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Las primeras versiones apuntan a que una fuga de gas fue la causante del estallido que dejó 39 muertos y una gran bola de fuego que en su momento de mayor combustión llegó a medir 100 metros de ancho y 50 de alto.
El vicepresidente del país, Elías Jaua, informó que aún hay fuego, pero las llamas están controladas por los bomberos, quienes han tenido que luchar contra fuertes vientos que han dificultado su labor. Jesús Luongo, gerente de refinación de PDVSA, llamó a la calma a pesar del fuego y la espesa nube de humo que se ve en Amuay: “¿Qué podría pasar en el peor de los casos? Que no podamos apagar los dos tanques, y estimamos por lo menos un par de días hasta que se consuman en su totalidad”.
De otra parte, Raúl Párica, secretario ejecutivo de la Federación Unitaria de Trabajadores Petroleros (FUTPV), lamentó la tragedia y llamó la atención en un punto que podría ser crucial para la investigación. Párica asegura haber recibido varios informes de trabajadores en los que se muestran críticos por “la manera como se vienen desarrollando las paradas, la atención de los mantenimientos preventivos de las plantas”.
El Gobierno se ha mantenido en la primera línea para informar las acciones seguidas desde el accidente. El presidente Chávez decretó tres días de duelo nacional. Entre las víctimas mortales se encuentran 18 efectivos de la Guardia Nacional que custodiaban la refinería y vivían en los alrededores. La onda expansiva que siguió a la explosión de los tanques afectó a cerca de 240 hogares cercanos, 20 de los cuales quedaron destruidos totalmente.
A pesar del llamado a la calma del vicepresidente Jaua, el Gobierno toma precauciones: los habitantes de las veredas vecinas a la refinería de Amuay, San Rafael, Juribana y Creolandia, fueron evacuados de sus hogares. Podrán regresar cuando el fuego cese.