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El juego de la gallina

Arlene B. Tickner
01 de octubre de 2013 – 06:00 p. m.

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Los hechos que llevaron al cierre de actividades gubernamentales en Estados Unidos y que apuntan a un nivel considerable de disfuncionalidad en ese país, por no decir demencia política, son dignos de cualquier república bananera.

 Desde hace algún tiempo los partidos Republicano y Demócrata vienen participando en un juego parecido al de la gallina cada vez que al gobierno federal se le acaba el dinero. El juego consiste en la presentación, negación y negociación de diversos ultimátums so pena de dejar vencer, en una especie de salto mortal, los plazos para el aumento del gasto discrecional —programas que exigen asignaciones presupuestales anuales y que representan un tercio del gasto público— y para el techo de endeudamiento permitido por ley.

En esta oportunidad, sectores republicanos extremistas pidieron algo que los demócratas no podían conceder, a saber: la mutilación de Obamacare, una reforma al sistema de salud que cobija a amplios sectores medios y bajos que carecen de un seguro de salud a un costo accesible y que ha sido tildado como un proyecto socialista de estatización. Para los opositores de ultraderecha, acabar con este proyecto —cuya entrada en vigencia coincidió paradójicamente con el cierre— justificaba la colisión suicida que terminó produciéndose, probablemente como gesto simbólico generador de apoyo electoral. De ceder los demócratas se hubiera creado un precedente peligroso para que, cada vez que a la derecha no le guste alguna ley que ha sido aprobada democráticamente —como es el caso de Obamacare—, pueda manipular el tema del déficit fiscal y tomar rehén al Estado y al país.

El cierre del gobierno, que ha ocurrido en 17 oportunidades más desde los años 70 como consecuencia de otros tire y afloje entre los dos partidos, acarrea costos significativos. Además de los monetarios, que pueden ascender a mil millones de dólares, la suspensión de servicios importantes, como el acceso turístico a parques y museos nacionales, el monitoreo de enfermedades y de la contaminación ambiental, el estudio de préstamos federales y el no pago de los salarios de unos 800.000 trabajadores públicos.

Pese a ser problemático para los estadounidenses y vergonzoso por cuanto emite al mundo una imagen de país incapaz de gobernarse a sí mismo, el cierre no es catastrófico, ya que la ley blinda a las funciones estatales esenciales. En cambio, el problema del techo de la deuda sí plantea una potencial tragedia. Si para el 17 de octubre el Congreso no autoriza un alza en el tope de endeudamiento, el Departamento del Tesoro no podrá seguir pidiendo prestado para cerrar la brecha entre los gastos y los ingresos del gobierno federal. Esto llevaría a la necesidad de operar con un presupuesto balanceado, lo cual es imposible en la actualidad, y a la posibilidad de una cesación del pago de la deuda por primera vez en la historia de los Estados Unidos. La incertidumbre provocada por un default tendría un efecto nefasto sobre la psicología de los mercados bursátiles, que ven en los bonos del Tesoro la fuente más segura de inversión de todo el sistema financiero. Entre los resultados previsibles no se descarta otro ciclo de crisis a escala mundial. Aunque el juego de la gallina prevé el abandono de conductas suicidas entre actores “racionales”, en la medida en que éstos entiendan los costos asociados a aquéllas, la política hoy en Estados Unidos es todo menos racional.

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