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Los negociadores de la cumbre de cambio climático saben que tienen millones de ojos encima. Pero sobre todo, saben que los observan organizaciones de la sociedad civil como WWF y Greenpeace, por nombrar sólo dos entre las decenas que se dedican a la protección del medio ambiente. Y saben también que es mejor no jugar a engañarlas. Sus equipos están conformados por expertos en diversas áreas. Dispuestos siempre a desnudar públicamente cualquier mala jugada.
Roberto Troya, director para Latinoamérica de WWF, conversó con El Espectador a pocas horas de que concluya el plazo para llegar a un acuerdo sobre cambio climático en Paris.
¿En este punto se siente optimista o pesimista frente a un acuerdo?
Yo creo que todo depende del cristal con que se mire. Hay distintos ángulos que te permiten ser más o menos optimista. Si miras desde el ángulo de América Latina, soy muy optimista. Es una región donde ha habido una gran explotación de recursos naturales a todo nivel pero sus propuestas hoy giran en torno a cuidar los bosques, declarar nuevas áreas protegidas e incentivar energías renovables. En los discursos de los mandatarios en los primeros días escuchamos ese optimismo.
¿Pero no cree que puede ser parte de una cultura política latina decir una cosa en un lado y hacer otra distinta? Mientras se declaran áreas protegidas en nuestros países también se subsidian energías fósiles, se promueven leyes poco ecológicas.
Sí, puede ser. Por eso es importante que la sociedad civil y una prensa responsable que logren crear un balance entre lo que dicen los mandatarios y las acciones que ellos producen. Muchos de los compromisos que aquí se logren tendrán que pasar por congresos nacionales para que sean ratificados y se constituyan en leyes. Esos congresos y diputados que no están tan cercanos a la negociación tendrán que pronunciarse.
¿Por qué Venezuela es uno de los pocos países del mundo que no presentó sus compromisos para reducción de emisiones de gases de efecto invernadero?
Estamos analizando algunos casos. No hemos analizado ese. Será importante saber si fue la coyuntura política. Pero estamos seguros que tendrán propuestas importantes para poner en la mesa.
¿Qué ha sido lo más interesante para usted de esta cumbre?
Después de años de trabajar en estos corredores ha habido un cambio interesante y es que los mandatarios empezaron la Cumbre. Normalmente en Naciones Unidas lo que ocurría era que los negociadores empezaban y los mandatarios hacían la aparición al final. Eso me llamó la atención. También el cuidado con que el proceso diplomático se ha manejado.
¿Cuál es el plan B si esto fracasa?
Nosotros no pensamos en éxitos o fracasos sino en un proceso irreversible. Porque esa es la situación del planeta. O lo hacemos o lo hacemos. Por ejemplo, 40 de las ciudades capitales del mundo han manifestado metas específicas sobre cómo enfrentar su huella de carbono y otros aspectos de sostenibilidad como el agua. Hay otras señales que están siendo producidas por otros actores. Incluyendo al sector privado. Se ha creado una ola de la cual no hay vuelta atrás.
¿Cuál es para usted el país latino más progresista en políticas y acciones climáticas?
En la Cumbre de Cambio Climático en Cancún, México llegó con una propuesta para cambiar su plantilla energética para el 2050. Con metas clarísimas. Es uno de los primeros países en el mundo en plantearlo como ley interna. Hay otros casos como Uruguay que tiene una cobertura de energía renovable asombrosa. Es interesante que los países de la región han venido a la Cumbre con compromisos muy específicos. Ahora habrá que cuidar que lo que hagan con la mano no lo borren con el codo.
¿En el corto plazo los resultados de esta negociación podrían frenar las economías latinas?
Depende de cómo entendamos el desarrollo. Si mantenemos la dependencia absoluta en la extracción y explotación de recursos naturales tendremos problemas. Por ejemplo, veremos que sólo es posible desarrollarnos explotando los bosques. Pero si vemos un desarrollo donde los bosques sean valorados por su capacidad de regular el clima y proveernos servicios ecosistémicos como el agua, entonces será distinto. Todos los Estados viven de las áreas protegidas. Son la manera mas barata para enfrentar el cambio climático y procurar agua en cantidad y calidad. Si dependemos de esa explotación de recursos no podremos plantearnos un desarrollo sostenible.
A veces parece que nos quieren vender la idea de que la solución al cambio climático es nueva y más tecnología pero no reformas en el modelo de desarrollo, en estilos de vida, en ciertos valores.
La tecnología es parte de la solución. Pero nosotros pensamos que la solución debe ser holística. Hablemos del tema de seguridad alimentaria. En 2030 serán 8 mil millones de personas y en 2050 unos 9 mil millones. Hoy producimos una caloría por dos litros de agua. En algunos casos como la carne es peor. Pongamos como promedio ese número. En un planeta con 9 mil millones de personas, sino producimos 2 calorías con medio litro de agua no vamos a poder alimentar a todos. Eso si tenemos agua. Creo que la solución es integral. Hay aspectos tecnológicos, pero mucho tiene que ver con modo de vida, con educación, con políticas y leyes que fomentan determinadas conductas. En nuestros países uno de los problemas que se ha encontrado es que las legislaciones fueron hechas para favorecer la construcción de plantas generadoras de electricidad con hidrocarburos. Esa era la visión de ese momento.
Dicen que es mejor pájaro en mano que mil volando. ¿Es mejor un acuerdo poco ambicioso que no tener acuerdo?
No me lanzo a un análisis en términos de fuerte o suave. Creo que luego de esta Cumbre tendremos que trabajar al 200%. No entendemos esta Cumbre como un interruptor en que todo va a cambiar. Los países tendrán que seguir haciendo las cosas que se comprometieron a hacer. Seguro habrá un acuerdo. Lo que no quede tendremos que hacerlo. Sea lo que salga de aquí, tendremos que seguir adelante.
pcorrea@elespectador.com