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En el deporte, una de las premisas de la disciplina es el trabajo en silencio y esforzarse para que la acción hable más que las palabras. Pero hay una parte de la historia que se construye por condición. Para los deportistas sordos, el silencio no es metáfora, sino el punto de partida.
Durante casi medio siglo, la Federación Colombiana Deportiva de Sordos (Fecoldes) ha trabajado en silencio. No por falta de resultados, sino porque el deporte sordolímpico en Colombia ha debido abrirse paso en un sistema que durante años lo dejó en los márgenes. Hoy, tras 49 años de su fundación, ese trabajo empieza a ocupar el lugar clave en el deporte nacional, respaldado por resultados, estructura y una comunidad que crece.
Fecoldes nació el 19 de marzo de 1976. Durante décadas funcionó sin estar plenamente integrada al Sistema Nacional del Deporte, una situación que limitó su visibilidad y acceso a recursos. “Todo este tiempo fuimos como una rueda suelta, sin estar dentro de una estructura clara”, explicó su presidente, John Fredy Martínez. Solo desde el año 2000, con la inclusión de las personas con discapacidad en la legislación deportiva, comenzó un proceso más formal de reconocimiento.
Una de las principales confusiones históricas ha sido ubicar el deporte para personas sordas dentro del paralimpismo. A escala internacional, el sistema es independiente. “En el mundo hay tres movimientos: el olímpico, el paralímpico y el sordolímpico. Nosotros pertenecemos a este último, que es el segundo movimiento deportivo más antiguo del mundo”, informó Martínez. Los Juegos Sordolímpicos existen desde 1924 y son regidos por el Comité Internacional de Deportes para Sordos (ICSD), con reglas, ciclos y categorías propias.
En Colombia, sin embargo, el deporte sordolímpico ha estado inmerso en los Juegos Paranacionales, lo que ha diluido su identidad. “Eso nos ha quitado un poco de visibilidad. Muchos piden que existan los Juegos Nacionales de Sordos, pero eso ya es una decisión política y de Estado”, reconoce el dirigente. Aun así, Fecoldes ha logrado consolidar una estructura con ligas regionales y clubes afiliados, y hoy impulsa diez disciplinas deportivas.
Ese trabajo tuvo su mayor reflejo en los Juegos Sordolímpicos de Tokio 2025, donde Colombia firmó la mejor actuación de su historia: una medalla de oro, una de plata, cinco de bronce y nueve diplomas, para ubicarse en el puesto 20 del medallero general. “En América somos segundos, solo detrás de Estados Unidos. Eso nos consolida como una potencia regional del deporte para personas sordas”, afirmó Martínez.
El oro fue histórico. Daniela Colmenares se convirtió en la primera mujer colombiana en ganar una medalla dorada en unos Juegos Sordolímpicos, tras imponerse en la impulsión de bala. La plata llegó en el relevo masculino 4 x 400 y los bronces incluyeron pruebas de velocidad, relevos y una maratón inédita para el país, gracias a José Libardo Chasoy. “Si hablamos de olímpicos y sordolímpicos, creo que es la primera vez que Colombia gana una medalla en maratón. Es una prueba durísima y el logro es enorme”, destacó.
Tokio también representó un reto administrativo mayúsculo. Martínez asumió la presidencia de Fecoldes apenas nueve meses antes de los Juegos. “Nos tocó reconstruir información en todos los aspectos: administrativos, técnicos, legales y financieros. No fue fácil”, admitió. A esto se sumó un año marcado por las vaivenes del presupuesto del deporte colombiano. Por ese motivo, a estrategia fue priorizar a los atletas con mejores marcas y sostener una planeación técnica rigurosa con presupuesto limitado.
Más allá de las medallas, la Federación también celebró avances en disciplinas como tenis de mesa, natación y ciclismo, con diplomas y puestos destacados que abren camino a futuros ciclos. “Esto nos permite entrar en el radar internacional, tener ranking y proyectar a nuestros deportistas”, explica Martínez.
Fecoldes ya piensa en el próximo ciclo sordolímpico. El 2026 marcará el inicio de una etapa con eventos panamericanos, juveniles y mundiales, con un hito especial: Colombia organizará por primera vez un evento internacional de sordos, el Panamericano de Bolos, en Medellín. “Vamos paso a paso, construyendo desde lo que tenemos, pero con la mirada puesta en crecer”, afirmó.
Pero el impacto va más allá del alto rendimiento. “Lo que nosotros hacemos es cambiar vidas”, dice Martínez. “Alejamos a los sordos de malos hábitos, mejoramos su salud y convertimos el tiempo libre en procesos deportivos que pueden llegar al alto nivel”.
Después de casi cinco décadas de trabajo constante, el deporte sordolímpico colombiano ya no pide permiso; sino que compite con una certeza clara, expresada por su presidente: “Hicimos historia, pero de inmediato pasamos la página. Queda mucho trabajo por hacer”.
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