Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La tragedia del invierno
Pocos medios de comunicación y mucho menos las autoridades de control de riesgos se detienen a analizar las causas raíz del problema para poder corregir la situación de manera permanente. Diariamente vemos imágenes de asentamientos humanos (ejemplo: Dabeiba, muy cerca de la represa de Hidroituango) en donde se observa que las viviendas prácticamente están construidas dentro del río.
El Código de Recursos Naturales, Decreto 2811 de 1974, establece la prohibición de construir dentro de la ronda (faja paralela a la línea de máximo cauce 30 metros a lado y lado) de corrientes de agua, llámese cañada, quebrada, laguna, lago o río, así en determinado momento estén secas, porque ellas recuperan su ronda así sea cada 30 o 60 años. ¿Recuerdan la inundación producida por la laguna de Fúquene hace algunos años cuando cubrió tierras que ganaderos y agricultores le habían invadido?
Nuestro problema principal es el desconocimiento del ambiente y que las regulaciones se quedan en los gabinetes porque no se establece el mecanismo de control para que las leyes se cumplan. No es presentable de ninguna manera ante la comunidad internacional (que ya no nos cree ni nos para bolas porque cada año se repite lo mismo) ni ante nosotros mismos que cada aguacero (recurso hídrico valioso en cualquier lugar del mundo) se convierta en tragedia.
¿Es desconocimiento, ignorancia, falta de control del cumplimiento de leyes reguladoras? ¿Seguiremos en los mismo, pregonando las tragedias y esperando que otro nos solucione los problemas? Pensemos y actuemos con sentido común.
Alba Duarte.
Sobre una columna
Acertado el título que Isabel Segovia dio a su columna del pasado miércoles sobre Bogotá, “La capital del infierno”. Esto se volvió un infierno, no solamente lo decimos la columnista y yo; lo dice el 84 % de quienes aquí viven cuando responden en las encuestas que les da miedo salir a la calle. En mi infancia y adolescencia, décadas de los 60 y 70, los antejardines de las casas no estaban enrejados, no existían los conjuntos cerrados ni los centros comerciales. La vida se hacía en las calles en todos los barrios de la ciudad. ¿En qué momento se produjo el quiebre? Se me ocurre que en la década de los 80, la que uno de nuestros más célebres narcotraficantes llamó “la bonanza”. Ya lo dirán los analistas, pero, a mi modo de ver, ese afán del dinero rápido permeó todos los renglones de la economía, sin despreciar el más cuantioso botín, el presupuesto nacional.
Enrique Uribe Botero. Bogotá.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com