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Hace poco tuve la oportunidad de ver en el Museo de Bellas Artes de Montreal una retrospectiva espléndida del artista americano Dale Chihuly (1941), cuyo arte está basado en las sinuosas formas que puede asumir el vidrio soplado de colores. “Estoy obsesionado con el color —dice— nunca vi uno que no me gustara”.
Chihuly nació en un hogar obrero en Tacoma, estado de Washington, y pronto quedó huérfano de padre. Pese a que tenía su lado díscolo, terminó la carrera universitaria por impulso de su madre y un día se puso a soplar vidrio, quedando enviciado de por vida. A fines de los sesenta fue a parar a Venecia, donde aprovechó para robarles los secretos del fuego a los maestros sopladores del taller Venini en la isla de Murano que, vaya a saberse por qué, lo dejaron entrar. Rápidamente superó el enfoque artesanal de sus maestros y se hizo artista. Una década más tarde sufrió un grave accidente de automóvil (su creativa cabeza tuvo la mala idea de atravesar un parabrisas), después del cual perdió la vista del ojo izquierdo. Luego no se le ocurrió nada mejor que ponerse a hacer surfing y se dislocó un hombro, lo que le impidió seguir soplando vidrio. Este impedimento físico, según él, le permitió volverse “coreógrafo antes que bailarín, supervisor antes que participante, director antes que actor”. Desde entonces Chihuly hace —siempre en vidrio de colores de diferentes tamaños— jardines, arrecifes coralinos en tierra, manchas sólidas, arañas luminosas que no alumbran, microorganismos gigantes, marquesinas abigarradas, milhojas, putti, ikebanas, cilindros, canoas y canastos. La personalidad de sus esculturas es notable y muestra la gloriosa huella de Van Gogh; en cambio, la influencia de Duchamp o Beuys, los santones del arte contemporáneo, brilla por su ausencia.
Ahora bien, lo que me interesa destacar aquí es que la obra de Chihuly ha sido adquirida por más de cien museos del mundo, pero que no hay ni rastro de ella en los metederos habituales del arte posmoderno. No aparece en la Tate Modern ni lo invitan a la Documenta de Kassel. Pasó una vez por la Bienal de São Paulo (1989), otra por la Bienal de Venecia (2009) y pare de contar en lo que se refiere a las mecas de moda. Revisé y tampoco lo mencionan en nuestra local Esfera Pública.
Las razones para excluir a este seductor de multitudes de los falansterios son claras. Sus acojonantes obras sí comienzan con ideas —es imposible improvisar con un material de tan difícil manejo como el vidrio derretido—, pero no se detienen en ellas sino que las transforman en sensuales selvas de color. Claro, sus jardines de vidrio soplado son inútiles para revender ideas viejas o nuevas, a nadie se le ocurriría que lleven implícita una reforma del mundo, no castigan o exaltan opciones políticas, no son explicables mediante textos confusos, largos o cortos, que se ponen en cartulinas al lado de objetos de estética “significativa”. En síntesis, un artista como Chihuly es inútil para dar trabajo a curadores o curanderos, a hermeneutas o astronautas, para no hablar de publicistas ávidos de dinero, por el estilo de Charles Saatchi. Peor aún, los hacen parecer a todos ellos redundantes y parásitos. Chihuly, al vestir el mundo de una belleza que sí osa decir su nombre, sin querer queriendo hace más visible la desnudez del emperador posmoderno. De ahí el silencio de los habitantes de este submundo sobre su obra.
Nada grave, otros hablamos de ella.