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Mientras el gobierno estadounidense cierra por crisis terminal, finaliza allí la aclamada serie Breaking Bad. Se la considera el cenit de la llamada “edad dorada” de la televisión mundial. Junto a series como The Wire o Cidade dos Homens, Breaking Bad enfatiza el abismo entre dos mundos desiguales que rara vez se tocan. Cuando ello sucede, el resultado es apocalíptico.
Los puntos de vista alternativos corresponden a dos tipos de personajes: de un lado quienes encarnan la miseria humana, habitantes de las barriadas de piel oscura. Del otro, las mujeres y hombres que habitan los suburbios de las clases media y alta. Los espectadores asistimos al desencuentro trágico de quienes ocupan el mismo espacio —Baltimore, Río, Albuquerque—, pero podrían pertenecer a planetas diferentes. En uno reina el mal, en el otro el bien. Cruzar la frontera significa, como en el caso del protagonista de Breaking Bad, optar por el mal.
Al serle diagnosticado un cáncer incurable, Walter White cruza esa línea invisible. El hasta entonces profesor de química en una secundaria de Nuevo México, se convertirá en inventor de un producto adictivo de 99% de pureza y luego en barón internacional de las drogas. Como el Ozymandias de Shelley, lo llama “mi imperio”. ¿Qué lo motiva? Lo que a todos: dinero.
Usualmente, quienes provienen de las clases medias altas consideran la preocupación por el dinero un síntoma de bajeza. Acusan a otros de ser “materialistas”, malos, mientras se perciben a sí mismos como encarnando valores más altos —sentimentalismo, cultura—. A la hora de la verdad, son los primeros en demostrar su amor por el dinero. Pero lo hacen sin abandonar su pretendida altura moral. “Es mi derecho”, “lo hago por mi familia”, “me lo he ganado”, dicen.
Al hacerlo reaccionan al contexto: este mundo que Iosi Havilio ha llamado “capitalismo + sálvese quien pueda”. Es el caso de Walter y quienes lo rodean: su sufrida esposa, el hijo con parálisis, la cuñada cleptómana, el cuñado de la DEA. Su ambigüedad moral los hace tan interesante como los personajes de Sartre. Y como en Sartre, son el infierno.
En contraste, los “malos” de Breaking Bad son de fantasía. Invariablemente chicanos, afros y latinos. El oscuro secreto del éxito de la serie consiste en revivir la fantasía del sueño americano en tiempos de crisis: por su talento, Walter White, cuyo apellido no es coincidencia, crea un imperio a costa de los salvajes mafiosos sudacas y mexicanos. Malcolm Harris ha observado que en el mundo real la metanfetamina 99% pura es legal. Lundbeck Inc. la vende para “tratar la obesidad”. ”. Es un mercado de 250 mil millones de dólares. Se me antoja que Breaking Bad adapta El Capital I para el siglo XXI. Como en la obra de Marx, la cronología se invierte. Al final de la historia el hombre blanco gana.