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Hace 10 siglos un rey normando (norte de Francia) conquistó Inglaterra y, bajo el nombre de Guillermo I el Conquistador, propuso e implementó una tarea algo novedosa en ese tiempo y en esa parte del mundo: hacer un inventario (censo) de todo el territorio de Inglaterra que incluyera todas las tierras, sus dueños y su valor estimado. Para hacer esto, Guillermo creó una comisión de funcionarios que viajaban a cada unidad administrativa manejada por un noble y en una reunión pública, a la que tenían que asistir todos los dueños y sus arrendatarios de tierras, se producía un registro escrito de quién tenía qué y cuánto ocupaba. La lista detallaba cuánta tierra arable existía, cuántos arados y bueyes tenían disponibles, cuáles eran los recursos de pesca, campos de pastizales, áreas forestales, salinas y molinos, así como el número de campesinos en cada predio y sus diferentes ocupaciones. Nobles, arzobispos, obispos, abades, caballeros, alguaciles y ocupantes menores de tierras comparecían ante la comisión y producían con gran nivel de detalle una descripción de las tierras que ellos ocupaban y usufructuaban, y de aquellas no ocupadas que figuraban a nombre del rey. Al final, sellaban con un juramento la veracidad de la información y su lealtad al rey. El inventario estimó el valor monetario de todas las propiedades del reino al momento del hacerlo, así como el valor pasado y el posible valor futuro. La finalidad de tal tarea era simple: conocer la riqueza total del reino y los derechos fiscales (impuestos) del rey en el territorio, o sea, de cuánta riqueza podía el rey disponer.
Durante más de ocho siglos y hasta finales del siglo XIX la tierra fue el principal medio de riqueza de sus propietarios y del reino, así como fuente de poder político, fuente de soldados leales al rey en tiempo de guerra, fuente de control regional y sobre todo fuente de impuestos para el tesoro nacional (tesoro real). A mediados del siglo XVIII se crearon los impuestos a las tierras heredadas; así pues, los descendientes de un noble pagaban por el derecho a seguir devengando ingresos de los arrendatarios de las tierras administradas por sus padres y de esa forma hasta finales del siglo XIX los arrendatarios de las familias aristocráticas fueron responsables de la producción agropecuaria, forestal y pesquera del país. Fue entonces cuando el sistema colapsó. Estados Unidos y países en Europa aprovecharon los nuevos barcos a vapor para exportar excedentes al Reino Unido que sufría de baja producción y baja productividad. Así pues, la mayoría de la comida del país y los productos agrícolas fueron importados de los cinco continentes, incluyendo sitios tan lejanos como China y Suramérica. El Parlamento impulsó leyes con nuevos impuestos y regulaciones entre aristócratas y arrendatarios. Mientras el poder político de la aristocracia disminuía, la tierra se veía como una oportunidad para incrementar la riqueza de la sociedad en general a través de zonas residenciales, agrícolas y recreativas. A finales del siglo XIX el 88 % de los aristócratas derivaban su riqueza de la tierra. A principios del siglo XX, ese número descendió a 33 % con una nueva generación derivando su riqueza no de la tierra, sino del comercio y los negocios. Hoy en día Reino Unido posee un área territorial equivalente al 21 % del área de Colombia y un 28 % más de población; el 1,5% de su población vive del sector agropecuario y contribuye menos del 1 % de la riqueza del país.
Mario Giraldo.
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