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Los riesgos de girar en U

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Los gobiernos tienen derecho a cambiar de opinión, pero sus opciones de hacerlo tienen los límites que marquen los ciudadanos.

 Es posible que, por razones diferentes, los gobernantes decidan introducir cambios en el itinerario de su proyecto. Dar la media vuelta es otra cosa, porque girar en U termina por ser nada menos que tomar el sentido contrario. Cuando con ello se frustran aspiraciones nacionales, promovidas anteriormente por los mismos gobernantes, se configura una especie de golpe desde arriba, que por lo general desencadena una reacción popular vigorosa. Al menos en países donde a los ciudadanos les interesan esas cosas y no se tragan enteras las extravagancias de su clase política.

El proceso de la postguerra fría ha estado marcado en Europa por el avance de la idea de unidad continental. Todo parece indicar que, después de tantos siglos de luchas, sangrientas en la mayoría de los casos, las naciones que las protagonizaron creen firmemente en un futuro de paz y de cooperación, con manifestaciones tanto en lo económico como en lo político. Y lo más interesante es que el modelo de la Unión Europea resulta apetecible para todos, o para casi todos, al punto que muchos países anteriormente desconectados de los procesos de la Europa Occidental, se quieren sumar ahora al proceso de integración. Con ello no solamente saldrán del aislamiento propio del anterior modelo, sino que encontrarán, creen, la adquisición de una patente política de significado democrático que consideran sería irreversible.

El avance de Polonia, Croacia, Bulgaria, República Checa, Estonia, Hungría, Latvia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia y Rumania en esa dirección, ha contagiado con toda razón a otros miembros de la antigua familia comunista, y se extiende a más países de los que formaban parte integral de la Unión Soviética. Y es allí cuando Ucrania vuelve a aparecer en el escenario, atraída por la eventualidad de una vinculación más fuerte con Europa.

Lo que se daba por descontado, esto es el avance en esa dirección, se vino a ver súbitamente frustrado por la decisión gubernamental de echar para atrás lo recorrido y no suscribir un acuerdo de largo plazo que le llevaría a mejorar sus relaciones económicas con la Unión Europea y le permitiría acceder a la condición de asociada a ese círculo tan importante.

El entusiasmo que había despertado la expectativa de acercamiento a Europa se tornó en profunda molestia con la decisión de dar una vuelta en U que pondría a marchar al país en la dirección más distante de la Unión. Y que la podría otra vez a caminar en la ruta del tradicional, y resentido por muchos, camino que lleva al Kremlin.
Ucrania es uno de los ejemplos más elocuentes del peso político que tradicionalmente han tenido los rusos en las comarcas vecinas de sus dominios históricos. Al punto que la hoy república independiente fue por mucho tiempo parte integral de la Unión Soviética. Y muy seguramente, justo por el papel que jugó a lo largo de la era de la URSS, la separación de Ucrania puede haber sido uno de los tragos más amargos que hayan tenido que tomar los dirigentes de Moscú. Algo que ha llevado a que las relaciones post soviéticas entre los dos países hayan sido particularmente azarosas.

La confrontación del gas, que los enfrentó hace unos años, cuando los rusos resolvieron mantener precios de castigo por el gas que vendían a los ucranianos, y estos tomaron revancha cobrando por el paso de los gasoductos a través de su territorio, camino de Europa, fue una muestra de la tensión entre antiguas aliadas, o mejor relacionadas por lazos de dominación, en la época post guerra fría.

La reacción popular ante la decisión del giro en U del gobierno de Mykola Azarov ha sido contundente. Y no otra cosa se puede deducir de la marcha decidida de más de cien mil personas sobre las oficinas de gobierno para pedir que no se altere el propósito de afiliarse a la Unión Europea y que, si no es así, renuncie. Azarov se mantiene en su decisión de no avanzar, como él mismo se lo había propuesto, en la dirección de la Unión Europea, y considera que la protesta popular, con lo que pide, equivale a un golpe de estado.

Juego de grandes ligas. Los europeos buscan avanzar hacia el Cáucaso, con la idea tal vez de que, luego de los ucranianos, entren los moldavos, los bielorusos, los armenios, y porqué no los georgianos y los azeríes. Con lo cual el mapa de Europa no solo llegaría hasta fronteras insospechadas aún en la época más cruda de la expansión colonialista de siglos pasados, sino que se contrarrestaría el peso tradicional de Rusia en una región en la que por mucho tiempo ha ejercido una influencia sin contrapeso.

Tal vez exista una tarea, todavía inacabada, de Vladimir Putin, que se oriente a mantener a toda costa el peso de su país en áreas que nadie se había atrevido a disputar. No se sabe si eso es así y tampoco cuáles sean los argumentos. El desenlace de la protesta ucraniana tal vez pronto nos lo revelará. Por ahora, el gobierno recibe el castigo de cambiar abruptamente de opinión. Por lo cual, en países con ciudadanos interesados en la vida política, se debe pagar un precio.

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