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Fui de los aficionados al fútbol que siempre ocupaba un puesto miércoles y domingo en las tribunas del estadio, no importaba que lloviera a cántaros o que el sol inclemente dejara nuestros rostros rojos y ardidos después de los noventa minutos de juego.
Asistía a todos los partidos independientemente de qué equipos jugaran: era fútbol lo que quería ver y disfrutaba con el ambiente fiestero y sano de esos años. Siempre las tribunas se llenaban, así nuestros equipos locales estuvieran en los últimos lugares en la tabla de posiciones; el colorido en las tribunas era agradable a nuestra vista en ese festival de sano deporte, y no se discriminaban ni se lanzaban vituperios a quienes lucían las camisetas de su equipo preferido. Nos entremezclábamos unos con otros y muchas amistades surgieron y aún prevalecen.
Las tribunas no tenían dueños, lo que hacía que esos espacios fueran una especie de salón comunitario, hasta que llegaron los desadaptados a emular las desdichadas barras bravas europeas y argentinas para irse apropiando de las tribunas norte y sur, y de algunos espacios en las demás graderías. Fue el nacimiento de indeseables personas que empezaron a llegar armadas y bajo los efectos alucinógenos de cualquier cantidad de drogas mezcladas con alcohol.
Los observaba atónito y mis temores empezaron a surgir. Estos sujetos no ven el partido, se limitan a saltar y gritar incoherencias vulgares y agresivas contra jugadores, árbitros y aficionados, sólo buscan afrenta, deshonra y camorra.
Hace unos ocho años no volví al estadio después de verme en unas cuatro ocasiones a punto de perder un ojo por la cantidad de piedras que se lanzaban a la salida del estadio, o de tener que correr huyendo de las riñas que con armas blancas se formaban en los alrededores de la unidad deportiva.
Ahora los veo muy orondos en los alrededores del estadio y barrios cercanos inhalando drogas e ingiriendo licor, además de camuflarse sus armas y puchos de marihuana antes de ingresar al estadio
Cualquier cantidad de medidas preventivas y de seguridad se han tomado, se ha tratado de socializar las barras y nulo ha sido el resultado. Si se tiene que jugar a puerta cerrada o suspender el fútbol unos buenos meses, bienvenida sea esa medida.
No podemos seguir cantando goles cuando otras familias sufren el duelo de sus seres queridos por la intolerancia.
Raúl Moreno Sierra. Medellín.
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