y les ofreció las veinte cabezas de ganado y un jeep antiguo que estaba en su finca; no tenía más. Los bandidos no aceptarían, ya que solo buscaban dinero en efectivo. Les planteó las preguntas y pidió que las respuestas fueran devueltas con una foto o un mensaje de Roberto. Al ubicar el celular de los bandidos se obtuvo un área general en el municipio de Agua de Dios. Debíamos tener cuidado, ya que los sujetos estaban vigilando a la familia y podían detectar el acompañamiento que estábamos brindando. En relación con las preguntas, dos días después fueron contestadas de forma veraz, demostrando así que, para esa fecha, el secuestrado estaba vivo y también que los sujetos eran los plagiarios. No obstante, no remitieron ni el video ni el audio que se les pidió.
Ya transcurridas dos semanas de enero había presiones de la familia para tener resultados tangibles sobre la libertad de Roberto. La negociación se mantenía en unas exigencias astronómicas y una oferta muy baja, ya que los asesorábamos para que ofrecieran algo que ellos pudieran pagar más adelante, y así nos daban tiempo para investigar. La regla es que en una negociación nunca se ofrezca un dinero que no se esté en capacidad de pagar, porque en muchas circunstancias puede conllevar a un desenlace no deseado y por causas externas se afectan la investigación y la inteligencia. Atendiendo nuestras instrucciones, en la siguiente conversación con los sujetos, el padre del secuestrado insistió sobre la prueba de supervivencia consistente en un video o fotografías del plagiado, ya que era la única manera en que se mostraba el estado de salud actual de su hijo. El bandido negociador aceptó entregar esa prueba, sin embargo, indicó que, si en la siguiente conversación no recibía una «oferta seria», tomaría represalias contra Roberto. Quedaron en enviar las pruebas al apartamento que el joven tenía alquilado en Bogotá. En el transcurso de la negociación percibimos que los sujetos entendieron que se habían equivocado de blanco y estaban dispuestos a recibir algún dinero para no salir con las manos vacías.
La fuente seguía encontrándose con el enlace con mayor frecuencia. Se impartió la instrucción de proceder a identificarlo, con la colaboración de la Policía Nacional. Así supimos que su nombre era Jorge X, pero judicialmente no tenía investigaciones ni requerimientos. Sin embargo, al consultar a inteligencia una persona con similar nombre y características, aparecía como integrante de una cuadrilla del ELN en Arauca, por ello cada día estábamos más convencidos de que este plagio lo habían efectuado estos bandidos. (Íngrid responde a versión de las Farc sobre su secuestro: “Era venganza contra un ser humano”)
Esta conversación entre los plagiarios y la familia ocurrió a principios de enero e inmediatamente la fuente pidió hablar, urgentemente, con nosotros. En esta reunión, los agentes de control se enteran de que el sujeto amigo de la fuente le pidió mandar hacer una bandera de color negro y rojo, le dio las medidas y la indicación de cómo debía hacerse, argumentando que era para un equipo de futbol. También le solicitó conseguir una revista Semana de fecha reciente. En realidad, la bandera correspondía al ELN y la revista iban a utilizarla en alguna fotografía o video para demostrar la fecha en que la tomaban. Con recursos de gastos reservados se compraron estos elementos, ya que el bandido no le dio dinero, sino que le dijo a la fuente que invirtiera algo, que después lo recompensarían bien. Les pedí a los detectives que le dejaran una marca discreta a la revista que llevara, que permitiera identificarla posteriormente como la utilizada en la prueba de supervivencia y también que fijaran fotográficamente estas evidencias para aportarlas al proceso judicial.
Avilez acompañó a la fuente, al punto de encuentro, para entregar los elementos al contacto de la banda de secuestradores. Aquí empleamos toda nuestra capacidad para hacer las vigilancias y controles necesarios. Los detectives que ocupaban el apartamento se instalaron en sus lugares de vigilancia, tenían que determinar si el sujeto a quien ya conocíamos como Jorge ingresaba, o no, a la carpintería o a algún inmueble cercano. Movilizamos varios taxis, motocicletas, detectives, equipos técnicos de fotografía y de escaneo de celulares a los sectores de Kennedy, Britalia, Tintal y Patio Bonito; teníamos que incrementar la inteligencia a cubierta para avanzar en la investigación. Pusimos toda nuestra capacidad, por cuanto estaba en riesgo la vida del secuestrado. Se habían adquirido compromisos con los bandidos y había que cumplir, correr el riesgo y hacer el esfuerzo para destrabar la investigación. Cada patrulla y cada detective tenía una orden clara y expresa del trabajo a desarrollar; cada uno debía hacerlo porque de lo contrario afectaría la operación. Uno de ellos se vistió de indigente y con un costal al hombro montó vigilancia sobre el lugar donde funcionaba la carpintería y ahí tenía que permanecer por varios días, pasara lo que pasara.
El lugar de la cita para que la fuente entregara los elementos era una cafetería ubicada en el barrio Britalia. Podía cubrirse fácilmente, ya que había mesas para los clientes y ahí ubicamos a cinco personas, en parejas y diferentes posiciones. Tenían radios de comunicaciones y nos informarían lo que ocurriera mientras nosotros estábamos en puntos de apoyo en sitios cercanos. Llegó la fuente solo para esperar a su contacto. Previamente le habíamos entregado un equipo similar a un celular que permitía escuchar de manera remota la conversación. Transcurridos diez minutos, la vigilancia de la cafetería informó que acababa de llegar el contacto; describió en detalle, cómo iba vestido y demás características físicas. En tiempo real estaban reportando cómo se desarrollaba la reunión, cómo se había entregado el paquete, etc. Nos indicaron que Jorge había llegado solo, era un hombre trigueño, de contextura mediana, de unos veinticinco años, vestía jean azul, camiseta oscura tipo polo y una gorra con escudo de un equipo español de fútbol. La reunión duró veinte minutos y el sujeto salió de la cafetería y se dirigió a abordar un vehículo de transporte urbano. Junto con los responsables del operativo, con celeridad analizamos si debíamos abordarlo, pero preferimos dejarlo que se movilizara hasta su destino. Iba tranquilo y era imposible que se nos perdiera. Después la fuente informó que le pidieron que esperara por ahí en el sector de Kennedy para que les hiciera un nuevo favor.
El bandido continuó su recorrido con el paquete que había introducido en un morral café. La ruta que llevaba lo conducía al sector donde estaba la carpintería que teníamos controlada. Lo seguimos a prudente distancia, no queríamos llamar su atención. Se bajó del bus frente a un centro comercial llamado Milenio y caminó directamente a la cuadra objeto de control. No había duda: iba para ese lugar y ahora había que esperar a cuál inmueble entraba y qué haría. Inmediatamente se avisó a los detectives que estaban en el apartamento arrendado y a quienes estaban en el sector, entre ellos al “indigente” nuestro que estaba mimetizado junto a un andén. Al poco tiempo apareció en esa escena Jorge, el secuestrador, detectado fácilmente por los equipos de vigilancia, quienes no lo perdieron de vista ni por un segundo; llevaba el morral y una bolsa adicional. Luego de doblar la esquina y caminar aproximadamente veinticinco metros ingresó a la carpintería e instantes después cerraron el portón. La construcción era bastante grande, con paredes de ladrillo y un portón enorme de varias secciones, donde podía ingresar un camión de buen tamaño. (Secuestro en Colombia, en su punto más bajo)
Sin que fuera evidente, se reforzó el punto de vigilancia e impartí instrucciones para que las patrullas y demás personal mantuvieran las posiciones y no fueran a actuar hasta tanto no recibieran una orden expresa para hacerlo. Simultáneamente se trasladaron más refuerzos de ejército a la zona, y también se citaron dos patrullas del DAS, que cumplían funciones en antiexplosivos y de criminalística en fijación de escena. En los momentos de desenlace inminente de una situación de estas es necesario mantener el liderazgo y no dejar que alguien actúe por impulso o por emoción, ya que puede dañar el procedimiento. Es usual que los detectives y los soldados quieran actuar rápidamente, sin embargo, el líder debe mantener la calma, el control, y junto con los responsables de cada grupo tomar las decisiones acertadas en el momento preciso.
El detective que tenía contacto con el padre del secuestrado recibió una comunicación de él, quien le manifestó que momentos antes lo habían llamado los secuestradores para decirle que tenían la prueba de supervivencia y se la enviarían; luego le dirían dónde reclamarla… y le colgaron. Esta llamada desconcertó un poco, pues teníamos equipos técnicos de rastreo de comunicaciones en el sector y no detectamos el celular desde el cual se comunicaron. También nos resultó extraño que en tan poco tiempo hubieran logrado realizar la prueba de vida. Sin embargo, no teníamos otra opción que seguir controlando la carpintería, que era el lugar donde, con absoluta certeza, estaba uno de los secuestradores. Luego de transcurrida más de media hora de vigilancia sobre el inmueble, sin detectar movimientos, el detective Avilez, quien se encontraba en un lugar cercano con la fuente humana, nos comunicó que Jorge lo había llamado y le había puesto una cita en el centro comercial Milenio, a dos cuadras del lugar en el cual nos encontrábamos. Le pidió hacerle un favor y que fuera buscando un local de mensajería en el sector.
La suerte estaba echada, todas las piezas estaban encajando. Si el contacto salía de la carpintería y llevaba la prueba de vida, resultaba obvio que tenían allí al secuestrado. La otra opción era que alguien llegara con la prueba y se la entregara en un lugar cercano o ahí mismo, por eso no se podía bajar la vigilancia por nada del mundo, y así fueron impartidas las instrucciones. El detective con mejor visibilidad del entorno era quien estaba disfrazado de indigente, ya que controlaba de manera directa la puerta del local comercial. Transcurrida una hora salió el contacto nuevamente de la carpintería. Llevaba el mismo morral y la misma indumentaria; se dirigió a pie hacia el centro comercial. Nadie debería abordarlo, permitiríamos que fuera a cumplir la cita con la fuente nuestra. Y así ocurrió.
Jorge y la fuente se encontraron frente al centro comercial Milenio y hablaron brevemente. La fuente aún tenía el dispositivo que nos permitía escuchar la conversación, aunque no era muy nítida. Pero entendimos que recibió instrucciones de colocar una encomienda por el servicio de mensajería Servientrega, para ser reclamado en la oficina de Agua de Dios. El paquete era de regular tamaño, venía debidamente empacado y no permitía ver su contenido. El informante le pidió dinero y le recordó que no le había dado ni para la bandera ni para los demás elementos, entonces el secuestrador le entregó algo de plata para que hiciera el envío. Finalmente se despidieron y quedaron de verse en la tarde o al día siguiente para jugar billar en el sector de Patio Bonito. Tanto esta reunión como varios de los encuentros anteriores fueron grabados y fotografiados para contar con elementos de presión y de prueba, que más adelante iban a servirnos.
Todo indicaba que el secuestrado estaba retenido en la carpintería, pero no sabíamos con precisión en qué parte; habíamos ingresado al lugar sin observar nada sospechoso, además, permitían el ingreso con mucha facilidad y no era usual que una banda de secuestradores actuara así. Pensamos que existía alguna puerta o pasadizo que condujera a un inmueble cercano donde lo mantuvieran, porque teníamos total certeza de que de allí había salido la prueba de vida. (Andrés Pastrana: “El mío fue el primer secuestro político en Colombia”)
Sin tener conocimiento del contenido del paquete preferimos no actuar, además, la prueba de supervivencia nos daba otras veinticuatro o treinta y seis horas de margen mientras llegaba la encomienda a su destino. Lo acordado fue esperar y mantener en todo momento la vigilancia sobre la bodega y sobre el secuestrador, sin dejar que fuera a perderse o a sospechar. Se desmontaron las patrullas de apoyo y el ejército se retiró de la zona, eso sí todos atentos a un nuevo llamado. Procedimos a controlar el paquete. No fue enviado por correo, sino que se organizó una reunión con el padre y el hermano del plagiado, quienes ya venían subiendo a Bogotá, en un vehículo de servicio público. Los buscamos en el terminal de transportes del barrio Salitre y nos desplazamos todos a un lugar discreto para destapar la encomienda. Efectivamente, allí venía un video, en el cual el secuestrado le pedía a su familia hacer lo posible por llegar a algún acuerdo con los secuestradores; decía estar en un sitio oscuro y frío, ya sin noción del tiempo, sin saber cuánto había durado allí. Casi llorando le pidió a Dios salir bien de esta situación, ya que él era consciente de que su familia no era pudiente. En el fondo del video aparecía la bandera del ELN, se veían armas y a un sujeto encapuchado con pasamontañas rojo y negro. También mostraban unas revistas recientes; con esa publicación de difusión masiva buscaban demostrar que el video —de unos diez minutos— era actual. En el paquete venían otros elementos de amedrentamiento y adoctrinamiento: dos cartillas del ELN y un comunicado donde les daban ocho días de plazo para llegar a un acuerdo definitivo. Tanto el padre como el hermano estaban muy afectados. Los dejamos solos un momento para que pudieran asimilar la dolorosa situación. Transmitían una sensación de impotencia y dolor indescriptibles, sabían que no podrían llegar a ningún acuerdo económico que les permitiera ver con vida a Roberto.
Aquí había que asumir riesgos; retomamos la conversación con la familia para indicarles que esta gente no estaba jugando y, por lo tanto, les pedimos darnos vía libre para hacer los últimos análisis e investigaciones que condujeran al rescate de Roberto. Tocaba empezar a halar la cuerda y proceder a liberar al secuestrado para evitar que estos sujetos lo mataran. La vocería la tomó el hermano; nos pidió la mayor prudencia y que le trajéramos sano y salvo a Roberto. Nos comentó que, un desenlace fatal sería un duro golpe para ellos y más para la madre, quien conocía de manera superficial la situación y ya estaba muy afectada en su salud y ánimo por saber que su hijo andaba en problemas. Sin decirlo expresamente, nos dieron vía libre para el operativo de rescate. Ya el señor había vendido algún ganado que tenía en su finca, pero en realidad no alcanzaba para hacer una oferta cercana a lo que los bandidos exigían. Se despidieron y tomaron el camino de regreso a su municipio, sin llevar las pruebas de vida, por dos razones: una, porque las necesitábamos como material probatorio en la investigación y dos, porque preferían que la mamá no mirara el video.
Caía la noche de aquel difícil día; el tiempo transcurría muy rápido y teníamos que movernos. Roberto fue secuestrado el 23 de diciembre de 2008 y ya estábamos a finales de enero de 2009. La vigilancia sobre el sujeto se mantenía; regresó en horas de la tarde a la carpintería, que estaba abierta, y no había vuelto a salir. Todo indicaba que dormía allí. Cité a reunión con los jefes de las áreas del grupo antisecuestro y con el compañero DAS, para definir los pasos siguientes e impartir las últimas instrucciones de verificación y vigilancia. A las seis de la tarde fue cerrada la carpintería, salieron dos trabajadores, pero el sujeto que sostenía los encuentros con la fuente permanecía allí haciendo labores menores o cosas que no representaban trabajo directo con la carpintería.
El mismo día comentamos el caso a la fiscal delegada quien trabajaba con nosotros; le planteamos que no había otra opción sino meternos a la carpintería y revisarla de extremo a extremo para determinar si allí mantenían al secuestrado. No obstante, la fiscal no vio muchos indicios en lo planteado y optó por indicarnos que buscáramos evidencias más sólidas y que cuando tuviéramos alguna pista más precisa nos autorizaba el allanamiento. Argumenté que con menos información habíamos ingresado a otros lugares y debíamos actuar rápidamente, porque se ponía en peligro la vida del secuestrado… pero no aceptó. Uno de los objetivos de hablar con ella era que estuviera enterada, para que después no dijera que no conocía la situación, pero obtener una prueba irrebatible que demostrara que el secuestrado estaba allí no era fácil. En la reunión con los responsables del grupo definimos que, el sábado siguiente en la mañana, es decir en cuarenta y ocho horas, abordaríamos al sujeto que había entregado la prueba de vida, Jorge, para así salir de dudas.
Mantuvimos la vigilancia de forma permanente. Habíamos perdido otro día, pero ya la decisión estaba tomada, nos jugaríamos el todo por el todo. Efectivamente, ese sábado, desde temprano, montamos el operativo en similares circunstancias a las del primer día. En lugares cercanos citamos y concentramos un grupo de apoyo del Ejército Nacional Gaula, también arribaron las patrullas antiexplosivos y de criminalística del DAS. Simultáneamente, en los alrededores de la carpintería, dispusimos tres patrullas civiles con doce detectives encargados de abordar al sujeto una vez saliera del lugar, como acostumbraba. En una camioneta con cabina, de las comúnmente llamadas aerovan, esperaban dos detectives más, ya que allí subiríamos al capturado.
Después de una corta vigilancia, sobre el mediodía Jorge salió de la carpintería y en un sitio cercano, como era usual, entabló conversación con la fuente. El lugar estaba bastante próximo al inmueble objetivo, por lo tanto, corríamos gran riesgo de que se dieran cuenta en la carpintería o que alguien que los conociera les avisara. Sin embargo, ya estábamos decididos y no íbamos a seguir aplazando. Los ocupantes de las patrullas, entre quienes estaba yo, nos ubicamos cubriendo las dos salidas peatonales del centro comercial y así, cuando la charla ya concluía, se impartió la orden de abordarlos y subirlos a los carros, tanto a la fuente como al contacto de los secuestradores. La camioneta aerovan se acercó y procedimos a agarrar y subir a ella a Jorge, el “eleno”, y en una de las patrullas sencillas a la fuente. Nos alejamos del lugar a la espera de más información sobre la situación de la bodega. En la camioneta, con el implicado a bordo, subimos cuatro personas más. En la otra no había necesidad de un mayor despliegue, ya que era un amigo o un colaborador nuestro y no tendríamos problema. La vigilancia sobre la bodega reportó que todo seguía en calma y no se observaban movimientos extraños en el interior del lugar. El sujeto capturado fue llevado al sitio donde se encontraba el resto de Gaula, un lote grande que servía de parqueadero público, donde había un cuarto pequeño, normal, con sillas, que nos fue facilitado para adelantar la entrevista. En el camino no se dijo nada al capturado ni se le contestaron preguntas.
Al efectuar la entrevista, Jorge incurrió en varias contradicciones y, con lo que nos había dicho la fuente, le refutábamos algunas cosas que negaba. De igual manera, le mostramos la capacidad de choque que teníamos, fácilmente verificable al mirar el número de personas de diferentes autoridades que allí nos encontrábamos. (El secuestro de perfiles en redes sociales puede ser un arma política)
Nos reportaron que la carpintería había sido cerrada y que solo había quedado allí la persona mayor que al parecer era el dueño, lo cual no era muy usual y generaba algo de preocupación, ya que el sitio donde fue abordado el contacto era cercano, aproximadamente a tres cuadras y cualquier persona podría conocerlo. Continuamos con la entrevista y le demostramos que él era quien había encargado los elementos utilizados para hacer las pruebas de supervivencia y quien, posteriormente, había entregado el paquete que las contenía. Ahí empezamos a jugar con lo que supuestamente la fuente nuestra había dicho: «Su amigo ya dijo que no sabía dónde estaba el secuestrado, que era usted quien le entregaba las cosas, entonces acá ustedes ya perdieron». Se presionó con mayor vehemencia, haciéndole ver las ventajas de colaborar, ya que ahora podía ser acusado de copartícipe en un secuestro, pero si le pasaba algo al secuestrado ya le podíamos endilgar responsabilidad por una desaparición forzada u homicidio, lo que era más gravoso.
El dispositivo estaba montado, había dos camiones con funcionarios del DAS y del Ejército, más las patrullas de apoyo. Tomamos la decisión de ir acercándonos al lugar mientras se continuaba la entrevista; estábamos como a diez minutos. Todos debían ir preparados para meternos al lugar, la operación se lanzó con alta probabilidad de éxito, pero, como siempre, existía el riesgo de fracasar y así terminar todo, porque los plagiarios ya sabían que de este secuestro no obtendrían mayor ganancia y preferirían optar por decisiones radicales.
Jorge aceptó ante una de las funcionarias que lo entrevistaba su participación en el plagio, reconoció pertenecer al ELN y que el secuestro tenía fines económicos; buscaban aprovisionarse de elementos de logística para sostener una célula urbana que venía delinquiendo en el sector y a la cual todas tenían que aportarle dinero. Sin embargo, ya estaba prologándose demasiado y lo peor, ya se habían dado cuenta de que se equivocaron de víctima, pues iban por otra persona que sí tenía mucho dinero. La alegría nuestra era evidente, nosotros no nos habíamos equivocado y teníamos a uno de los secuestradores, pero aún no nos decía dónde tenían a Roberto. Por fin manifestó que lo tenían en la bodega, en un sitio de la carpintería bastante mimetizado; un subterráneo al cual solo se accedía mediante unos imanes cilíndricos, de alta potencia, que activaban un mecanismo para mover una placa de cemento que cubría la entrada. Confirmó que el jefe era la persona mayor, conocida como comandante Santiago, un guerrillero muy antiguo del ELN a quien retiraron por temas de salud; le dieron el dinero para que montara la carpintería y construyera la caleta. Solo tres guerrilleros manejaban el secuestro, ya que los otros que colaboraron en el levante inicial, habían sido designados a otras tareas.
Con esta información, pedimos por radio a los grupos de choque que llegaran al sitio a las posiciones que cada uno debía ocupar y se organizaran en las esquinas de la cuadra para proceder a ingresar a la carpintería. Allí tenían que controlar a alias “Santiago” y a otro secuestrador que debía estar ahí, y luego buscaríamos al secuestrado. Llamé a la fiscal, pero no contestó. ¡La adrenalina ya estaba en su máximo! No podíamos esperar, porque si se habían dado cuenta de que el enlace había caído, la vida del plagiado estaba en peligro. Cuando cada una de las unidades estuvo en posición, se impartió la orden de ingresar; para ello debíamos abrir la puerta pequeña que tenía la bodega. Hubo necesidad de utilizar barras de hierro y unas macetas especiales, conocidas como ‘borregos’. Al ingresar solamente se encontró a Santiago, quien, en una actitud bastante calmada reclamaba qué pasaba, que por qué se habían metido. Sin embargo, Jorge, a quien teníamos en una camioneta de vidrios oscuros, lo reconoció y confirmó que era alias “Santiago”, persona de mucha ascendencia en esta agrupación subversiva; nos advirtió de que era muy hábil y sugirió que tuviéramos cuidado. La situación estaba controlada, pero no encontrábamos ni al otro secuestrador ni el acceso al subterráneo. Se buscaba por todos lados, no sabíamos en qué condiciones estaba, si había más gente cuidando, o no, sin embargo, no se hallaba absolutamente nada, una carpintería como cualquier otra, llena de aserrín, y don Santiago bastante negado. Preferimos no llevar al capturado hasta la bodega para evitar que fuera a complicarse la situación o se generara enfrentamiento entre ellos. Sin embargo, nos indicó que, en la parte trasera derecha debíamos barrer todo el aserrín y buscar dos baldosas que tenían una pequeña marca roja, colocar los imanes, uno sobre cada marca, para activar de esta manera el mecanismo eléctrico que hacía subir una plaqueta de cemento. Prácticamente movía el piso en un área de cuatro metros cuadrados. Rápidamente varios detectives se pusieron a barrer el piso, retiraron el aserrín y buscaron —de rodillas— las marcas rojas. Mientras, otros nos dedicamos a ubicar los imanes cilíndricos. Todo hierro que veíamos se parecía, pero debían ser dos iguales. Demoramos en ubicar las marcas en el piso, casi imperceptibles, pero ahí estaban. Encontramos también uno de los imanes, el otro no aparecía. Les preguntamos a los capturados si con uno solo funcionaba, Santiago no respondió y el capturado Jorge argumentó que solo se movía cinco segundos después de colocar los dos al mismo tiempo. También nos dijo que al secuestrado no lo cuidaban, porque de ahí no se volaba absolutamente nadie, resultaba imposible pensar en una fuga, ya que la placa de cemento era muy fuerte y en la superficie de la bodega todo quedaba con aparente normalidad.
Con esta información buscamos los imanes —o electroimanes— a los cuales se refería. Se trataba de dos tubos cilíndricos, aproximadamente de quince centímetros de largo, con cuatro de diámetro; allí estaban, en dos lugares diferentes de la bodega. Comenzamos a ensayarlos en las diferentes baldosas que tenían marcas, pero… ¡no funcionaron! Nosotros ensayando los famosos imanes en toda la bodega no íbamos a acabar nunca. Nos daba tranquilidad que Jorge, el capturado nos había dicho que el secuestrado estaba solo, no lo cuidaba nadie, y por eso no iban a atentar contra su vida. Así las cosas, les dije:
—Ubiquen en otro lado a este señor Santiago, contrólenlo, no dejen que mire nada, ingresen la camioneta con el capturado para que él mismo abra la caleta.
Aún era posible que estuvieran tomándonos del pelo para intentar volarse. Lo que pedí se hizo; la bodega era bastante grande, cabían hasta dos camiones. Trajeron a Jorge a la bodega y le entregamos los imanes. Con total certeza y seguridad procedió a ponerlos en dos extremos de las baldosas, separados más o menos cuatro metros. Una vez instalados escuchamos que el dispositivo se accionó; todos estábamos expectantes. Poco a poco la placa de cemento comenzó a levantarse y a girar para dar acceso a un subterráneo. Observamos una escalera que permitía bajar hacia una especie de apartamento pequeño de dos piezas, un baño y un cuarto de máquinas adicional que movía la estructura. Los detectives del Gaula ingresaron a la caleta subterránea, y en uno de los cuartos, protegido por una puerta metálica cerrada con fuertes candados y cerraduras, y que solo permitía ver hacia dentro por una pequeña ventana, se encontraba el secuestrado Roberto. ¡Estaba con vida! Lloraba por el susto y al mismo tiempo por la alegría, aunque no sabía quiénes habían llegado. Casi nunca bajaba alguien allí, pasaba días enteros sin que fueran a visitarlo, no tenía nadie con quien hablar. Se aferró a la mano de un detective antisecuestro que ingresó en el primer grupo, hablaba de manera coherente, pero no recordaba fechas ni podía saber si era de día o de noche. Le expresamos que éramos del DAS, del Gaula y le dijimos ¡bienvenido a la libertad! Entre lágrimas pidió comunicarse con su familia, manifestaba que había vuelto a nacer. Su secuestro había durado un mes, él ya tenía pocas esperanzas de recobrar la libertad y temía por su vida. Llamamos al papá de Roberto para avisarle que habíamos cumplido: ¡ya teníamos a su hijo sano y salvo! No sabía qué decir, cómo dar las gracias. Entonces los comunicamos para que padre e hijo hablaran.
Mientras tanto Jorge, ya más tranquilo, comentó que, definitivamente estaba resignado a perder su libertad y se sentía bien porque se le garantizaba su vida; sabía que en la cárcel tendría apoyo. Sobre la caleta dijo no tener conocimiento de quién la había hecho, pero que allí habían dormido varios cabecillas guerrilleros del ELN, entre ellos alias “Pablito”, capturado por el Gaula tiempo atrás, en un lugar relativamente cercano, en la avenida Primero de Mayo; posteriormente, de forma amañada y arreglada, logró fugarse cuando asistía a una diligencia en Arauca. Con la información que teníamos sobre Santiago efectuamos búsqueda en nuestras bases y efectivamente aparecía como integrante activo del ELN, Frente Domingo Laín, que delinquía en Arauca. Aún estaba registrado como miembro activo del frente, ideólogo y combatiente de fila, pero desconocíamos que estaba en Bogotá, adelantando labores de apoyo logístico y financiero a esa guerrilla. (Exguerrilleros de las Farc aceptaron el delito de secuestro ante la JEP)
Junto con los técnicos de criminalística se requisó la caleta. Encontramos dos fusiles AK con abundante munición calibre 5.56. Había propaganda del ELN, revistas varias entre ellas las que nosotros habíamos hecho llegar y algunos alimentos menores enlatados y comida fresca que ya estaba dañada; en la pared aún estaba la bandera que habían empleado para la prueba de supervivencia. En la carpintería no se encontraron elementos ilícitos, solo herramientas, maderas y otros componentes afines a esa labor. Posteriormente llegó la fiscal a inspeccionar la escena y a brindar el apoyo judicial que necesitáramos. La bodega quedó incautada a disposición de Fondelibertad, cerrada y bloqueada tanto física como jurídicamente, no se dejó una custodia de personas. Di la instrucción de que la caleta quedara abierta para cualquier inspección posterior. Los compañeros de criminalística hicieron levantamiento de planos de toda el área. El sector se llenó de policías, vecinos curiosos y también llegaron muchos periodistas a cubrir lo que era una novedad, una nueva cárcel del pueblo para secuestrados en la mitad de Bogotá.
Con relación a la fuente, la Oficina de Gastos Reservados del DAS aprobó un dinero para entregarle por su colaboración, quince millones de pesos. ¿Qué mejor inversión de estos recursos que esta? Salvamos una vida y devolvimos la tranquilidad a un hogar que, sin tener nada que ver, había quedado en medio de ese conflicto. Eso siempre es muy reconfortante.
Días después recibimos la llamada de unos vecinos, quienes informaron que se habían producido movimientos en la bodega en horas de la noche del día anterior, lo cual no era usual. Nosotros habíamos instalado candados diferentes a los que antes tenía la bodega, por eso resultaba extraño que ocurriera algo, sin embargo, con las debidas medidas de seguridad y apoyados por una escuadra del Ejército, nos desplazamos al sitio. Al llegar a la bodega, que estaba cerrada, procedimos a abrir la puerta. Al ingresar observamos que la bodega había sido saqueada, se llevaron la mayor parte de elementos, no supimos quién lo hizo, si bandidos comunes que habían visto la oportunidad de ganar algunos pesos vendiendo lo que ahí había o si el ELN regresó por algún tipo de elemento de su interés que nosotros no vimos. (Los conmovedores relatos de empresarios y víctimas de secuestro)
Este importante caso fortaleció la seguridad en la ciudad capital, al lograr la desarticulación de la parte financiera de esta estructura del ELN, el rescate del secuestrado, la captura de dos secuestradores, y el decomiso de un bien que costaba mucho dinero. Con la moral en alto por este gran logro continuamos trabajando por la seguridad de los bogotanos, luchando por la vida y la libertad de los colombianos. No permitiríamos que volvieran a vivirse épocas aciagas cuando Colombia era el país con el mayor índice de secuestros en el mundo y no podía andarse con tranquilidad en las calles de Bogotá; esa era nuestra misión y estábamos dispuestos a cumplirla.