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La enfermedad sin tapujos

María Elvira Bonilla
01 de diciembre de 2013 – 05:00 p. m.

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Es la misma, pero sin su melena negra que cuidaba con esmero. Ahora sin pelo el óvalo de su cara se ve más perfecto. Su sonrisa, intacta. La misma Lina Hinestroza llena de alegría a la hora de convocar a eventos con su empresa de comunicaciones, Tripartita. La misma enfrentada ahora, a los 43 años, a una prueba dura: combatir una amenaza: el cáncer.

Lina no se acobardó, ni guardó silencio, ni se ensimismó en su desconcierto. Desde el primer día de su diagnóstico —cáncer en etapa III, el más peligroso— decidió no disimular, estranguló el pudor e hizo pública su enfermedad y la lucha que iniciaba a través de su blog: Poniéndole el pecho al cáncer. En un diario sincero narra con naturalidad la travesía por los vericuetos de los médicos, de los exámenes, de la quimioterapia roja, del malestar, de la caída del pelo y la disyuntiva entre la cabeza rapada o la peluca, del desaliento; las angustias nocturnas, los por qué. El blog de Lina es un acto de generosidad y de valor que permite que muchas mujeres se identifiquen y confirmen lo sanador que resulta convivir con la verdad.

Como lo hizo también la escritora María Cristina Restrepo en su libro El miedo, crónica de un cáncer, en el que con crudeza narra la manera como el miedo se instaura en la mente del enfermo y le va carcomiendo la fuerza para dar el combate. “La bata blanca le cuelga en amplios pliegues sobre el cuerpo de líneas alargadas. Lo miro con hostilidad. Siento la desconfianza que me despiertan los de su profesión. Los que ya no recetan por teléfono ni van a visitar a los pacientes a la casa, los que necesitan un sinfín de exámenes de laboratorio para diagnosticar un resfriado. Los que ostentan esa autoridad que tanto me incomoda (…). Es un carcinoma. La palabra muerte pasa a ser la representación de algo real, no de una eventualidad que ocurrirá en el futuro. Tengo cáncer”. El viacrucis empieza. Los médicos con su hermetismo fatalista, fríos, y sus pronósticos reservados. El miedo en los corredores, en las salas de espera, en las agujas punzantes.

También Rosario Caicedo cogió el toro por los cachos y publicó en el portal www.Las2orillas.co algo tan cruel como la enfermedad misma: tener que soportar la mutilación del cuerpo para tener más certezas de supervivencia: la doble masectomía. Pero además su decisión de asumir la cicatriz perenne en su cuerpo, sin prótesis.

Volver público el dolor y la enfermedad sin tapujos es edificante, porque enfrenta la cobardía del tabú para colocar al ser humano frente a la fragilidad que puede ser la vida, una realidad frente a la que todos somos iguales. Gracias a todas.

Adéndum. Quiero darle al exministro Alberto Carrasquilla, quien actuó como perito financiero del Tribunal de Arbitramento que le ordenaba al departamento del Valle pagarle $8.600 millones al Consorcio Desarrollo del Valle por unas obras que no se hicieron, una mala noticia para él, pero una buena para el departamento: el Consejo de Estado anuló la decisión. Tengo presente la arrogancia con que Carrasquilla respondió públicamente mi columna “Carrasquilla o la asepsia de la tecnocracia”. Esta vez tendrá que aceptar con humildad su derrota, a la que está unido el inefable Juan Carlos Abadía, gobernador del Valle entonces.

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