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Cuando se hace reportería es una verdadera bendición encontrar un protagonista que cuente la historia completa, sin sesgos y de manera concreta.
Esta semana me llegó esa felicidad mientras cubría el paro campesino en Tunja. Caminando por la hermosa plaza central conocí a Elizabeth Álvarez, un ama de casa que llevaba cuadras buscando ingredientes para hacer una sopa para su familia.
Ella no es política, ni líder campesina, no. Ella es sólo una más de los 181.000 habitantes de la capital de Boyacá que sufren, no solamente por el paro campesino, sino también del abandono histórico estatal al campo. Su descripción y opinión del paro describe inmejorablemente la complicada situación que vive el país.
“Yo he apoyado con la cacerola a marchar pacíficamente y me gusta salir a apoyar, porque el campesino está muy olvidado y llevamos años esperando una promesa que el señor presidente nos hizo para arreglar lo de los fungicidas y ayudar a la gente del campo. He visto la miseria en la que vive esta gente, y no es justo.
Hay gente que también está haciendo terrorismo y no es justo que nosotros tengamos que pagar. Estamos viviendo una hambruna. Prácticamente, como si estuviéramos presos en nuestra ciudad. No hemos podido viajar a Bogotá, no hemos podido comprar mercado. Estamos en una situación grave, muy grave. Nosotros, que somos asalariados, no podíamos prever un mercado suntuoso ni nada, ni prever cosas para tres o cuatro meses. Llevamos mas de 15 días prácticamente pasando hambre.
Yo me adhiero al paro pacífico, porque tenemos que reclamar. Sin embargo, desafortunadamente, nosotros en Colombia nos acostumbramos a que si no es por la mala nadie nos pone cuidado. Nuestro departamento es la despensa agrícola del país. Yo ya tengo 57 años y no he visto una sola solución. Entonces le pido el favor al presidente que mire, que sea consecuente, que no nos obligue a pasar más hambre y le pido a la gente que también sea consecuente con las cosas que hacemos.
Una cosa es la reclamación pacífica, pero otra cosa es el vandalismo. Si un pobre tiene un carro y se lo dañan, ¿de qué va a vivir? Hay que protestar como debe ser. Yo creo que el presidente es un hombre padre de familia y siente dolor de que no haya comida en su mesa, y acá en Boyacá estamos pasando hambre”.
A mi salida de Tunja visité el aeropuerto de la ciudad. El lugar estaba destruido, olvidado, sin torre de control ni oficinas. Una construcción sin puertas ni ventanas, pero, eso sí, con dos placas que parecen ser lo único que resiste el paso del tiempo.
Una recuerda que la inauguración del lugar la hizo el expresidente Ernesto Samper y, unos metros más cerca de la pista, la otra dice que la reinauguración la hizo el expresidente Álvaro Uribe. Me subí al avión pensando en la señora de la plaza y en mi cabeza retumbaban las palabras: promesas y olvido.
* Director de Noticias Caracol.