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Salvar el pellejo

Nicolás Uribe Rueda
27 de septiembre de 2013 – 06:00 p. m.

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No necesita uno tener información privilegiada para entender que el proceso de paz atraviesa por un momento complicado.

 No sólo es la ausencia de resultados concretos en la mesa lo que dificulta su avance y su aceptación popular, sino también, dicen algunos, el proceso se estanca como consecuencia de una serie de factores de naturaleza política.

Unos sostienen que el reciente debilitamiento del Gobierno en las encuestas ha afectado su posición frente a las Farc y otros afirman que a los negociadores les hace falta voluntad para llegar a los acuerdos. Muchos dicen que lo que pasa es que los terroristas le tienen miedo al incumplimiento del Gobierno y otros tantos, como el presidente Pastrana, creen que en medio del proceso electoral es imposible no politizar la negociación y confundir el interés general por la paz con el propósito particular de la reelección presidencial.

Pero hablemos con franqueza y reconozcamos que todo lo anterior son simples excusas. Lo que pasa en realidad nada tiene que ver con el comportamiento del Gobierno, sus aciertos o sus equivocaciones o con las condiciones en las cuales se desarrolla la negociación. Tratar de encontrar razones que expliquen las dificultades por las que atraviesa el proceso consultando visiones desde la legalidad resulta francamente ingenuo. Los problemas del proceso no tienen que ver con la voluntad política del Gobierno, ni con la oposición al mismo por diferentes tendencias ideológicas. Tampoco hay que encontrar respuestas a ello en la locuacidad de las Farc a través de los micrófonos, en la complejidad de los temas abordados o en la filtración de información que viene de la mesa. Mucho menos podemos culpar de esta crisis a que se negocia en medio de la guerra.

La explicación es simple y de sentido común, seguramente a tal grado que parece invisible ante el mar de teorías que buscan convencer incautos y volver ciencia ficción un asunto elemental. Lo cierto es que la lentitud de la mesa de La Habana para concretar acuerdos se explica simple y llanamente en la falta de interés de las Farc para lograrlo. La verdad es que este grupo terrorista, que en nada se distancia de una banda criminal, no está detrás de un acuerdo político ni de un puñado de curules y mucho menos de un par de artículos en la ley de desarrollo agropecuario para volver regla general las zonas de reserva campesina. Las Farc lo que quieren es el poder o, en su defecto, la posibilidad de seguir delinquiendo a través del control de los rentables negocios del narcotráfico y la minería ilegal. Y sus jefes, que hace rato abandonaron sus ideas y el afán de defenderlas, ya cansados de vivir corriendo de madriguera en madriguera, lo único que buscan es salvar su pellejo de la persecución militar y encontrar una salida judicial que les permita vivir los quince años que les quedan con algo de dignidad y libertad.

No sé a qué se debe tanto interés en encontrar explicaciones a un asunto obvio. Las Farc esperan que los colombianos les concedan aquello que en el marco del Estado de derecho es imposible y en ello radica la posibilidad de negociar exitosamente con este grupo terrorista. Para que la guerrilla cese en su intención de dispararnos, lo único que sirve es la claudicación. Por eso, ante las dificultados del proceso, no hay que buscar culpables diferentes a las Farc.

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