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En las horas más críticas de su presidencia, cuando ha decidido lanzar un ataque en la región más explosiva del mundo, Barack Obama se juega su lugar en la historia como el incompetente que condujo a su país a otra guerra innecesaria o como el líder firme que se plantó ante la actuación salvaje de un tirano.
Tendrá primero que convencer a un Congreso hostil y una opinión pública escéptica. Pero, frente a aquellos que el sábado se manifestaban en las puertas de la Casa Blanca con pancartas para que EE.UU. no ponga sus manos en Siria, el presidente que ganó las elecciones con la promesa de paz tiene ahora que defender la necesidad de la guerra.
Obama se ha visto ante la responsabilidad de acatar el veredicto de silencio de la ONU y quedarse quieto o actuar fuera de la única legalidad internacional que se conoce. El dilema es desgarrador. Como decía el secretario de Estado, John Kerry, al presentar las pruebas que, según él, vinculan al régimen de Bashar al Asad con el ataque químico, “todo el mundo advierte de los peligros de una intervención, pero ¿alguien ha pensado en el peligro de no hacer nada?”.
Un ataque a Siria, pese a que Obama ha prometido que será de carácter “limitado”, es decir, corto y sobre objetivos concretos, engendra un alto riesgo de propagación del conflicto en la zona, con la posibilidad de que EE.UU. se vea obligado a más y prolongados ataques en una espiral infernal.
Pero no hacer nada supone, desde la perspectiva de Washington, no sólo sancionar el uso de armas químicas en Siria, sino enviar a Irán, Corea del Norte o cualquier otro país que quiera escucharlo el mensaje de que no existen límites en el grado de crueldad que el mundo está dispuesto a soportar de forma impasible. Obama lo ha planteado como una cuestión de límites. EE.UU. no puede intervenir en todos los conflictos ni impedir todas las catástrofes humanas, pero el uso de armas químicas constituye una línea roja que el propio Obama marcó y que Al Asad ha traspasado, según los datos que exhibe la administración.
Este momento es particularmente angustioso para Obama, que construyó su leyenda sobre las cenizas de un predecesor arrogante y belicista. También es especialmente desconcertante para el resto del mundo ver al frente de esta nueva aventura militar al hombre en quien se creyó para construir la paz.
Antonio Caño/ Columnista de El País. *