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Paros y peros

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Según muchos observadores, las semillas de los paros de hoy se sembraron hace tiempo con la debilidad de los gobiernos.

Desde los años del presidente Uribe, los camioneros se acostumbraron a atravesar sus tractomulas en las vías para arrodillar a los ministros e imponer las condiciones de los fletes. Y este año, con los monumentales subsidios a la producción cafetera, se aceptó el principio de que el que no llora, no mama. Y, claro, ahora todos lloran.

Las respuestas ante los paros no han sido firmes ni consistentes. Se ha visto con frecuencia que mientras crecen los problemas, éstos se ignoran o subestiman, se los deja progresar, y cuando adquieren fuerza y notoriedad, cuando surgen los bloqueos, con apremio, los mandatarios reaccionan sin mesura. Se anuncia primero que no se dialogará mientras subsistan los bloqueos, pero, días después, el Gobierno termina negociando, y en cabeza de los más altos dignatarios, con las mismas vías bloqueadas.

Pero, más allá de la debilidad coyuntural, el problema de fondo consiste en la dañina supervivencia de instituciones anacrónicas, incapaces de atender las necesidades de los agricultores, diseñadas para un país que ya no existe. Las negociaciones con Dignidad Cafetera mostraron la irrelevancia de una federación paternalista, centrada en los grandes cafeteros, alejada de la vida económica y social de los pequeños productores. Y los problemas de los paperos, lecheros o cebolleros han puesto de presente la inoperancia del Ministerio de Agricultura y de sus entidades adscritas, tradicionalmente dedicadas a consentir, proteger y tramitar los afanes de un puñado de grandes agricultores, incapaces de proveer soluciones tecnológicas, financieras y de mercadeo para miles de productores medianos y pequeños.

Es una paradoja que esta crisis le haya estallado en las manos a un gobierno que ha tenido la voluntad de mostrarse progresista, empeñado en resolver los problemas de las tierras y de las víctimas del conflicto, cuyo objetivo central ha sido buscar la paz con la guerrilla, entre otras cosas, a través de numerosas iniciativas sobre el desarrollo rural. Este mismo gobierno se ve hoy acosado por una infinidad de conflictos y es señalado a gritos en las calles y caminos de ser insensible ante los problemas de los grupos a quienes, en realidad, ha querido atender.

Y, a medida que se han complicado las protestas de sectores cada vez más amplios y diversos, los colombianos han entendido que ya no se trata sólo de un problema agrario, sino de un problema de gobernabilidad, de un desafío al presidente Santos y a las instituciones colombianas, comparable, tal vez, a los que han tenido que afrontar los presidentes Rousseff o Piñera. De ahí el interés de amplios sectores de la opinión en que el Gobierno sortee con éxito y sin costos excesivos para las instituciones los problemas de esta coyuntura.

En esta materia, cuando se conmemoran los 100 años del nacimiento del presidente López Michelsen, es pertinente recordar su reacción malhumorada ante el paro del 17 de septiembre de 1977 cuando, quizás reflexionando sobre las disyuntivas del fin de su gobierno, afirmó que los gobiernos no se caen por malos sino por débiles. Ojalá que el presidente Santos pueda atender los reclamos razonables de los manifestantes y encuentre el justo equilibrio entre la flexibilidad y la firmeza.

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