Publicidad

Recordando a Álvaro Mutis

Juan Carlos Botero
26 de septiembre de 2013 – 05:40 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Lo recuerdo hablando.

Quizás ése era el rasgo sobresaliente de Álvaro Mutis: la palabra hablada, incluso más que la escrita. Era un conversador profesional, una persona que hechizaba a su auditorio, ya fuera un grupo de amigos o una multitud, y lo hacía con la elegancia de su prosa, lo interesante de su relato, el encanto de su persona y su humor exquisito. Oír hablar a Mutis era uno de esos placeres que a veces, con suerte, nos depara la vida.

Era un hombre de una cultura inmensa. La primera vez que lo escuché fue cuando llegó con García Márquez a una finca en donde me encontraba, y aunque yo era apenas un niño de inmediato supe que se trataba de alguien singular. Entre ambos contaron la historia del cocinero de Julio César, quien debía preparar un banquete para un selecto grupo de invitados, y por algún motivo se le quemó la cena. Temblando, el hombre se acercó a su amo y le confesó lo ocurrido. Para su sorpresa, Julio César no lo tomó a mal. Con buen humor le preguntó a sus invitados si les importaría cenar algo improvisado en vez de un elaborado festín, y todos dijeron que encantados. El hombre regresó a la cocina, preparó la comida con lo que había, y en seguida se suicidó. Jamás olvidaré el impacto que me produjo esa historia.

También recuerdo una vez en Nueva York, cuando tuve el gusto de compartir la mesa con él durante una conferencia. A Mutis le tocó su turno de hablar y lo primero que dijo, muerto de risa, era que su inglés era terrible y que por eso, agregó, dirigiéndose a mí con una sonrisa de hombre bonachón, Juan Carlos me hará el favor de traducir mi ponencia. Lo soltó así, a quemarropa y sin anestesia, y gracias al cielo la cosa no salió tan mal, pero durante los 20 minutos que Mutis habló y yo traduje como pude, creo que fue la mejor dieta de mi vida, porque perdí varios kilos sudando a chorros.

La relación con Mutis venía de tiempo atrás. Cuando él andaba en México, huyendo de la justicia, mi padre y mi madre, quienes estaban recién casados y vivían en el DF con mi hermano de meses, le dieron refugio en su casa. Mutis siempre decía que una de las cosas que más le divertían en esa época era llegar al cuarto del bebé, asomarse a la cuna, y pegarle un susto aterrador con un grito de bárbaro. Sin duda, el suyo era un sentido del humor peculiar.

Fue por esa época, por cierto, que la justicia finalmente dio con él, y Mutis pasó 16 meses en la tenebrosa cárcel de Lecumberri. Y, en mi humilde opinión, de todo lo que escribió este gran poeta y narrador, aquel libro inolvidable, en el que describe la vida diaria en la prisión, es lo mejor de toda su obra. Siempre sentí que varios relatos de Mutis, incluso unos de Maqroll, pecaban por su cercanía a Borges y por un excesivo aire de artificio. En cambio se nota que el Diario de Lecumberri, además de una prosa hermosa punteada de imágenes conmovedoras, lo escribió Mutis con una mano sujetando la pluma y la otra aferrada a sus entrañas, y por eso cada página suena auténtica y está dotada de una profunda verdad humana.

Sin duda, el mundo es menos sin Álvaro Mutis. Y ahora siento que todos hemos perdido parte de la vida, pues ya no escucharemos sus risotadas ni sus gritos de bárbaro, ni sus palabras de hechizo, y en este nuevo silencio extrañaremos mucho ese bello sonido.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido