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Nada más revelador de los contradictorios sentimientos que mueven hoy a la ciudadanía colombiana que la encuesta de Ipsos-Napoleón Franco y una alianza de medios realizada hace una semana.
Los que no votarán, sumados a los que votarán en blanco en 2014, oscilan alrededor del 40% de los electores. Entre ellos está la franja furiosa que ruge quedamente desde hace tiempo por los ríos profundos de nuestra política violenta. Es la que estalla, quema buses, rompe vidrios, cuando hay movilizaciones y protestas. Son jóvenes citadinos que se rebelan contra la desigualdad; campesinos despojados, criados en tugurios urbanos, o forzados a habitar en pantanos o en cumbres peladas. Ellos, como dijo a este diario uno del Catatumbo en el foro sobre drogas ilícitas, “sienten el hambre que nunca han sentido los gobernantes”.
Ante tanta desesperanza, es sorprendente que más jóvenes no se lancen a la aventurera vida, corta y lucrativa, de la guerra o de la delincuencia. Por eso cuando Ipsos les pregunta a las mil y pico de personas encuestadas (que representan estadísticamente la opinión del 67% de la población adulta que vive en ciudades de más de 200.000 habitantes), cuáles son los dos peores problemas, la mayoría espontáneamente menciona el desempleo y la inseguridad; el segundo grupo más numeroso dice que lo más malo son la violencia y la vida cara, y el tercero, que son la crisis económica y la delincuencia juvenil.
La pobreza de los marginados y que tengan que vivir en medio de una violencia que sigue robándoles sus queridos hijos, como víctimas o como victimarios, lleva a muchos a no creer en las glorificadas instituciones democráticas. Un 46% no cree en las Fuerzas Armadas, otro tanto no confía en los medios; más desconfían del gobierno nacional, del Congreso o de la justicia. Tristemente muchos de estos críticos son abstencionistas, y por eso no ayudan a cambiar lo que no sirve.
Hay un 60% que dice que sí piensa votar en 2014. Y un 49% de ellos lo haría por la lista del expresidente Álvaro Uribe al Senado (el dato puede estar inflado por la forma como se preguntó, pero impresiona de todos modos). Y si el exministro Germán Vargas Lleras se lanzara, sería el único que le ganaría al presidente Santos en cualquier escenario. A estos votantes también los gobiernan sus sentimientos. Sienten miedo y buscan protección a cualquier costo, así como los excluidos sienten rabia y desdén.
Uribe les da sensación de seguridad y por eso le quieren otorgar suficiente poder en el Congreso para que pueda reformar la Constitución y hacerse reelegir por tercera vez. Les tiene sin cuidado que su receta de tranquilidad no haya sido ni tan duradera ni tan democrática y que, sobre todo en su segundo gobierno, la corrupción y el abuso de poder hayan subido hasta el borde de su sillón presidencial.
A los que estarían dispuestos a votar por Vargas Lleras, porque también lo ven recio y protector, tampoco parece importarles que su partido, Cambio Radical, sin ser el más grande, sea el que tiene el mayor número de congresistas condenados por parapolítica: seis senadores y nueve representantes. Hoy, parte de la opinión pública favorece con desfachatez a los dos líderes carismáticos, a pesar de que recibieron apoyos de políticos conectados con el terrorismo y la delincuencia.
Con casi medio país en el cinismo, y casi el otro medio en el escepticismo, no se puede ser demasiado optimista frente a las posibilidades de que mejoremos de gobernantes en las próximas elecciones. Casi seguro, vamos a empeorar.