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ENTRE LOS TRANCONES, EL TRANcón de La Calera el día del incendio de los bosques de pino que hay al oriente de los restaurantes La Paloma y Tramonti.
Memorable. Dos horas entre el humo del monte y el desconcierto de los bomberos. Y el aburrimiento de todos los que, metidos en una buseta, andábamos dos metros cada 20 minutos. No hay incendios todos los días, pero hay trancones todo el día. Es una de las carreteras de mayor circulación del país: 4.500 vehículos diarios, lo que quiere decir una fila permanente entre las 5 de la mañana y las 10 de la noche. Cualquier hecho puede paralizar el tránsito: un camión cargado, una volqueta varada, un ciclista aporreado, un motociclista atravesado, una señora pintándose los labios, una pelota con niño, un burro, un perro, un gato o —con mayor frecuencia— una buseta azul del Sistema Integrado de Transporte Público sin frenos, sin luces, sin aliento y, para rematar, sin pasajeros. Para pagar el peaje en domingo —un peaje tan arbitrario como ladrón—, la cola comienza en la calle 72 con Séptima, de tal manera que los que van a buscar aire puro tienen que cerrar las ventanas hasta pasar la loma y entrar al valle del río Teusacá. Por lo demás, apenas coronan, ya es hora de regresar sin haber almorzado. Un paseo que, con niños pataneando entre el carro, el hambre apretando en el estómago y la mujer peleando porque no fueron a voltear por Chía, se convierte en un infierno.
El trancón diario, todo, redondo, depende del semáforo de la 84 con Séptima y de los cien conjuntos residenciales o los numerosos colegios que se han construido o se están construyendo a lado y lado de la vía desde Bogotá hasta Sopó, pasando por La Calera. Y eso sin contar la gente que vive en Zipaquirá o en Tunja y prefiere ese paso entre paso que el de la Autopista. La carretera es estrecha y curvosa y, para ajustar, no le faltan huecos y taches.
Las autoridades de Bogotá, Cundinamarca y La Calera no son indiferentes al problema. Lo saben y lo sienten, pero hasta el momento sólo han palabreado la solución y las palabras se las lleva el viento. La primera opción la tiene un túnel que conecte Sopó con la carrera Séptima a la altura de la calle 220. Un túnel con peaje que trasladaría los trancones de La Calera a la Autopista. La segunda opción, construir una vía de doble calzada entre la vereda de Márquez, pasando por el barrio del Codito —sede de la tenebrosa banda de los Pascuales— para caer a La Cita, zona de moteles, lo que puede crear susceptibilidades y divorcios. La tercera posibilidad es abrir una vía por la calle 93 hacia la Séptima para aliviar el tránsito entre La Calera y el norte. No faltarán los gritos de los residentes en Chicó Alto. Se ha pensado también en un cable que comunique La Calera con el terminal norte de Transmilenio, que es la solución más limpia y quizá la más económica, pero que sólo contribuiría a resolver parcialmente el problema planteado por la urbanización acelerada de la región de la cuenca del Teusacá. El costo en tiempo y en combustible en el trancón diario debe ser de seis ceros, un gasto económico que no puede seguir pagando el particular.
Punto aparte. Tres asesinatos de hinchas del fútbol hubo esta semana. Los muchachos se matan por los colores de las camisetas de sus equipos. Matan a palo y a puños, con navajas y cuchillos, con revólveres y pistolas. Las batallas se han convertido en la prolongación callejera de la rivalidad deportiva exaltada por la publicidad, los gritos de los locutores y los bolsillos de los empresarios. En toda la historia de la fiesta brava no se puede citar un solo caso en que los partidarios de un torero maten a los partidarios de otro, o que se asesinen los aficionados por el color de los trajes de luces de los diestros.