
La confusión ha sido parte de la estrategia de Vladimir Putin durante años. Ahora mismo nadie sabe con certeza qué es lo que está buscando el poderoso líder ruso con la nueva transformación constitucional en su país.
En enero de este año, el Kremlin anunció una serie de cambios en la Constitución que le permitirían a Putin aspirar a otros dos períodos presidenciales una vez termine el que está en curso, en 2024. Eso significa que, de aceptar tal oferta y de ganar, el actual presidente completaría 36 años en el poder, superando entonces a Joseph Stalin, quien estuvo al mando durante 29 años. Así, toda una generación de rusos no conocería a un mandatario diferente a Putin en más de tres décadas.
Pero en lugar de reaccionar a esa reforma con entusiasmo, el presidente ruso se ha encargado de transmitir lo que algunos han catalogado como una “falsa modestia”. “Si la gente lo exige, que así sea”, ha dicho Putin. Esto les hizo pensar a analistas que extender su presidencia no es necesariamente el objetivo principal de esta reforma.
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Expertos como el politólogo Vladimir Pastukhov infieren que Putin podría estar pensando para él en algo más que quedarse en el cargo de presidente otra década. El hecho de otorgarle la facultad de extender su presidencia por más períodos es solo una manera de mantener una cartera de posibilidades amplia para el presidente, y así dejar varios futuros abiertos con el fin de darle más tiempo de decidir cómo le entrega el poder a otra persona sin convertirse en un “pato cojo”, como se les dice en política a los líderes que están próximos a dejar el poder y que por ello mismo ven disminuida su influencia. Al crear la impresión de que Putin quiere mantenerse en la presidencia, se transmite una sensación de estabilidad para las élites gubernamentales que evitarán ver a Putin como un “pato cojo”.
De fondo, entonces, la intención de esta reforma constitucional no es alargar la presidencia de Putin, sino acomodar el tablero de juego para crear un repertorio de instituciones que “perpetuar el ‘putinismo’ sin Putin”, como explica The Conversation. Putin podría estar pensando en tomar otra posición que no sea la de presidente, quizá como jefe del Consejo de Estado, y es por eso que la reforma constitucional ha concentrado tanto poder en este organismo.
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Claro, la posibilidad de extender la presidencia de Putin por dos períodos ha sido la reforma más sonora de este paquete. Pero también se propusieron otras 200 modificaciones a la Constitución rusa, en las que hay una interesante reorganización del gobierno. Con estas, el Consejo de la Federación podría proponer el despido de jueces federales y, en casos específicos, tendrá el derecho de destituir a los jueces de los tribunales constitucionales. Por otro lado, se permitiría que la Duma del Estado designe al primer ministro y que sea este quien recomiende a los ministros federales y viceprimeros ministros. Además, se le quita al presidente el derecho de rechazar a los candidatos propuestos por la Duma. Toda esta transferencia de poder del Ejecutivo al Legislativo eleva el estatus del Parlamento y le da un control de poder que antes no se había visto. ¿Putin quiere permanecer en el poder? Es lo más seguro, pero no necesariamente como presidente.
“Muchos han visto en la creación de este Consejo de Estado una institución a medida para Putin en caso de que abandone la presidencia, pero que desee conservar el control sobre el futuro del país, bastante similar a lo que Nursultan Nazarbayev diseñó para sí mismo en Kazajistán. Como jefe del Consejo de Seguridad, Nazarbayev también puede designar unilateralmente a la mayoría de los ministros del gabinete, jefes de varias fuerzas de seguridad y gobernadores regionales”, dice Marlene Laruelle, directora del Instituto de Estudios Europeos, Rusos y Eurasiáticos de la Escuela de Asuntos Internacionales de la Universidad George Washington.
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Al final, lo que buscaría este paquete es dar un reinicio constitucional para reformar el sistema político basado en conformar una institución a su medida y consolidar su “nuevo proyecto ideológico”. Dentro de las otras 200 modificaciones a la Constitución también se destaca una definición del matrimonio como “la unión de un hombre y una mujer” y la mención constitucional de la “fe en Dios”, que consagra a esta figura divina en la Carta Magna como “la ley principal del país”. Todos los cambios son vistos como herramientas para impulsar una Rusia más conservadora.
“Fue un ejercicio impactante de engaño político, incluso para los muchos miembros del régimen que quedaron en la oscuridad”, destaca Nathaniel Reynolds, analista político del Carnegie Endowment for International Peace.
La reforma constitucional que le daría la posibilidad de gobernar otros dos períodos ya fue aprobada por la Duma rusa en marzo, y ahora será sometida a un referéndum este miércoles para que sea el pueblo ruso quien le dé la última prueba de legitimidad a este polémico cambio. Las reglas están diseñadas a medida para que triunfe la reforma. Se han ajustado todos los métodos posibles para que la gente salga a votar. Pero la votación no ha podido escapar de las polémicas. No solo porque se realiza en medio de la actual pandemia de coronavirus, sino porque se han denunciado una serie de estrategias de parte del gobierno para incentivar el voto que están rodeadas de irregularidades: sorteos y premiaciones para quien salga a votar y presión de parte de figuras de poder para sufragar a favor de la reforma, lo que hace que aumenten las preocupaciones porque los resultados puedan estar manipulados. Entonces, ¿por qué se vota?
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“La importancia del referéndum es que si eso proporciona una apariencia de legitimidad para un cambio constitucional que ‘restablecería’ los términos presidenciales… A diferencia del zar, que reclamó el mandato de Dios de gobernar toda Rusia, Putin todavía se percibe como un ‘demócrata’, por lo que quiere tener un mecanismo legal para legitimar la continuación de su gobierno”, explica Sergey Radchenko, historiador y director de la Facultad de Derecho y Política de la Universidad de Cardiff a Euronews.
Más que perpetuarse en la presidencia, Putin busca consolidar su legado para Rusia y dejar abiertas las vías con las que mantendrá el poder mientras aparece un sucesor digno de continuar con su línea. Según Joshua Yaffa, autor del libro Entre dos fuegos: verdad, ambición y compromiso en la Rusia de Putin, el presidente estaría buscando formas de distribuir el poder entre los diferentes campos dentro de la élite, pero quedándose él como la máxima autoridad al dividirlo “cuidadosamente en dosis medidas”. Durante poco más de dos décadas, Putin ha sido el arquitecto del poder en Rusia. Y ahora está a solo un paso de hacerse eterno.